Mi Guardaespaldas

Capítulo 16

El lunes por la mañana, la frialdad de la mansión parecía haber alcanzado un nuevo mínimo histórico.

En la planta baja, en el gimnasio privado de la propiedad, el sonido sordo y repetitivo de los golpes resonaba contra las paredes. Diego, vistiendo solo un pantalón deportivo y con las manos vendadas, descargaba una furia ciega y una frustración destructiva contra el saco de boxeo.

El sudor le perlaba el torso desnudo, marcando cada músculo tenso, las cicatrices de su espalda y los tatuajes de sus brazos.

Bam. Bam. Bam.

—Maldita sea... —murmuró entre dientes, soltando un gancho de izquierda con una fuerza salvaje que hizo crujir la cadena del saco.

Se recriminaba con dureza. Se odiaba a sí mismo por haber permitido que la situación se saliera de control. Había cruzado la línea no una, sino dos veces. En el ascensor lo justificó como una maniobra técnica de primeros auxilios, pero lo de la madrugada anterior no tenía excusa. Aunque ella estuviera bajo los efectos de la sustancia que le dio Mateo, él debió haber reaccionado en el primer milisegundo. Había sentido sus labios, su calor, el roce de su mano... y por una fracción de segundo, deseó que no terminara.

Eso era inaceptable. Era un fallo grave de profesionalismo, una falta de ética que ponía en riesgo la seguridad de su protegida.

—Céntrate, Fuentes. Es solo tu trabajo. No es nada más —se dijo a sí mismo en voz alta, lanzando una ráfaga final de golpes rápidos antes de apoyar la frente contra la superficie de cuero del saco, intentando regular su respiración desbocada.

Pero por más que se forzaba a borrar la imagen de Valentina de su mente, el recuerdo de sus ojos picanteros, su risa suave y el sabor de su boca se negaban a desaparecer.

A partir de ese instante, se prometió a sí mismo instaurar un muro infranqueable. Trato estrictamente profesional. Cero conversaciones informales. Cero contacto visual prolongado. Solo hablaría si era imperativo para su seguridad.

En la planta alta, ajena a la tormenta interna del guardaespaldas, Valentina recién salía de la ducha.

Llevaba puesta una bata de baño de seda blanca y, sentada en el borde de su cama, se aplicaba crema hidratante en las piernas con movimientos pausados. El dolor de cabeza por la resaca y el efecto de la droga del día anterior por fin comenzaba a ceder, dejando paso a recuerdos fragmentados de la madrugada.

Recordaba el coche... la risa tonta... la escalera... y de pronto, una ráfaga de memoria la hizo detener las manos en seco.

Su mano tirando de la corbata negra. El rostro de Diego a milímetros del suyo. El beso.

Recordó la firmeza del cuerpo de Diego bajo su mano, el calor de su pecho y la forma en que él había respirado contra sus labios antes de salir huyendo de la habitación como si lo persiguiera el mismo demonio.

Una sonrisa tonta, incontrolable y ligeramente avergonzada se dibujó en los labios de Valentina. Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo que las mejillas le ardían.

«Dios mío... ¿en serio le dije que tenía un cuerpo lindo y traté de tocarlo?», pensó, entre la mortificación y una extraña punzada de emoción en el pecho.

A diferencia de lo que solía sentir con los intentos de acercamiento de Mateo, este recuerdo no le daba rechazo. Le provocaba un cosquilleo eléctrico en el estómago.

Se terminó de vestir a toda prisa, eligiendo un conjunto de falda y blusa elegante pero cómodo para ir a la universidad. Estaba decidida a ver a Diego, a evaluar su reacción y, tal vez, a sacarle una fisura a esa máscara de hielo que siempre llevaba puesta.

Sin embargo, cuando bajó a la entrada principal y se encontró con él junto al coche, Valentina se topó con un verdadero iceberg.

Diego llevaba su traje impecable, los botones abrochados hasta el cuello y la mirada fija al frente. Ni siquiera la miró a los ojos cuando le abrió la puerta del vehículo.

—Buenos días, señorita Mendoza. Por favor, ingrese al vehículo —dijo Diego, con una voz tan plana, mecánica y distante que parecía la de un robot.

Valentina se detuvo junto a la puerta abierta, mirándolo de reojo con una ceja alzada.

—Buenos días, Diego... ¿Todo bien hoy?

—Todo en orden, señorita. Tenemos el tiempo justo para llegar a su primera clase —respondió él, manteniendo la vista clavada en el horizonte, sin concederle ni un solo milímetro de contacto visual.




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