Conforme avanzaba la noche, el ambiente en el reservado de L'Élite se volvió denso y descontrolado. Mateo, con una insistencia inusual y una sonrisa cargada de segundas intenciones, no dejó de llenar la copa de Valentina una y otra vez.
Entre el ruido de la música y las risas del grupo, Mateo aprovechó un segundo de distracción general para deslizar unas gotas transparentes en la copa de champán de Valentina. No quería simplemente que ella se divirtiera; necesitaba que perdiera la capacidad de negarse a salir del club con él.
Diego, desde su punto de observación cerca de la barra, no perdió detalle del cambio progresivo en el comportamiento de Valentina. Su risa se volvió demasiado eufórica, su equilibrio empezó a fallar y sus pupilas estaban anormalmente dilatadas para alguien que solo había tomado unas cuantas copas.
Avisado por su instinto y su entrenamiento, Diego acortó la distancia y se acercó a la mesa.
—Señorita Mendoza —dijo Diego en voz baja pero firme, inclinándose hacia ella—. Es momento de retirar de la fiesta. Su estado no es óptimo y la situación en este lugar se está volviendo inestable.
Valentina, con los sentidos nublados y la percepción alterada por la sustancia que recorría su sangre, lo miró con los ojos entreabiertos. La droga empezaba a hacer un efecto devastador en su juicio.
—¿Qué dices, Diego? —balbuceó ella, soltando una risa torpe mientras intentaba ponerse de pie, tambaleándose ligeramente—. Es el cumpleaños de Mateo... no fastidies.
—Señorita, por favor. Necesita salir de aquí ahora mismo —insistió Diego, intentando tomarla suavemente del codo para estabilizarla.
Valentina se apartó de un tirón, reaccionando con una hostilidad exagerada y ajena a su verdadera forma de ser, alimentada por la altanería que la droga sacaba a flote.
—¡No me toques! —exclamó con la voz demasiado alta, atrayendo la atención de los amigos de Mateo—. ¡No eres mi papá, Diego! Solo eres un empleado. ¡Mi papá te paga para que me cuides, no para que mandes en mi vida! ¡Así que déjame en paz!
Las palabras cayeron con el peso de una losa. Diego no pestañeó, manteniéndose completamente impasible por fuera, aunque por dentro la frialdad de las palabras de Valentina marcara una distancia dolorosa.
—Entendido, señorita —respondió Diego con voz sepulcral, dando un paso atrás sin perderla de vista.
Mateo sonrió con triunfo. Se acercó a Valentina, le pasó un brazo por la cintura para sostener su peso y le susurró algo al oído. Ella apenas pudo asentir, manteniendo la cabeza inclinada hacia un lado, incapaz de enfocar la mirada.
Pocos minutos después de las doce de la noche, Mateo decidió hacer su movimiento. Aprovechando que Valentina estaba prácticamente inconsciente y fuera de sí, comenzó a arrastrarla hacia la salida de emergencia trasera del club, lejos de la entrada principal donde solían esperar los choferes y la seguridad.
Sin embargo, antes de que Mateo pudiera empujar la puerta de salida hacia el callejón oscuro, una sombra imponente le cortó el paso.
Diego estaba parado en el pasillo penumbroso, bloqueando el marco de la puerta con los brazos a los lados y la mirada cargada de una furia contenida e implacable.
—Suéltela —ordenó Diego. Su voz ya no tenía el tono formal de un sirviente; era la orden de un hombre peligroso.
—Apártate, imbécil —siseó Mateo, apretando a Valentina contra él. Ella ni siquiera podía mantenerse en pie; sus piernas cedían y su cabeza caía sobre el pecho de Mateo, emitiendo apenas un gemido incomprensible—. Está conmigo. Es mi novia y nos vamos a mi apartamento.
—No se va a ir a ninguna parte con ella en ese estado —dijo Diego, dando un paso al frente.
—¡Ella te lo dijo hace un rato! ¡Solo eres un perro pagado! ¡No tienes ningún derecho! —gritó Mateo, intentando empujar a Diego con la mano libre.
Ese fue el último error de Mateo.
Diego bloqueó el empujón con un movimiento seco, sujetó el muñeco de Mateo con un agarre de hierro y lo torció hacia atrás. Mateo soltó un alarido de dolor e instintivamente soltó a Valentina.
Antes de que ella colapsara contra el suelo, Diego la atrapó con el brazo izquierdo con una suavidad extrema, pegando el cuerpo inerte de Valentina contra su pecho. Con la mano derecha, empujó a Mateo contra la pared con tal fuerza que el aire se le escapó de los pulmones.
Diego soltó a Mateo, quien cayó de rodillas al suelo tosiendo y sujetándose el brazo.
Sin perder un segundo más, Diego acomodó a Valentina en sus brazos, levantándola como si no pesara nada. Ella apenas abrió los ojos, completamente ida, buscando el calor del pecho de Diego mientras se aferraba débilmente a su solapa.
—Die... go... —murmuró ella con un hilo de voz, antes de perder el conocimiento por completo.
Diego la apretó contra su cuerpo, cubriéndola con su propio saco de vestir para protegerla del frío de la noche mientras salía del club a zancadas decididas, dispuesto a llevarla a un lugar seguro.
Editado: 09.09.2026