Durante los días siguientes, el ambiente en la casa de los Mendoza se volvió insoportable. Valentina cumplió su palabra al pie de la letra: trataba a Diego con una distancia educada pero glacial, utilizando un tono frío que congelaba cualquier intento de conversación. Le daba órdenes breves, no le sostenía la mirada y jamás volvía a sonreír en su presencia.
Por su parte, Diego mantenía su postura imperturbable. Cumplía con cada protocolo con una precisión militar, aunque por dentro sintiera un vacío pesado cada vez que ella pasaba por su lado ignorándolo por completo. Había conseguido lo que quería: restaurar los límites profesionales. Pero el precio era una tensión sofocante que amenazaba con ahogarlos a ambos.
El jueves por la tarde, Mateo se presentó en la mansión sin avisar. Valentina, deseando cualquier distracción que la alejara de la presencia constante y silenciosa de Diego, accedió a salir a caminar con él por los jardines traseros de la propiedad.
Diego los seguía a una distancia prudente, con las manos cruzadas a la espalda y la mirada fija en los movimientos de Mateo.
—Cariño, estás muy distraída últimamente —dijo Mateo, tomándole la mano a Valentina mientras caminaban cerca de la fuente de piedra—. Apenas me prestas atención cuando te hablo.
—Lo siento, Mateo. Tengo muchos exámenes en la universidad y la situación de la seguridad me tiene agotada —mintió ella, intentando sonar convincente.
—Por eso mismo te digo que necesitas despejarte —insistió Mateo, deteniéndose y tomándola de ambos hombros—. Mira, este fin de semana mi padre tiene una reunión de negocios muy importante. Necesito que me acompañes. Va a ir gente muy influyente, inversionistas... me ayudaría muchísimo que estuvieras a mi lado.
Valentina frunció levemente el ceño.
—Mateo, ya te dije que mi papá no quiere que salga de la ciudad ni vaya a eventos grandes sin un operativo estricto.
—No será fuera de la ciudad, es en el club privado del centro —respondió él rápidamente, aunque Valentina notó un leve tic en su ojo izquierdo y una prisa inusual en su tono—. Además, podemos ir solos. Dile a tu padre que no necesitas al guardaespaldas esta vez. Es una reunión privada, no quiero que ese tipo esté rondando como un cuervo alrededor de nuestros contactos.
Valentina se soltó suavemente del agarre de Mateo. La insistencia de su novio por dejar a Diego fuera de la ecuación empezaba a resultar sumamente extraña.
—Diego es quien se encarga de mi seguridad, Mateo. Si voy, él viene conmigo.
—¡Es que estás obsesionada con ese sujeto! —estalló Mateo, alzando la voz más de la cuenta y perdiendo la compostura—. ¡Parece que no puedes dar un paso sin pedirle permiso a tu empleado!
—No le pido permiso, cumplo con las normas de mi familia —contestó Valentina con firmeza, sorprendida por el exabrupto de Mateo.
En ese momento, el teléfono de Mateo comenzó a sonar. Él lo sacó del bolsillo con brusquedad. Al ver el número en la pantalla, su rostro perdió el color por completo. Un sudor frío le cubrió la frente y miró hacia los lados como si temiera que alguien lo estuviera observando.
—Tengo... tengo que contestar esto. Es de la oficina —balbuceó, alejándose a prisa hacia el rosal, dándole la espalda a Valentina.
Valentina se quedó en su lugar, observando la figura de Mateo con creciente desconfianza. No hablaba como un hombre de negocios; hablaba con pánico. Sus gestos eran erráticos, caminaba en círculos y se pasaba la mano por el cabello con desespero.
A unos metros de distancia, Diego no quitaba los ojos de Mateo. Sacó su propio teléfono y envió un mensaje rápido al equipo de inteligencia de la agencia: «Verificar llamadas entrantes del número de Mateo Gutiérrez. Prioridad alta».
Cuando Mateo regresó, intentó disimular su nerviosismo con una sonrisa ensayada que no le llegó a los ojos.
—Era... era mi socio. Tengo que irme ya, surgió un imprevisto en la firma —dijo atropelladamente, dándole un beso rápido y torpe en la mejilla a Valentina—. Te llamo esta noche, ¿sí? Cuídate.
Se fue a zancadas rápidas hacia la salida, prácticamente huyendo.
Valentina se quedó sola en medio del jardín. Se giró lentamente y encontró la mirada de Diego. Por primera vez en días, no hubo frialdad deliberada en sus ojos, sino una duda compartida.
—Notaste que algo anda mal con él, ¿verdad? —preguntó Valentina en voz baja, dando un par de pasos hacia Diego y dejando de lado el muro que los separaba.
Diego la miró fijamente, guardando el teléfono en la chaqueta.
—El señor Gutiérrez no está actuando como alguien que organiza una reunión de negocios, señorita. Está actuando como alguien que está acorralado.
Valentina sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. La venda que había tenido en los ojos respecto a Mateo comenzaba a caerse a pedazos, y la única persona en la que podía confiar para descubrir la verdad estaba parada justo frente a ella, vistiendo un traje oscuro y mirándola con una protección que ningún protocolo podía impostar.
Editado: 09.09.2026