La duda sembrada en el jardín no dejó dormir a Valentina. Durante la mañana del viernes, mientras intentaba concentrarse en sus apuntes dentro del aula, el comportamiento errático de Mateo no dejaba de repetirse en su cabeza. Su insistencia para dejar a Diego fuera, las llamadas furtivas, la palidez y el terror en su rostro... Todo encajaba de una forma incómoda y peligrosa.
Al salir de la última sesión del día, no esperó a que Diego le abriera la puerta del salón. Salió a buscarlo directamente.
Diego estaba en su punto de guardia habitual, con los brazos cruzados a la espalda. Al verla acercarse con paso decidido, ajustó su postura al instante, recuperando su semblante neutro.
—Señorita Mendoza.
—Diego, necesito hablar contigo. En privado —dijo ella en voz baja, evitando que los estudiantes que pasaban a su alrededor escucharan—. Y no me salgas con que es fuera de protocolo.
Diego la observó detenidamente. La molestia de los días anteriores había desaparecido de los ojos de Valentina, reemplazada por un matiz de angustia real. Asintió levemente.
Caminaron en silencio hasta el aparcamiento. Una vez que ambos estuvieron dentro de la camioneta y con los cristales polarizados aislándolos del exterior, Valentina se giró hacia él en el asiento del copiloto.
—Investigaste a Mateo, ¿verdad? —preguntó directamente, sin rodeos.
Diego sostuvo el volante con ambas manos antes de mirarla.
—Mi trabajo es evaluar cualquier amenaza potencial en su entorno. Pero su padre tiene investigadores a mi disposición y desde el día uno mandé a investigar a ese tipo. El comportamiento del señor Gutiérrez ha presentado inconsistencias graves durante las últimas semanas.
—Dime qué sabes —pidió Valentina, y por primera vez en mucho tiempo, su voz no tenía ni una pizca de altanería. Era una petición vulnerable.
Diego exhaló despacio. Sacó de su chaqueta un sobre de manila de tamaño mediano y se lo entregó.
—No quería entregarle esto hasta confirmar la veracidad de la información con el equipo de inteligencia —explicó Diego mientras ella abría el sobre con manos temblorosas—. Es un reporte financiero y de registros telefónicos. La firma de inversiones de Mateo está en quiebra técnica desde hace tres meses. Perdió millones en operaciones de alto riesgo en mercados no regulados y deudas de juego.
Valentina sacó los folios. Había extractos bancarios, avisos de embargo y fotografías de Mateo saliendo de un edificio de préstamos no autorizados.
—Él... él me dijo que su empresa estaba expandiéndose —susurró ella, sintiendo cómo se le oprimía el pecho.
—Hay algo peor, Valentina —dijo Diego, omitiendo el "señorita" de forma inconsciente debido a la gravedad del momento—. El rastreo de la llamada que recibió ayer en el jardín proviene de un número quemado vinculado a la misma célula operativa que intentó interceptarla a usted en el parque y que la fotografiaba el otro día.
El aire se le escapó de los pulmones a Valentina. Se llevó una mano a la boca, sintiendo que el mundo se le venía abajo.
—¿Mateo... está con ellos?
—Está siendo chantajeado o vendió su posición —corrigió Diego con voz firme pero matizada con cautela—. Le deben una suma astronómica a gente peligrosa. La única forma de cancelar esa deuda era sirviéndoles de carnada o entregando sus itinerarios para que pudieran secuestrarla y pedir un rescate millonario a su padre. Por eso insistía tanto en llevarla a lugares aislados y en alejarme a mí de la ecuación.
Una lágrima helada resbaló por la mejilla de Valentina. No era una lágrima de amor roto, sino de traición y de un miedo profundo al darse cuenta de que el hombre en el que había confiado durante más de un año estaba dispuesto a venderla al mejor postor.
Se cubrió el rostro con las manos, y un sollozo ahogado se le escapó del pecho.
Diego sintió una opresión brutal en el estómago al verla así. Rompiendo de inmediato la distancia helada que él mismo se había impuesto durante la semana, se inclinó hacia ella. Su mano, grande y cálida, dudó un segundo en el aire antes de posarse con delicadeza sobre el hombro de Valentina.
—Está a salvo —dijo él en un murmullo profundo, cargado de una sinceridad aplastante—. No voy a dejar que le pase nada. Se lo prometo.
Valentina alzó la cabeza. Con los ojos empañados por las lágrimas, miró la mano de Diego en su hombro y luego buscó sus ojos oscuros. En ellos no había frialdad, ni protocolo, ni contratos. Había una lealtad inquebrantable.
Sin pensarlo, Valentina se inclinó hacia adelante y buscó refugio en su pecho, apoyando la frente contra la solapa de su traje negro.
Diego se congeló por una fracción de segundo, pero esta vez no huyó. Cerró los ojos y la envolvió con sus brazos con firmeza, permitiendo que ella desahogara el peso de la traición mientras él se juraba internamente que destruira a cualquiera que intentara hacerle daño.
Editado: 09.09.2026