Valentina asintió entre lágrimas en medio de la penumbra. Puso toda su fuerza en empujar su espalda contra la de Diego, haciendo palanca mientras él forzaba las muñecas y balanceaba el peso de su cuerpo con precisión quirúrgica.
El crujido de la madera resonó en la habitación. Con un último tirón seco y coordinado, la estructura rota de la silla cedió. Las uniones se partieron, dejando suficiente holgura en las cuerdas para que Diego, utilizando la fuerza de sus antebrazos, lograra deslizar una de sus manos del agarre y liberar el resto del nudo.
En cuestión de segundos, Diego quedó libre. Ignorando el dolor punzante en la nuca y el mareo remanente, se hincó de inmediato a espaldas de Valentina para desatar sus muñecas y tobillos.
—Ya está —murmuró él, retirando las cuerdas con rapidez—. ¿Puedes ponerte de pie?
Valentina no respondió con palabras. Tan pronto como sintió sus manos libres, se giró y se arrojó a sus brazos, rodeándole el cuello con una fuerza desesperada. El temblor que recorría el cuerpo de ella era incontrolable; las lágrimas heladas le empapaban el rostro mientras los sollozos, contenidos durante horas por el pánico, finalmente estallaban en su pecho.
Diego se congeló un instante ante el contacto, pero al sentir el pánico real de Valentina, cualquier barrera profesional se desintegró. La envolvió entre sus brazos, rodeándole la cintura con firmeza y pegando su cuerpo contra el suyo para devolverle la tierra firme.
—Estoy bien... estoy bien porque estás conmigo —susurró ella contra su cuello, escondiendo el rostro en la curva de su hombro—. Tuve tanto miedo de que te mataran, Diego... no me dejes, por favor.
—Shh, mírame, Valentina —pidió Diego con una voz baja, profundamente cálida y rasposa, que quemó el aire frío del encierro.
Con infinita delicadeza, Diego usó ambas manos para acunar el rostro de Valentina. Sus pulgares, ásperos por las vendas y el entrenamiento, limpiaron con suavidad las lágrimas de sus mejillas. Valentina ahogó un suspiro y buscó el contacto de sus palmas, apoyando el rostro en sus manos mientras lo miraba a los ojos en la penumbra.
—No voy a irme a ninguna parte —continuó Diego, sosteniéndole la mirada con una intensidad que no dejaba espacio al pánico—. Estoy aquí. No voy a permitir que nadie vuelva a ponerte una mano encima, ¿me escuchas? Confía en mí.
—Siempre —respondió ella en un hilo de voz, aferrándose a las solapas de la camisa de él.
Diego inclinó la frente hasta apoyarla suavemente contra la de Valentina, dejando que sus respiraciones se mezclaran durante unos segundos eternos. El mundo exterior, Mateo y el peligro desaparecieron por un instante. No había protocolo ni distancias; solo la certeza absoluta de que se pertenecían en medio del caos.
—Tenemos que salir de aquí —murmuró él a milímetros de sus labios, deslizando las manos desde sus mejillas hasta tomarle la mano derecha y entrelazar sus dedos con fuerza—. Quédate detrás de mí en todo momento.
Valentina asintió, sintiendo cómo el calor de la mano de Diego le devolvía el valor por completo.
Sin perder un segundo más, Diego exploró la habitación. Localizó la pesada puerta de metal y un tramo de tubería de hierro suelta en la pared, arrancándola de un tirón seco para usarla como arma. Se apostó al lado del marco e le indicó a Valentina que se resguardara en el rincón más oscuro.
Cuando el cerrojo metálico volvió a sonar diez minutos después, la puerta se abrió y el primer matón ingresó confiado. Diego atacó como una sombra: le conectó un golpe certero en la muñeca para desarcarlo, lo tomó por el cuello en una llave de estrangulamiento y lo estrelló contra la pared, dejándolo inconsciente en el acto.
Diego recogió la pistola del suelo, verificó la munición y se giró hacia Valentina, ofreciéndole la mano de nuevo.
—No te separes ni un centímetro.
Salieron al pasillo de la nave industrial abandonada. Diego la guio con agilidad felina entre las sombras, pero al llegar a la salida lateral, la suela del zapato de Valentina hizo crujir un cristal roto.
—¡Están afuera! ¡Se escapan! —resonó el grito desde el fondo.
—¡Corre hacia los árboles, Valentina! —ordenó Diego, empujándola con delicadeza hacia la salida mientras él se giraba y abría fuego de cobertura, interponiéndose una vez más entre ella y las balas.
Editado: 09.09.2026