Mi Guardaespaldas

Capítulo 21

El dolor punzante en la nuca despertó a Diego de un golpe seco. La cabeza le palpitaba con el ritmo de un martillazo continuo y la vista se le nubló durante varios segundos, sumido en una desorientación absoluta. La boca le sabía a metal y la penumbra del lugar apenas le permitía distinguir las paredes de concreto rugoso y la falta total de ventanas.

Intentó mover las manos de inmediato, pero el roce áspero de una cuerda gruesa apretando sus muñecas por detrás de la espalda le confirmó la situación. Estaba amarrado firmemente a una silla de madera.

Un sollozo ahogado resonó justo a su espalda.

—Diego... —murmuró una voz temblorosa, entrecortada por el llanto.

—Valentina —respondió él al instante, con la voz rasposa pero obligándose a recuperar la lucidez.

Se dio cuenta de que estaban colocados espalda con espalda, cada uno atado a su propia silla pero unidos por el torso con las mismas cuerdas. Sintió el temblor constante del cuerpo de Valentina contra el suyo, su respiración agitada y la calidez de su espalda pegada a la suya.

—¿Estás bien? ¿Te hicieron daño? —preguntó Diego, bajando el tono pero manteniendo una firmeza calculada para transmitirle calma.

—No... no me han tocado, pero estás sangrando —sollozó ella, intentando mover ligeramente las manos atadas sin éxito—. Llevas mucho tiempo inconsciente. Tuve tanto miedo, Diego... pensé que...

—Estoy bien —interrumpió él, apretando la mandíbula mientras testeaba la tensión de la cuerda en sus muñecas—. Solo fue un golpe. Escúchame bien, Valentina: necesito que mantengas la calma y respires despacio. No van a hacernos nada por ahora; si quisieran matarnos, ya lo habrían hecho. Esto es un secuestro por rescate o una entrega.

—Es Mateo... —dijo ella en un susurro amargo—. Antes de que despertaras escuché voces afuera. Mencionaron su nombre.

Diego apretó los puños a su espalda. La confirmación de la traición de Mateo solo alimentó la rabia que mantenía a raya el dolor de su cabeza. Probo la resistencia de la madera de la silla y la holgura de los nudos. Las cuerdas estaban apretadas con fuerza por alguien que sabía lo que hacía, pero la estructura de la silla crujió levemente al aplicar presión.

—Voy a sacarnos de aquí —dijo Diego en un murmullo que no admitía dudas, apoyando la parte posterior de su cabeza contra la de ella para reconfortarla en la penumbra—. Confía en mí, Valentina.

—Siempre confío en ti —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás para sentir el contacto con su piel.

En ese momento, el pesado cerrojo de la puerta metálica al fondo de la habitación resonó con un chasquido helado, y una línea de luz amarilla cortó la oscuridad del encierro.




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