Fueron las cuatro horas más largas en la vida de Valentina. La sala de espera del hospital era un desierto de paredes blancas y olor a antiséptico donde el tictac del reloj de pared resonaba como una tortura. Su padre intentó convencerla de que fuera a una habitación a descansar o a limpiarse la sangre seca de los brazos, pero ella se negó rotundamente. No se movería de esa silla hasta ver a Diego respirar.
Cerca del amanecer, la luz roja sobre las puertas dobles del quirófano finalmente se apagó.
Un cirujano con rostro fatigado salió a la sala. Valentina se puso de pie de un salto, adelantándose a su padre.
—¿Cómo está? —preguntó con la voz ronca por el cansancio y el llanto contenido.
—La operación fue compleja, pero exitosa —respondió el médico, retirándose el gorro quirúrgico—. Logramos extraer el proyectil alojado en el hombro sin que dañara ninguna arteria principal. La herida del costado fue superficial y requerirá curaciones. Perdió mucha sangre y el golpe que sufrió en la nuca le causó una conmoción cerebral severa, pero está estable. Es un hombre extremadamente fuerte.
Un suspiro de alivio absoluto se le escapó a Valentina del pecho, haciéndola tambalearse levemente. Su padre la sostuvo del brazo con firmeza, mirando al médico con gratitud.
—¿Puedo verlo? —suplicó ella.
—Está en la unidad de cuidados intensivos, bajo sedación. Puede entrar, pero necesita descansar.
Valentina no esperó dos veces. Caminó a través del corredor helado hasta la habitación asignada. El sonido rítmico del monitor cardíaco marcaba la constante actividad de su corazón.
Diego yacía en la cama de hospital, despojado de su impenetrable traje negro. Llevaba una vía intravenosa en el brazo derecho y un vendaje espeso cubriéndole el hombro y parte del pecho. Se veía extrañamente vulnerable, privado de la armadura estricta con la que siempre se presentaba ante el mundo.
Ella se acercó despacio a la cama. Con infinito cuidado para no lastimarlo, tomó la mano grande de Diego entre las suyas. Estaba tibia de nuevo.
—Sobreviviste... —murmuró Valentina en un hilo de voz, inclinándose para presionar un beso suave en el dorso de su mano—. Cumpliste tu promesa, Diego. Ahora me toca a mí no moverme de tu lado.
Se acomodó en el sillón junto a la cama, rehusándose a soltarle la mano, dispuesta a velar su sueño el tiempo que fuera necesario.
Dos días después, los rayos del sol de la mañana se filtraban por la ventana de la habitación.
Diego comenzó a mover levemente los dedos. Las pestañas le temblaron mientras un quejido sordo se le escapaba del pecho. La rigidez de la cama y el punzocado constante en el hombro le avisaron que ya no estaba en la maleza del bosque.
Abrió los ojos lentamente. La luz blanca lo obligó a entrecerrarlos por un segundo hasta que su visión se enfocó.
Lo primero que vio fue a Valentina. Estaba dormida, inclinada sobre el borde de la cama con la cabeza apoyada cerca de su brazo, sosteniendo firmemente su mano derecha entre las suyas.
Diego se le quedó mirando en silencio. Una calidez desconocida le oprimió el pecho, borrando por completo el dolor de sus heridas. Deslizó despacio los dedos para acariciar con el pulgar la mejilla suave de Valentina.
Ella se despertó al instante ante el leve roce. Alzó la cabeza y, al encontrar los ojos oscuros de Diego abiertos y conscientes, una sonrisa luminosa y llena de alivio se le dibujó en el rostro.
—Despertaste... —susurró Valentina, poniéndose de pie de inmediato para acercarse más a él.
—Señorita... —intentó decir Diego con la voz rasposa y seca por la sed.
—Ni se te ocurra llamarme "señorita" ahora —lo interrumpió ella con una mezcla de reprimenda y ternura, tomando un vaso con agua de la mesa de noche para ayudarlo a beber un sorbo con un popote—. Y no te muevas, estás lleno de puntos de sutura.
Diego bebió un poco de agua, sintiendo cómo la garganta se le despejaba. Cuando terminó, miró a su alrededor y luego volvió a fijar la vista en ella.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Casi dos días —respondió Valentina, sentándose en el borde de la cama, sin soltarle la mano—. El médico dijo que la bala no tocó nada vital de milagro. Te salvaron, Diego.
Diego exhaló despacio, cerrando los ojos un segundo para asimilar la información.
—¿Y Gutiérrez? —preguntó, recuperando de inmediato su instinto protector.
—La policía y el equipo de tu agencia cayeron sobre la nave industrial poco después de que nos rescataran —explicó Valentina con tono serio—. Mateo intentó huir con el dinero que tenía en una cuenta secundaria, pero lo arrestaron en el aeropuerto junto con los líderes de la red. Mi padre se está encargando de que no vuelva a ver la luz del sol en su vida. Se acabó, Diego. Ya no hay peligro.
Diego asintió lentamente, sintiendo que un peso enorme se le quitaba de encima. Sin embargo, al mirar la mano de Valentina entrelazada con la suya, la realidad de su trabajo volvió a tocarle la puerta.
—Me alegra saber que está fuera de peligro —dijo él, intentando recuperar un matiz de distancia profesional en su tono de voz—. En cuanto me den el alta, informaré a la agencia para que asignen un equipo de transición mientras me recupero por completo. Mi trabajo aquí ha concluido.
Valentina se congeló ante sus palabras. La sonrisa de su rostro se desvaneció, reemplazada por una incredulidad llena de fuego. Se inclinó sobre la cama, reduciendo la distancia entre sus rostros hasta que Diego pudo ver el brillo decidido en sus ojos.
—¿Tu trabajo ha concluido? —repetió ella con ironía, apretándole la mano con fuerza—. ¿Después de habernos besado? ¿Después de haberme salvado la vida dos veces y de haberte desangrado en mis brazos en medio de un bosque? ¿Crees que vas a recuperarte e irte como si nada de esto hubiera pasado?
Diego tragó saliva con dificultad, sintiendo que la frecuencia de su pulso se elevaba en el monitor médico.
Editado: 09.09.2026