Mi Guardaespaldas

Capítulo 15

El coche negro se desvió de la avenida principal y cruzó las rejas de la mansión Mendoza con una suavidad silenciosa. Los faros iluminaron la fachada de la propiedad, completamente a oscuras salvo por las luces del perímetro exterior. Los señores Mendoza ya se habían retirado a dormir hacía horas.

En el asiento trasero, Valentina había comenzado a recuperar una consciencia fragmentada y distorsionada por el efecto de la droga. Sus ojos brillaban con una lucidez falsa, mirando el techo del vehículo mientras soltaba risitas bajas y ahogadas sin motivo alguno.

—Diego... —murmuró ella con la voz pastosa, alargando la vocal—. ¿Por qué las luces de la calle se ven como estrellas fugaces? ¿Estamos en un avión?

Diego aparcó el coche frente a la entrada principal, apagó el motor y respiró hondo antes de responder. Mantuvo la calma y el tono neutro para no alterar su estado.

—No, señorita. Estamos en su casa. Ya llegamos.

Bajó del vehículo, le abrió la puerta y la ayudó a ponerse en pie. Valentina se apoyó fuertemente en su hombro; su cuerpo era un fardo inestable que apenas podía dar tres pasos seguidos en línea recta.

—Tú eres muy alto —balbuceó ella mientras subían las escaleras principales en la penumbra de la mansión, soltando otra risita contenida—. A veces parece que flotaras... como un fantasma de traje negro. Un fantasma muy serio. ¿Por qué nunca te ríes, Diego? ¿Te da pena enseñar los dientes?

—Solo estoy concentrado en mi trabajo, señorita —respondió él con evasivas vagadas, rodeándole la cintura con un brazo firme para evitar que tropezara con los peldaños.

Llegaron finalmente a la segunda planta. Diego empujó la puerta del dormitorio de Valentina con el pie y la condujo hasta la cama king size. La acomodó con cuidado sobre el edredón, retirándole los zapatos de tacón para que pudiera descansar.

—Bien —dijo Diego, dando un paso atrás y ajustándose la chaqueta—. La dejaré descansar. Mañana hablar...

Antes de que pudiera terminar la frase o retroceder un solo centímetro, la mano de Valentina se disparó hacia adelante. Con una agilidad imprevista, atrapó el nudo de su corbata oscura y tiró de él hacia abajo con fuerza.

El tirón tomó a Diego desprevenido. Su pie resbaló contra la alfombra y tuvo que apoyar ambos brazos a los lados del cuerpo de Valentina sobre el colchón para no caer pesadamente sobre ella.

La distancia entre sus rostros se redujo a escasos milímetros.

El aliento dulce de Valentina chocó contra los labios de Diego. Ella lo miraba desde abajo con los ojos entrecerrados, una sonrisa pícara dibujada en el rostro y las mejillas encendidas por el calor del alcohol y la sustancia.

—Tienes un cuerpo muy lindo, ¿sabías? —susurró ella, sin soltar la corbata y mirándolo con una descarada fascinación—. Aquella vez... cuando te vi en el gimnasio de la casa con esa camiseta pegada... y cuando estabas en la terraza limpiando tu arma bajo la luz de la lámpara...

Valentina lamió sus labios con lentitud, manteniendo la mirada fija en los ojos oscuros del guardaespaldas, que permanecían petrificados.

—Me dieron muchas ganas de tocarte —confesó ella en un murmullo caliente y juguetón—. De ver qué tan duro estás por debajo de todo este traje estirado.

Diego sintió que la sangre se le helaba y se encendía al mismo tiempo. Intento mantener la compostura, luchar contra el control férreo que siempre lo caracterizaba, pero el recuerdo del beso en el ascensor regresó a su mente con una nitidez abrumadora. La textura de sus labios, la fragancia de su piel, la cercanía sofocante... Todo luchaba por romper su profesionalismo.

Trató de no fijar la vista en la boca de Valentina, enfocando la mirada en el cabecero de la cama mientras intentaba incorporarse.

—Señorita Mendoza, no sabe lo que está diciendo —dijo él, con la voz notablemente alterada y grave—. La sustancia que le dieron está afectando su juicio. Debo levantarme.

—No quiero que te levantes —repuso ella.

Antes de que Diego pudiera apartar los brazos, Valentina soltó la corbata, llevó ambas manos a la nuca de Diego y, con una fuerza nacida del impulso, tiró de su cabeza hacia abajo, pegando sus bocas en un beso ardiente y descontrolado.

El impacto del contacto fue eléctrico. A diferencia del beso del ascensor, este no tenía nada de quirúrgico ni de auxilio médico. Valentina entreabrió los labios con exigencia, buscando su calor con un desespero febril.

Diego reprimió un gemido contra la boca de ella. Por un segundo eterno, la tensión retenida durante semanas amagó con vencerlo; su cuerpo se tensó al límite sobre el de ella, respondiendo al roce durante una fracción de segundo inolvidable.

Pero entonces, la mano de Valentina comenzó a descender.

Pasó lentamente por sus hombros, bajó por los pectorales firmes que se marcaban bajo la tela de la camisa de vestir y continuó descendiendo sin freno por el torso de Diego. Cuando la punta de sus dedos rozó la hebilla metálica de su cinturón de cuero, la alarma interna de Diego sonó con la fuerza de un cañonazo.

Se separó de inmediato.

Rompió el beso de un tirón seco, impulsándose hacia atrás con los brazos hasta ponerse de pie de un solo salto. La respiración de Diego era un vendaval desbocado y sus puños se apretaron a los lados de su cuerpo para controlar el temblor de sus manos.

Valentina se quedó tendida en la cama, mirándolo con confusión y los ojos pesados, comenzando a sucumbir finalmente al efecto sedante de la droga.

—Duerma, señorita —dijo Diego con la voz entrecortada, haciendo un esfuerzo sobrehumano por sonar firme mientras se arreglaba el nudo deshecho de la corbata—. Duerma para que se le pase la borrachera.

Sin esperar respuesta y sintiendo que el corazón le martillaba contra las costillas a una velocidad peligrosa, Diego dio media vuelta y salió corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con la mente convertida en un auténtico caos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.