La presión que Valentina ejercía sobre la herida del hombro hacía que a Diego se le escaparan suspiros entrecortados de dolor. Sin embargo, no se quejó ni una sola vez. La luz de la luna apenas iluminaba la pequeña cúpula natural que formaban las copas de los árboles, manteniéndolos ocultos en las sombras.
—Tenemos que detener el sangrado del costado también —dijo Valentina con la voz temblorosa pero decidida.
Sin dudarlo, rompió otra tira de la tela de su blusa. Con cuidado extremo, deslizó sus manos alrededor del torso de Diego para envolver el surco sangriento de su costado. La cercanía era sofocante; podía sentir el calor abrasador que emanaba de la piel de él, el ritmo desbocado de su corazón y el estremecimiento de sus músculos apretados por el sufrimiento físico.
—Valentina... —murmuró Diego, apoyando la cabeza contra el tronco del roble—. Debe... debe buscar un refugio más alto. Los refuerzos de mi agencia no tardarán.
—No me voy a mover de tu lado —sentenció ella, ajustando el nudo improvisado con firmeza—. Olvídate del protocolo y de tus órdenes por una sola vez en tu vida, Diego. Si nos quedamos aquí, nos quedamos juntos.
Diego la miró a través de la penumbra. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos e inexpresivos, reflejaban una vulnerabilidad absoluta. La pérdida de sangre empezaba a nublarle los sentidos, pero la calidez de la mano de Valentina sobre su pecho lo mantenía anclado a la realidad.
—No sé qué haría si algo le pasara a usted... —confesó él en un hilo de voz rasposo, dejando caer toda barrera defensiva—. El disparo... el dolor... no significan nada comparados con la idea de fallarle.
—No me fallaste. Me salvaste —respondió ella, inclinándose hacia él hasta que sus frentes volvieron a rozarse. La frialdad del aire nocturno contrastaba con el fuego del aliento de ambos—. Me trajiste hasta aquí. Ahora es mi turno de cuidarte.
Valentina se acomodó a su lado sobre el suelo cubierto de hojarasca, envolviéndolo con sus brazos para transmitirle el calor de su cuerpo y evitar que entrara en estado de shock por la hipotermia. Diego, rindiéndose finalmente ante el agotamiento y el dolor, descansó la cabeza sobre el hombro de ella, permitiéndose por primera vez en su vida ser protegido por alguien más.
Pasaron las horas en un silencio cargado de promesas implícitas y latidos compartidos, hasta que el crujido lejanos de pisadas tácticas y el haz de luz de varias linternas de alta potencia comenzaron a cortar la niebla del bosque.
—¡Zona norte despejada! ¡Buscamos dos objetivos! —resonó una voz profesional a lo lejos.
—¡Aquí! —gritó Valentina con todas las fuerzas que le quedaban, alzado una mano sin soltar a Diego con la otra—. ¡Estamos aquí! ¡Necesitamos ayuda médica!
Las luces de rescate convergieron rápidamente sobre el enorme roble, iluminando la figura de la heredera sujetando contra su pecho al guardaespaldas ensangrentado que le había salvado la vida.
Editado: 09.09.2026