CAPÍTULO 12
El silencio dentro del ascensor se volvió casi físico, pesado y cargado de una electricidad nueva que ninguno de los dos supo cómo nombrar.
Las manos de Diego continuaban rozando las mejillas de Valentina, pero en cuanto fue consciente de la distancia nula entre ellos, las retiró bruscamente, dando un paso atrás. Se acomodó el cuello del traje con un movimiento seco, recuperando la máscara de frialdad en cuestión de segundos.
—Pido disculpas, señorita —dijo él, con la voz notablemente más rasposa de lo normal—. Fue una maniobra de distracción fisiológica para interrumpir el ataque de hiperventilación. No volverá a ocurrir.
Valentina se quedó inmóvil, apoyada contra la pared del espejo. Su corazón no latía rápido por la claustrofobia, sino por la impronta de esos labios sobre los suyos. El impacto del beso había cumplido su objetivo médico, sí, pero la explicación fría de Diego cayó como una jarra de agua congelada sobre su orgullo.
—¿Una... maniobra de distracción? —repitió ella, con la voz ligeramente temblorosa pero recuperando el tono desafiante.
—Un procedimiento estándar de primeros auxilios ante un colapso por pánico en espacios reducidos —respondió Diego, sin mirarla a los ojos y manteniendo la vista fija en el panel de control del elevador—. Lo importante es que su ritmo cardiaco se ha estabilizado.
Valentina apretó los puños. "Procedimiento estándar". Quería gritarle, quería reclamarle que ningún procedimiento se sentía así, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta.
Unos minutos después, que parecieron horas envueltas en una tensión insoportable, los técnicos del edificio lograron destrabar la cabina y abrir las puertas manualmente. La luz brillante del vestíbulo inundó el habitáculo.
Diego salió primero para asegurar el área y luego le ofreció la mano a Valentina para ayudarla a salir. Ella ignoró la mano extendida y pasó de largo con la cabeza alta.
El trayecto de regreso a la mansión transcurrió en un absoluto desierto de palabras. Valentina se pasó todo el camino mirando por la ventana, con los brazos cruzados y la cabeza a mil por hora.
Cuando llegaron, Diego le abrió la puerta del vehículo como siempre.
—Que tenga buena noche, señorita Mendoza.
—Buenas noches, Fuentes —contestó ella con una frialdad calculada antes de entrar a la casa.
Sin embargo, la curiosidad y la molestia no la dejaron dormir. Alrededor de las dos de la mañana, Valentina bajó a la cocina por un vaso de agua. Al pasar cerca del estudio principal y la terraza de la planta baja, notó una tenue luz encendida.
Se acercó en silencio. A través del ventanal de la terraza, vio a Diego. Llevaba solo la camisa blanca de vestir, con las mangas enrolladas hasta los codos y la corbata desabrochada. Estaba sentado en un taburete bajo la luz de un farol exterior, limpiando y rearmando meticulosamente su arma de servicio sobre una mesa pequeña.
Pero no fue el arma lo que llamó la atención de Valentina, sino la piel al descubierto de sus antebrazos.
Bajo la luz tenue, los tatuajes de Diego se veían con total claridad, líneas oscuras, precisas, con una serie de números que parecían coordenadas geográficas en el brazo derecho y una frase corta grabada en caracteres latinos en el brazo izquierdo.
Además, sobre el hombro derecho, la camisa entreabierta dejaba ver el trazo rugoso de una cicatriz antigua, gruesa y profunda, claramente dejada por un impacto de bala.
Valentina se quedó helada en el marco de la puerta. La figura de Diego no era solo la de un guardaespaldas estricto; era la de un hombre que había sobrevivido a verdaderas batallas, un hombre lleno de marcas, secretos y un pasado denso que ella ni siquiera alcanzaba a imaginar.
Por primera vez, Valentina no vio al hombre frío que la irritaba con sus reglas, ni al guardaespaldas que la había besado para calmarle un ataque de pánico. Vio a un sobreviviente. Y esa revelación hizo que la brecha de curiosidad y la atracción que sentía por él se volvieran infinitamente más profundas y peligrosas.
Editado: 09.09.2026