Mi Guardaespaldas

Capítulo 28

El pitido del monitor cardíaco se aceleró bruscamente, delatando el estado real de Diego. A pesar del dolor en el hombro y de la debilidad por la sedación, la cercanía de Valentina —con la mirada ardiendo en determinación y la respiración rozando sus labios— desarmó cualquier intento de defensa táctica.

—Valentina... —murmuró él, con la voz apenas más alta que un suspiro—. No sabe lo que está pidiendo. Mi mundo es violento, es oscuro. Mi único propósito era protegerla, no involucrarla en las ruinas de mi vida.

—Mi mundo era una mentira de cristal hasta que tú llegaste —contestó ella sin dudar un milímetro, acunando la mejilla sana de Diego con su mano libre—. Mateo representaba todo lo que mi familia esperaba de mí y resultó ser un traidor. Tú, en cambio, te desangraste en un bosque para mantenerme con vida. No me hables de protocolos ni de mundos distintos.

Diego cerró los ojos por un segundo, apretando la mandíbula mientras luchaba contra el impulso irracional de acortar la distancia y besarla allí mismo. La culpa por haber traspasado la línea profesional en el pasado aún le pesaba, pero el recuerdo de haber estado a punto de morir sin haberle dicho la verdad era un castigo peor.

Cuando volvió a abrir los ojos, la frialdad del guardaespaldas había desaparecido por completo.

—Si me quedo... ya no habrá vuelta atrás —dijo Diego, con una voz profunda que hizo vibrar el aire entre los dos—. Si me quedo, no podré volver a mirarla como su empleado. No podré fingir que no me quema por dentro cada vez que la tengo cerca.

—Entonces no finjas más —susurró Valentina.

Rompiendo el último vestigio de distancia, Valentina inclinó la cabeza y posó sus labios sobre los de Diego. Fue un beso lento, suave y profundamente cuidadoso, consciente de sus heridas, pero cargado de la devoción reprimida durante meses. Diego respondió al roce con una lentitud casi reverencial, deslizando los dedos de su mano buena por el cuello de Valentina para sostenerla contra sí.

Cuando se separaron, ambos estaban agitados. Valentina apoyó la frente contra la suya, sonriendo por primera vez en días con verdadera paz.

—El contrato con la agencia terminó hoy, Diego. Mi padre aceptó la rescisión por recomendación del equipo médico mientras te recuperas —dijo ella en un murmullo juguetón—. Así que técnicamente ya no eres mi guardaespaldas.

Diego dejó escapar una risa corta y baja —un sonido tan raro en él que a Valentina le dio un vuelco el corazón— antes de volver a apretar su mano con firmeza.

—En ese caso, señorita Mendoza... me temo que tendrá que aprender a lidiar conmigo sin una placa de seguridad de por medio.




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