El estruendo de las detonaciones retumbaba en la nave industrial a espaldas de Valentina. Corría con todas sus fuerzas, tropezando con las raíces expuestas y la maleza baja mientras la vegetación espesa del bosque la devoraba en la penumbra. Detrás de ella, las chispas de los proyectiles chocaban contra las vigas metálicas, seguidas por el sonido seco y preciso con el que Diego respondía al fuego enemigo para cubrirle la retirada.
—¡Sigue corriendo, Valentina! ¡No te detengas! —gritó la voz de Diego a sus espaldas, haciéndose paso entre el fango y los árboles.
La noche era un manto denso. Solo la escasa luz de la luna llena lograba filtrarse entre las copas de los pinos altos, proyectando sombras alargadas que dificultaban ver el terreno. Valentina avanzaba a ciegas, sintiendo que los pulmones le quemaban por el esfuerzo y el aire helado de la madrugada.
Diego corría metros más atrás, zigzagueando entre los troncos para ofrecer un blanco difícil mientras disparaba sus últimos cartuchos contra las linternas que parpadeaban a lo lejos. Los gritos de los secuestradores y sus pisadas pesadas sobre las hojas secas comenzaron a distanciarse a medida que la densidad del bosque y la absoluta oscuridad jugaban a favor del entrenamiento táctico del guardaespaldas.
Tras varios minutos de una carrera frenética en ascenso, el ruido de los perseguidores se disipó por completo en la inmensidad del monte. Lo único que se escuchaba era el croar lejano de las ranas y el viento entre las ramas.
Valentina se detuvo junto al tronco de un roble gigante, apoyando las manos en las rodillas para intentar recuperar el aliento.
—Diego... —susurró, girándose con el corazón martillándole el pecho—. Creo que... creo que los perdimos.
Diego dio tres pasos hacia ella antes de detenerse bruscamente. Apoyó una mano en el tronco de un árbol cercano, agachando la cabeza. Su respiración era pesada, entrecortada y agónica. De pronto, un leve quejido de dolor se le escapó entre los dientes apretados.
—Diego, ¿qué tienes? —preguntó Valentina, acercándose a él de inmediato mientras la alarma se encendía en su interior.
—Estoy bien... solo necesito un segundo —respondió él con la voz rasposa, intentando incorporarse para mantener la compostura, pero la fuerza le falló y se dejó caer de rodillas sobre la hojarasca.
—¡Diego!
Valentina se arrodilló a su lado en el suelo húmedo. Al acercar las manos a su cuerpo, sintió una calidez viscosa y densa que le manchó los dedos al instante. Valentina ahogó un grito al mirar la palidez cadavérica del rostro de Diego bajo la tenue luz lunar.
La camisa blanca de vestir estaba completamente empapada de sangre. Había un impacto de bala directo en su hombro izquierdo y otro surco sangriento en el costado derecho de su torso, donde un proyectil le había rozado la carne profundamente.
—Dios mío... estás herido —dijo ella con la voz quebrada por el pánico, viendo cómo la sangre no dejaba de brotar—. Te dieron... te dieron dos disparos.
—Fue durante... el fuego cruzado en la salida —murmuró Diego, apretando los dientes mientras una ráfaga de dolor le recorría la columna. La adrenalina de la huida comenzaba a bajar, dejando al descubierto el impacto real de las heridas—. La del costado es superficial... pero la del hombro sigue dentro.
Valentina negó con la cabeza, sintiendo que las lágrimas volvían a nublarle la vista. Sin pensarlo dos veces, comenzó a rasgar el dobladillo de su propia blusa para crear vendas improvisadas.
—No te vas a morir aquí, ¿me oyes? —le dijo con una mezcla de firmeza y desespero, presionando la tela rasgada directamente sobre el hombro lesionado de Diego—. Me salvaste la vida de nuevo... ahora no te atrevas a cerrarme los ojos.
Diego soltó un gruñido ahogado por la presión en la herida, pero usó su mano buena para envolver la muñeca de Valentina. A pesar de estar perdiendo sangre y con las fuerzas al límite, la miró fijamente a los ojos en la penumbra de la noche, sosteniéndole la mirada con una entrega que no dejaba lugar a dudas.
—No voy a cerrar los ojos, Valentina —susurró él, apretándole la mano suavemente—. No mientras usted siga necesitando que la cuide.
Editado: 09.09.2026