Mi Guardaespaldas

Capítulo 10

La clase de Microeconomía se le hizo a Valentina interminable. La voz del profesor flotaba en el fondo como un zumbido monótono, mientras en su cuaderno, en lugar de anotar gráficos de oferta y demanda, Valentina no dejaba de garabatear líneas abstractas.

En lo único en lo que podía pensar era en la discusión del pasillo. En la mirada de Mateo, llena de una superioridad vacía, y en la reacción de Diego: contenida, profesional, pero firme.

Cuando sonó el timbre que anunciaba el final de la clase, Valentina fue la última en recoger sus cosas. Al salir al pasillo, Diego estaba exactamente donde lo había dejado, apoyado con la espalda recta cerca de la ventana principal.

—Señorita Mendoza —saludó él con un asentimiento formal al verla salir.

—Diego —respondió ella, deteniéndose a su lado mientras ajustaba la tira de su bolso—. Quería... quería pedirte disculpas por lo de hace rato. Mateo no debió hablarte de esa manera.

Diego la miró, y por un segundo la rigidez de su postura pareció suavizarse apenas un milímetro.

—No tiene por qué disculparse, señorita. Estoy acostumbrado a tratar con personas como el señor Gutiérrez. Mi único objetivo es mantenerla a salvo, no agradarle a su entorno.

—Aun así —insistió Valentina, mirándolo a los ojos—, no me gusta cómo te trata.

—A mí solo me importa lo que usted piense sobre mi trabajo —contestó Diego en voz baja. La intensidad de su mirada hizo que a Valentina le diera un vuelco el corazón—. ¿Tiene alguna queja de mi servicio hoy?

—Ninguna —susurró ella, sintiendo que el aire entre los dos se volvía repentinamente espeso.

—Bien. En ese caso, la acompañaré a su siguiente aula.

Caminaron juntos por el pasillo central del edificio. A pesar de que Diego mantenía la distancia reglamentaria de tres pasos, Valentina podía sentir su presencia como un campo magnético.

Mientras avanzaban hacia el patio central para cruzar al edificio de la Facultad de Negocios, Diego, que avanzaba con su habitual escaneo perimetral, se detuvo bruscamente.

Su mano buscó instintivamente el saco de su traje, roza levemente la funda de su arma encubierta, y su cuerpo entero se puso en estado de alerta máxima.

—Quédate detrás de mí —ordenó Diego en un murmullo imperativo, abandonando el "señorita" por la urgencia del momento.

—¿Qué pasa? —preguntó Valentina, sintiendo una corriente de aire frío recorrerle la espalda mientras se colocaba inmediatamente a su espalda.

—No mires fijamente —dijo él, usando su propio cuerpo como escudo para tapar a Valentina de la vista del aparcamiento exterior—. A la derecha, junto a las vallas del campus. Hay un sedán gris con los cristales polarizados. Lleva diez minutos con el motor en marcha y hay un sujeto en el asiento del copiloto tomándote fotos con un teleobjetivo.

Valentina sintió un nudo en la garganta. El miedo que había logrado sofocar durante los últimos días volvió a salir a la superficie con la fuerza de un impacto.

—¿Fotos? ¿Nos están siguiendo otra vez?

—No te separes de mí —repitió Diego con voz tranquila pero inflexivamente firme. Sacó su teléfono con la mano izquierda y marcó un número rápido mientras con la derecha mantenía a Valentina a su espalda—. Marco, habla Fuentes. Tengo un vehículo sospechoso en el flanco oeste de la universidad. Placas parciales en el grupo. Necesito que la unidad de apoyo intercepte y verifique antes de que salgan a la avenida principal.

Diego volvió a guardar el teléfono y giró levemente el rostro hacia Valentina.

—Vamos a caminar hacia el interior del edificio de la biblioteca. Es una zona con accesos controlados y cámaras de seguridad conectadas a la red central. No corras, camina a mi ritmo.

—Diego... tengo miedo —admitió Valentina en un susurro tembloroso, olvidando por completo su orgullo de niña rica.

Diego se detuvo un instante y la miró directamente a los ojos. Por primera vez, su mano se posó suavemente en la parte baja de su espalda, guiándola con un toque firme pero extrañamente cálido que le transmitió una seguridad instantánea.

—No voy a permitir que te toque nadie —dijo él con una convicción tan absoluta que a Valentina se le erizó la piel—. Confía en mí.

—Confío en ti —respondió ella sin dudarlo ni un segundo.

Caminaron a paso ligero pero ordenado hacia la biblioteca. Diego no dejó de vigilar los puntos ciegos ni un solo instante hasta que cruzaron las puertas de cristal del edificio y se adentraron en el vestíbulo principal.

Una vez dentro, Diego la condujo a una sala de estudio privada en la segunda planta, con cristales de seguridad y vista despejada hacia los pasillos interiores.

—Quédate aquí con la puerta cerrada. No le abras a nadie que no sea yo —instruyó Diego.

—¿A dónde vas?

—A revisar el perímetro exterior con el equipo de apoyo y asegurarme de que el vehículo se haya retirado. Volveré en cinco minutos.

—Diego, no te tardes —pidió Valentina, tomándolo levemente de la manga de la chaqueta antes de que se girara.

Él miró su mano sobre su tela negra durante un instante antes de volver a mirarla a la cara.

—Cinco minutos —prometió.

Cuando la puerta de la sala se cerró, Valentina se dejó caer en una de las sillas de cuero, abrazando sus piernas contra el pecho. Miró hacia la ventana de la sala. Abajo, en el patio, pudo ver a Diego caminando con zancadas rápidas y decididas, hablando por su radio, con una elegancia peligrosa que hacía que varios estudiantes se giraran a mirarlo.

Pero a ella no le importaba la atención que atraía. En lo único en lo que podía pensar era en la calidez de su mano en su espalda, en la promesa de que la mantendría a salvo y en el hecho de que, por primera vez en su vida, se sentía completamente protegida por alguien que no le pedía nada a cambio.




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