Mi Guardaespaldas

Capítulo 13

El fin de semana llegó cargado de compromisos sociales que Valentina preferiría haber evitado, pero la presión de su círculo era difícil de esquivar. Mateo celebraba su cumpleaños número veinticuatro en L'Élite, uno de los clubes privados más exclusivos de la ciudad, un lugar reservado solo para las familias de más alto poder adquisitivo.

Valentina llevaba un vestido negro de seda, sencillo pero impecable, que contrastaba con su estado de ánimo. Diego, como siempre,vestía su traje oscuro impecable, manteniéndose a una distancia prudente pero alerta en la entrada VIP del club, cerca de la zona de reservados.

—¡Llegaste, mi amor! —exclamó Mateo, saliendo a su encuentro con un vaso de whisky en la mano y la corbata ligeramente desajustada. Ya llevaba varias copas encima—. Pensé que tu sombra no te iba a dejar venir.

—Te dije que vendría, Mateo. Feliz cumpleaños —dijo Valentina, entregándole una pequeña caja envuelta con elegancia.

Mateo la tomó sin mucho entusiasmo, dejándola sobre la mesa repleta de botellas de champán y aperitivos caros. Le rodeó la cintura a Valentina con fuerza y la arrastró hacia el grupo de sus amigos de la universidad.

—¡Atención todos! —gritó Mateo, alzando su copa—. ¡Por fin llegó la reina de la noche!

Los aplausos y vítores resonaron en la mesa semicircular. Valentina sonrió de compromiso, sintiéndose extrañamente fuera de lugar. Miró por encima del hombro de Mateo y encontró la figura de Diego, erguido cerca de la barra principal con la mirada escaneando el salón, imperturbable ante el volumen de la música y las luces parpadeantes.

A lo largo de la noche, Valentina notó detalles que antes habrían pasado desapercibidos para ella. Mateo no dejaba de alardear sobre futuros negocios, inversiones millonarias y viajes extravagantes, pero su actitud revelaba una impaciencia ansiosa. Cada pocos minutos revisaba su teléfono con discreción, frunciendo el ceño, y en dos ocasiones se alejó de la mesa para contestar llamadas en el pasillo reservado.

Desde su posición, Diego no solo vigilaba las entradas del local, sino que observaba con atención analítica los movimientos de Mateo. El entrenamiento del guardaespaldas le permitía leer el lenguaje corporal: el sudor frío en la frente de Mateo, la manera en que apretaba los nudillos al mirar la pantalla del móvil y cómo evadía la mirada de dos hombres de aspecto austero que permanecían en una mesa cercana en la barra, vestidos con trajes que no encajaban del todo con el ambiente festivo del club.

—¿Quieres bailar, Vale? —le preguntó Lucía, acercándose a ella con un cóctel.

—Luego, Lucía. Voy a buscar algo de tomar —respondió Valentina, necesitando un respiro de la música alta y de las risas exageradas de Mateo.

Se encaminó hacia la barra. Al acercarse, Diego dio dos pasos al frente, manteniendo su posición de custodia.

—Una agua con gas, por favor —pidió Valentina al barman.

Diego se colocó a su lado, con la mirada puesta en el reflejo de los espejos del bar para controlar la parte trasera del salón.

—No parece estar disfrutando de la fiesta, señorita Mendoza —comentó Diego en voz baja, aprovechando el ruido ambiental para que solo ella lo escuchara.

Valentina dio un sorbo a su agua y lo miró de reojo.

—A veces este tipo de celebraciones me cansan más de lo que me divierten —admitió en un susurro—. ¿Y tú? Supongo que esto te parece una pérdida de tiempo.

—Es un entorno con demasiadas variables incontrolables, bebidas, aglomeración y accesos secundarios —respondió Diego con tono profesional—. Pero mientras usted esté a salvo, mi opinión sobre la fiesta no importa.

Valentina se mordió el labio inferior, recordando las cicatrices y los tatuajes que había visto la noche anterior en la terraza. Estuvo a punto de preguntarle por ellos, pero el momento se interrumpió bruscamente cuando Mateo regresó de su última llamada, visiblemente alterado aunque intentando disimularlo con una sonrisa forzada.

—Valentina, vámonos a la mesa —dijo Mateo, tomándola bruscamente del brazo—. Mis amigos quieren brindar otra vez.

—Mateo, me estás apretando —dijo ella, frunciendo el ceño y tratando de soltarse.

Diego dio un paso inmediato hacia ellos, su presencia imponente eclipsando la luz de la barra.

—Suelte a la señorita, señor Gutiérrez —dijo Diego con una voz que cortó la música como una navaja.

Mateo soltó el brazo de Valentina de inmediato, pero miró a Diego con rabia contenida, con los ojos inyectados en sangre.

—No te metas, empleado —siseó Mateo en voz baja, antes de volverse hacia Valentina—. Te espero en la mesa, Valentina. No te tardes.

Mateo se alejó a zancadas hacia el reservado. Valentina miró a Diego, notando cómo la mandíbula del guardaespaldas estaba tensa como el acero. La distancia entre ellos seguía siendo la de un protector y su protegida, pero la brecha entre la vida superficial que ella llevaba y la realidad oscura que empezaba a entrever se hacía cada vez más estrecha.




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