Mi Guardaespaldas

Capítulo 17

El trayecto hacia la universidad fue el más largo y pesado que Valentina recordaba. Diego no pronunció una sola palabra innecesaria. Cuando ella intentó romper el hielo preguntándole si había dormido bien, él se limitó a responder con un tajante «Sin novedades, señorita», sin despegar los ojos de la carretera ni cambiar el tono de su voz.

Al llegar al campus, la distancia profesional se volvió aún más evidente. Diego ya no caminaba a su lado conversando o lanzándole miradas de reojo; se mantenía exactamente tres pasos por detrás, con la espalda rígida y la mirada escaneando el entorno como si Valentina fuera únicamente un paquete valioso que debía custodiar, no una persona.

Cuando terminaron las clases de la mañana, Valentina decidió que no aguantaría ese castigo silencioso por más tiempo.

En lugar de dirigirse directamente al coche, se desviaron hacia la zona del jardín interior de la facultad, un área tranquila rodeada de arboles y bancas de piedra donde no había muchos estudiantes a esa hora.

Diego caminaba tras ella. Al notar que se adentraban en una zona más apartada, dio dos pasos rápidos para acortar la distancia.

—Señorita Mendoza, este sector no es óptimo para la vigilancia. Es preferible que nos dirijamos al vehículo.

Valentina se giró de golpe, plantándose frente a él con los brazos cruzados y una expresión de pura molestia.

—No me voy a ir a ninguna parte hasta que me digas qué te pasa —demandó, mirándolo fijamente a los ojos.

Diego ni siquiera pestañeó. Mantuvo las manos cruzadas a la espalda y la mirada fija unos centímetros por encima de la cabeza de ella.

—No me pasa nada, señorita. Simplemente estoy cumpliendo con mi trabajo y manteniendo los protocolos de seguridad correspondientes.

—¡Mentira! —exclamó ella, dando un paso al frente para obligarlo a mirarla a la cara—. Estás actuando como si fuera un monstruo o como si no existiera. Ni siquiera me miras a los ojos cuando me hablas.

—Mi función es vigilar su entorno, no mirarla a usted —respondió Diego con una frialdad calculada, aunque por dentro cada fibra de su cuerpo luchaba por mantener la compostura ante la cercanía de Valentina.

Valentina dejó salir un bufido de frustración. Se acercó un paso más, reduciendo la distancia entre ambos hasta casi tocar el pecho del traje de él.

—Es por lo de noche, ¿verdad? —susurró ella, bajando el tono de voz pero manteniendo la provocación—. Por lo que pasó en mi habitación cuando regresamos del club.

Por primera vez en todo el día, la mandíbula de Diego se tensó visiblemente. Sus ojos oscuros descendieron para clavarse en los de ella con una intensidad sombría.

—Lo que ocurrió la madrugada fue una falta grave de control propiciada por el estado en el que usted se encontraba debido a la sustancia que le administraron —dijo él, con la voz notablemente más grave—. Como su jefe de seguridad, mi deber era retirarme de inmediato. Lamentablemente, tardé más de lo debido en hacerlo.

—¿Una falta de control? —Valentina soltó una risita amarga—. Diego, no estaba tan ida como crees. Recuerdo haberte besado. Y recuerdo perfectamente cómo respondiste antes de salir huyendo.

—Fue un error —sentenció él sin vacilar. La palabra cayó entre los dos con la fuerza de un golpe seco—. Un error que no volverá a repetirse bajo ninguna circunstancia. Mi relación con usted es estrictamente laboral, señorita Mendoza. Si no puede respetar los límites de mi trabajo, me veré obligado a pedirle a su padre que me reasigne a otro servicio y envíe a un reemplazo.

Valentina sintió una punzada caliente de dolor y vergüenza en el pecho. El orgullo le dio un vuelco. La idea de que Diego renunciara o pidiera un cambio la hizo sentir un vacío inesperado en el estómago, pero su dignidad no le permitió demostrarlo.

—¿Un reemplazo? —repitió ella, alzando la barbilla y esforzándose porque no se le quebrara la voz—. No te preocupes, Fuentes. No hace falta que huyas. No volveré a molestarte ni a "cruzar tus valiosos límites". Si solo quieres ser un empleado frío y distante, perfecto. A partir de hoy, serás exactamente eso.

Diego apretó los puños a la espalda hasta que le dolieron los nudillos, pero no dijo una sola palabra. Mantuvo la mirada dura, sosteniendo el personaje de hombre de piedra que se había impuesto.

— Camina —ordenó Valentina con tono dominante, pasando por su lado sin volver a mirarlo—. Nos vamos a casa.

—Entendido, señorita —respondió Diego con voz plana.

Mientas caminaban hacia el aparcamiento, Valentina sintió que la rabia y la tristeza se mezclaban en su interior. Diego había ganado la discusión y había levantado un muro impenetrable entre los dos.




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