La idea de una cita normal sonaba simple para cualquiera, pero para Diego representaba un territorio completamente desconocido. Acostumbrado a planificar rutas de escape y evaluar puntos ciegos, tener que elegir un restaurante y vestirse con ropa informal le resultaba extrañamente desafiante.
El viernes por la noche, Diego esperaba al pie de la gran escalera de la mansión. Llevaba unos pantalones oscuros bien cortados y una camisa de manga larga en tono azul marino que disimulaba el vendaje residual de su hombro. Cuando escuchó el sonido de los tacones, alzó la vista.
Valentina bajaba despacio con un vestido sencillo de tono esmeralda que resaltaba el color de sus ojos y la piel tibia de sus hombros. No llevaba joyas ostentosas ni el dije con el rastreador GPS; solo una sonrisa abierta que le cortó el aliento a Diego al instante.
—¿Paso la inspección, señor Fuentes? —preguntó ella con un tinte de burla cariñosa al llegar al último escalón.
Diego dio un paso al frente y la tomó suavemente de la cintura, atrayéndola hacia él.
—Supera con creces cualquier estándar, señorita Mendoza —respondió en un murmullo antes de dejar un beso corto en sus labios.
En lugar de utilizar la camioneta blindada habitual, Diego condujo un sedán deportivo sin cristales polarizados hacia un pequeño bistro italiano ubicado en una zona tranquila de la ciudad. El lugar era íntimo, iluminado con luces cálidas y velas sobre mesas de madera.
Durante la cena, la conversación fluyó sin esfuerzo. Ya no hablaban de protocolos, mapas de riesgo o de Mateo. Hablaron del futuro, de la pasión de Valentina por la danza y del deseo de Diego de construir una vida lejos de los enfrentamientos armados.
—Aún me cuesta creelo —comentó Valentina, apoyando la barbilla sobre su mano mientras lo miraba al otro lado de la mesa—. Hace solo un mes estábamos huyendo en medio de un bosque y ahora estás aquí, quejándote de que la pasta tiene demasiado ajo.
Diego soltó una risa baja, entrelazando sus dedos con los de ella sobre el mantel.
—La pasta está excelente. Solo digo que mi entrenamiento no me preparó para este nivel de condimento —bromeó él, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar—. Pero me acostumbrare. Con tal de estar sentado frente a ti, me acostumbraré a lo que sea.
Al salir del restaurante, decidieron caminar por el malecón iluminado. La brisa de la noche era fresca y tranquila. Diego pasó su brazo bueno sobre los hombros de Valentina, manteniéndola pegada a su costado mientras avanzaban a paso lento.
Por primera vez en muchos años, Diego no escaneó las sombras buscando amenazas. Tenía la vista fija en el perfil de Valentina y la certeza de que el verdadero propósito de su vida ya no era simplemente recibir un disparo por ella, sino construir un presente a su lado.
Editado: 09.09.2026