Para cuando los paramédicos del equipo de respuesta táctica alcanzaron la base del roble, Diego había sucumbido por completo a la pérdida de sangre, perdiendo el conocimiento en los brazos de Valentina.
—¡Tenemos un herido con impactos de bala! ¡Frecuencia cardiaca débil, preparen la camilla! —gritó el líder del operativo de rescate.
Valentina se negó a soltar la mano de Diego mientras los rescatistas lo aseguraban en la tabla rígida y le colocaban una máscara de oxígeno. Lo subieron a toda prisa a un helicóptero de la agencia que aterrizó en un claro cercano, trasladándolos de emergencia hacia el centro médico más avanzado de la ciudad.
Fue durante el vuelo, entre el ensordecedor ruido de las hélices y los monitores médicos pitaando con fuerza, cuando el jefe del operativo le explicó a Valentina cómo habían logrado encontrarlos a tiempo.
El instructor de la academia de baile había presenciado desde una ventana el momento exacto en que la van negra bloqueó el paso y se llevó a Valentina tras dejar a Diego tendido en el asfalto. Aterrorizado, llamó de inmediato al señor Mendoza. El padre de Valentina no perdió un segundo: activó la red de emergencia de la agencia de seguridad de Diego y autorizó el rastreo de alta frecuencia.
Lo que Valentina no sabía era que el delicado dije de diamantes que su padre le había regalado pocas semanas atrás por su cumpleaños no era solo una joya ostentosa. Ocultaba un microchip GPS militar con batería independiente que continuó emitiendo señal incluso dentro de las paredes de concreto del almacén abandonado.
Al llegar al hospital, las puertas de emergencias se abrieron de golpe. Valentina corrió junto a la camilla por los pasillos iluminados con luz neón, sujetando los dedos fríos de Diego mientras los cirujanos le cortaban la ropa ensangrentada.
—Señorita, no puede pasar de aquí —la detuvo con firmeza una enfermera en el umbral del quirófano.
—¡Tienen que salvarlo! —suplicó Valentina con la voz quebrada y la blusa cubierta con la sangre de él—. ¡Por favor, se los ruego, no dejen que muera!
Las puertas dobles se cerraron en su cara. Valentina se quedó sola en el pasillo helado, mirando sus manos manchadas. Pocos minutos después, su padre apareció al fondo del corredor a pasos agigantados, acompañado por la escolta de la familia, abrazando a su hija con desesperación al verla sana y salva.
Sin embargo, el cuerpo de Valentina estaba en ese pasillo, pero su mente y su corazón permanecían atrapados al otro lado de las puertas del quirófano, esperando que el hombre que había arriesgado su vida por ella lograra sobrevivir a la batalla más difícil.
Editado: 09.09.2026