Mi Guardaespaldas

Capítulo 29

Dos semanas después, el ambiente en la mansión Mendoza había cambiado de manera radical. El alta médica de Diego llegó con estrictas indicaciones de reposo para la cicatrización del hombro, y el señor Mendoza, eternamente agradecido por haber salvado la vida de su hija, le ofreció quedarse en la residencia como huésped de honor durante su convalecencia.

Sin el uniforme de guardia ni la rigidez de su puesto, la dinámica entre ambos tomó un rumbo completamente nuevo.

Esa tarde, el sol bañaba el ventanal del gran salón principal. Diego vestía una camisa de lino holgada que ocultaba los vendajes de su hombro izquierdo. Estaba sentado en uno de los sofás de cuero, revisando unos documentos personales en una tableta, cuando escuchó los pasos ligeros de Valentina.

Ella entró llevando una bandeja con té caliente y un plato con fruta fresca. Se sentó a su lado en el sofá, tan cerca que sus muslos se rozaron, y dejó la bandeja en la mesa de centro.

—Te toca la medicina de la tarde —anunció Valentina con tono divertido, entregándole una pastilla y un vaso de agua—. Y no intentes evadirlo como ayer, Fuentes. Ahora yo soy la que da las órdenes.

Diego tomó el vaso con una leve sonrisa de lado, esa que antes guardaba bajo bajo siete llaves. Se tomó el comprimido sin protestar y dejó el cristal sobre la mesa.

—Es extraño —comentó Diego, mirándola de reojo mientras apoyaba el brazo derecho sobre el respaldo del sofá, detrás de los hombros de ella—. Pasé meses asegurándome de que siguieras mis instrucciones al pie de la letra para mantenerte a salvo. Ahora parece que el rol se invirtió completamente.

—Se llama karma —repuso Valentina con picardía, inclinándose levemente hacia él—. Además, fuiste un jefe de seguridad bastante tirano cuando querías. "Señorita Mendoza, no se aleje", "Señorita Mendoza, regrese al vehículo"...

—Solo intentaba no distraerme —admitió él en un murmullo bajo y sincero, volviendo la mirada hacia los ojos de ella—. Y créeme que era una tarea casi imposible.

Valentina sintió una punzada de calor en las mejillas. A pesar de que la tensión entre ellos ya no era un secreto reprimido, la franqueza con la que Diego empezaba a expresar sus sentimientos aún lograba desarmarla.

Ella deslizó una mano con delicadeza por el cuello de la camisa de él, evitando rozar la zona del hombro lesionado, hasta acariciar la línea firme de su mandíbula.

—¿Y ahora? —preguntó ella en un susurro—. ¿Te sigues distrayendo?

Diego no respondió con palabras. Inclinó la cabeza despacio, disfrutando de la calma de la tarde y de la certeza de que ya no había peligro acechándolos, y buscó la boca de Valentina en un beso pausado, profundo y sin ningún tipo de freno profesional de por medio.

Sin embargo, cuando el beso comenzaba a intensificarse, el carraspeo firme del señor Mendoza desde el pasillo hizo que ambos se separaran con agilidad.

—Veo que la recuperación va por muy buen camino, Fuentes —comentó el padre de Valentina al entrar al salón, luciendo una sonrisa entre severa y complacida.

Diego se erizó por instinto, acomodándose en el sofá mientras Valentina soltaba una risita avergonzada. La vida normal finalmente tocaba a su puerta, pero las sombras del pasado de Diego y el futuro de su relación fuera de las paredes de la mansión apenas comenzaban a definirse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.