Mi Guardaespaldas

Capítulo 22

La puerta de metal se abrió con un chirrido pesado que retumbó en las paredes de concreto desnudo. La luz del pasillo cegó a Valentina por un segundo, pero para Diego, cuyos ojos se habían acostumbrado a la penumbra, la silueta que recortaba la entrada fue clara de inmediato.

Mateo avanzó hacia el centro de la habitación. Llevaba la misma ropa costosa de los últimos días, pero la camisa estaba arrugada, no llevaba chaqueta y su rostro era el reflejo del colapso. Tenía ojeras marcadas, los ojos desorbitados y un temblor inocultable en las manos. Tras él, dos hombres corpulentos y armados se apostaron a los lados de la puerta.

—Vaya, por fin despiertas, Rambo —siseó Mateo con una risa nerviosa y destemplada, mirando a Diego.

—Mateo... —la voz de Valentina salió rota, llena de una mezcla de incredulidad y asco—. ¿Cómo pudiste hacerme esto?

Mateo evitó la mirada de Valentina, paseando la vista por el suelo como si buscara una excusa dibuja en el polvo.

—No me dejaste otra opción, Valentina —exclamó él, alzando los brazos en un gesto defensivo—. ¡Te lo pedí mil veces! Te pedí que viniéramos a la montaña, que dejaras a este perro fuera de la ecuación, que me escucharas. ¡Pero no! Preferiste hacerle caso a tu empleado de pacotilla antes que a tu novio.

—¡Me ibas a vender! —gritó ella, intentando soltarse de las cuerdas, sintiendo cómo la espalda de Diego se tensaba como una vara de acero contra la suya—. ¡Ibas a entregarme a unos criminales!

—¡No es venderte! —chilló Mateo, perdiendo completamente los papeles—. ¡Es un intercambio! Tu padre tiene miles de millones, Valentina. Para él, diez millones de dólares no son nada. Un par de firmas, una transferencia discreta y todos felices. Yo pago lo que debo, a ti te devuelven sana y salva a los dos días y la vida sigue. Pero tenías que meter a este imbécil en medio de todo.

—Usted no va a ver ni un solo centavo, Gutiérrez —intervino Diego. Su voz resonó grave, profunda y helada, sin un solo rasgo de pánico—. Lo que usted no entiende es que esta gente no deja testigos. Una vez que tengan la transferencia del señor Mendoza, los primeros a los que van a eliminar es a usted y a la señorita.

Mateo palideció aún más, si es que eso era posible. Dio un paso atrás, alterado.

—¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! Ellos me dieron su palabra. Solo te querían a ti fuera de combate porque sabían que arruinarías la negociación.

—La palabra de un grupo de secuestradores no vale nada —sentenció Diego, manteniendo los ojos fijos en la articulación de la muñeca de Mateo, midiendo distancias e intenciones—. Mire a su alrededor. Si realmente tuviera el control, no estaría sudando de terror en este almacén abandonado.

—¡Dije que te calles! —gritó Mateo, sacando torpemente un arma de la pretina de su pantalón y apuntando directamente a la cabeza de Diego—. Un solo número más, un solo comentario, y le pongo fin a tu contrato de seguridad aquí mismo.

Valentina dejó escapar un ahogado grito de horror al ver la boca del arma a centímetros del rostro de Diego.

Sin embargo, Diego ni siquiera parpadeó. Sostuvo la mirada del joven millonario con una serenidad tan peligrosa que fue Mateo quien comenzó a temblar, incapaz de sostener el peso de esos ojos oscuros.

—Hazlo —desafió Diego en un murmullo bajo—. Aprieta el gatillo, Gutiérrez. Pero si no me matas con el primer disparo, te juro por lo que más quieras que no saldrás vivo de esta habitación.

Mateo tragó saliva con dificultad, dando un paso atrás mientras bajaba levemente el arma, superado por el terror instintivo que le provocaba la mera presencia del guardaespaldas.

—Sáquenlo de aquí —le ordenó Mateo a los dos matones, apuntando a la puerta—. Que el jefe llame al padre de Valentina. Ya es hora de cobrar.

Mateo salió precipitadamente de la habitación, seguido por los dos guardias, quienes volvieron a cerrar la puerta de golpe y le pasaron el cerrojo de hierro, sumergiéndolos de nuevo en la oscuridad.

El silencio volvió a caer sobre la habitación. Valentina temblaba sin control, deshecha en lágrimas contra la espalda de Diego.

—Diego... casi te dispara... —sollozó ella.

—No tenía las agallas para hacerlo —respondió Diego, cuya respiración volvía a ser pausada—. Escúchame bien, Valentina. Mateo acaba de cometer el error de dejarnos solos.

Diego comenzó a forzar la madera de la silla con movimientos calculados, haciendo crujir las uniones de las patas. Las cuerdas que los unían estaban tensas, pero el sudor y la humedad de la habitación empezaban a ceder milímetro a milímetro.

—Pega tu espalda a la mía —le ordenó él en un susurro cerca de su oído—. Necesito que me ayudes a hacer palanca. Vamos a salir de aquí antes de que esos hombres regresen.




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