Había pasado una semana entera desde la revelación en el coche. Mateo se había vuelto un fantasma: no respondía llamadas, no aparecía por la universidad ni se le veía en sus lugares habituales. Diego había informado discretamente al señor Mendoza para restringir aún más las salidas, manteniendo la guardia en su punto más alto.
Aquella tarde, Valentina salía de su clase de baile. Hablaba por teléfono con Lucía, intentando recuperar un atisbo de normalidad.
—Sí, Lucía, nos vemos a las ocho en el restaurante. Necesito despejar la mente —dijo Valentina mientras caminaba hacia la salida del edificio, acomodándose el bolso deportivo en el hombro.
Diego la seguía a dos pasos de distancia, con la mirada escaneando la calle. La iluminación del aparcamiento exterior era escasa y la zona estaba más desierta de lo habitual.
Antes de que pudieran alcanzar la camioneta, una van negra de cristales polarizados irrumpió en el lugar a toda velocidad, derrapando y bloqueándoles el paso brutalmente.
—¡Atrás! —gritó Diego, desenfundando su arma en un movimiento instintivo mientras empujaba a Valentina a su espalda.
Pero no hubo tiempo para reaccionar. Las puertas laterales de la van se abrieron de golpe y de su interior salieron cuatro hombres encapuchados, vestidos de negro y fuertemente armados.
Uno de los agresores aprovechó el ángulo ciego para abalanzarse directamente sobre Valentina. Le rodeó el cuello con un brazo de hierro y le tapó la boca antes de que pudiera gritar, arrastrándola hacia el interior del vehículo a la fuerza.
—¡Diego! —gritó ella con voz ahogada, pataleando desesperadamente.
Diego intentó girarse para interceptarlo, pero los otros tres sujetos se le tiraron encima en gavilla. Bloqueó el primer golpe, derribó a uno de un rodillazo certero en el tórax y desarmó al segundo con una maniobra limpia. Sin embargo, en medio del forcejeo contra tres hombres entrenados y en la absoluta penumbra, un cuarto atacante apareció por detrás.
Un bate de béisbol de metal impactó con violencia brutal contra la nuca de Diego.
El sonido del golpe fue seco y aterrador. La visión de Diego se volvió blanca al instante. Sus piernas cedieron y cayó sobre sus rodillas en el asfalto. Intentó levantarse por pura fuerza de voluntad, estirando la mano hacia la van donde Valentina luchaba por soltarse, pero un segundo golpe en el costado lo dejó sin aire y lo sumergió en la inconsciencia.
—¡No! ¡Déjenlo! —chilló Valentina entre lágrimas mientras era empujada al piso de la van.
Los encapuchados levantaron el cuerpo inerte de Diego, cargándolo como un bulto para arrojarlo violentamente al interior del vehículo, junto a ella. Cerraron las puertas de golpe y la van arrancó a toda velocidad, perdiéndose en la oscuridad de la tarde.
Dentro del vehículo, entre la penumbra y el rugido del motor, Valentina se arrastró a tientas sobre el suelo metálico hasta llegar a Diego.
—Diego... por favor, despierta —suplicó en un susurro aterrorizado, tomándole el rostro entre las manos.
Al pasar los dedos por la parte posterior de su cabeza, sintió la humedad tibia y espesa de la sangre que comenzaba a mancharle los dedos. Valentina rompió a llorar en silencio, abrazando la cabeza inerte de su guardaespaldas contra su pecho mientras la van los alejaba hacia un destino completamente desconocido.
Editado: 09.09.2026