Mi Guardaespaldas No Me Soporta

Capitulo 1

Valentina Mendoza tenía una vida perfecta. O eso creía ella.

A sus veintiún años, era la hija mimada del empresario más poderoso del país, estudiaba Administración de Empresas en la universidad más cara de la ciudad, tenía un armario que haría llorar a cualquier influencer, y un "casi novio" llamado Mateo que le compraba flores cada semana y nunca le llevaba la contraria.

Perfecta, sí. Hasta que un martes por la tarde, mientras salía de su clase de baile, dos tipos con pasamontañas intentaron meterla en una camioneta negra.

No llegaron lejos. Los guardaespaldas de su padre, que la seguían a todas partes, intervinieron en segundos. Pero el susto fue suficiente para que sus padres, especialmente su madre, Alicia, entraran en pánico.

Y así fue como Diego Fuentes apareció en su vida.

—No. No. Y no.

Valentina estaba de espaldas a la puerta de su habitación, con los brazos cruzados y la mirada clavada en el techo. Su madre, sentada en la cama con las piernas cruzadas como si estuviera tomando té con la reina, suspiró con una paciencia que solo una madre de una hija como Valentina podía tener.

—Cariño, no es negociable. Tu padre y yo decidimos que, además de los guardaespaldas de la casa, necesitas a alguien exclusivo para ti. Alguien que te acompañe a la universidad, a tus clases de baile, a tus salidas... a todas partes.

—¿A todas partes? —Valentina giró sobre sus talones con un movimiento dramático—. ¿Incluso al baño?

—No exageres.

—¿Y si quiero ir de compras con Lucía y Carla?

—También.

—¿Y si Mateo me invita a cenar?

Su madre levantó una ceja con una sonrisa pícara.

—Especialmente si Mateo te invita a cenar. Ese chico me da mala espina.

Valentina rodó los ojos con tanta fuerza que casi se le salen de las órbitas.

—Mamá, Mateo es un amor. No es su culpa que tú quieras que me case con el hijo de los Gómez.

—No empecemos con eso. —Alicia se levantó y le acarició el cabello—. Escucha, hija. Lo que pasó la semana pasada fue un aviso. Hay gente que quiere hacernos daño a través de ti. No voy a permitirlo. Diego es el mejor en lo que hace. Tu padre lo trajo especialmente de la agencia más prestigiosa. Es serio, profesional y...

—¿Aburrido? —interrumpió Valentina con una mueca.

—...confiable. —Su madre la ignoró con maestría—. Llega mañana a las siete de la mañana. Te sugiero que estés presentable.

—¿A las siete? ¿Pero si yo ni siquiera existo a las siete?

—Pues vas a tener que empezar a existir. —Su madre le dio un beso en la frente y salió de la habitación con un paso triunfal.

Valentina se dejó caer en su cama de dos metros y miró el techo con resignación.

Un guardaespaldas personal. Qué ridículo.

Pero en el fondo, muy en el fondo, una vocecita le recordaba que alguien la había intentado secuestrar. Y que, aunque odiaba admitirlo, había tenido miedo.

A la mañana siguiente, Valentina estaba de mal humor. Y no era porque tuviera que levantarse temprano —bueno, también—, sino porque su madre la había obligado a usar un conjunto "decente" en lugar de su cómodo pijama de unicornio.

Bajó las escaleras de su mansión con pasos arrastrados, el cabello recogido en un moño despeinado y una taza de café en la mano que más parecía un arma defensiva que una bebida.

Y allí estaba él.

Diego Fuentes.

Alto. Más alto de lo que esperaba. Pelo oscuro corto, mandíbula cuadrada, ojos negros como el carbón y una expresión que parecía decir "no me hagas perder el tiempo". Vestía un traje negro impecable, corbata ajustada y zapatos tan brillantes que podía verse su propio reflejo.

Valentina lo miró de arriba abajo. Y luego volvió a mirarlo.

—¿Tú eres mi guardaespaldas? —preguntó con un tono que mezclaba incredulidad y desdén.

—Diego Fuentes —respondió él con una voz grave que no dejaba espacio para réplicas—. A su servicio, señorita Mendoza.

—Vaya. —Valentina dio un sorbo a su café sin apartar la mirada—. Mi madre dijo que eras profesional. No dijo que parecías salido de una película de acción de los noventa.

Diego no parpadeó. Su rostro era una máscara impasible.

—Mi trabajo es protegerla, no entretenerla. He revisado su rutina: universidad de lunes a jueves, clases de baile los martes y jueves por la tarde, salidas con amigas los viernes, y el fin de semana libre a menos que haya algún evento familiar. ¿Correcto?

Valentina parpadeó. Dos veces.

—¿Me has investigado?

—Es mi trabajo.

—¿Y no te da vergüenza?

—No. —Diego la miró con una frialdad que casi la hizo estremecerse—. Mi trabajo es mantenerla con vida, señorita. Para eso necesito saber dónde está, con quién, y qué hace. Si eso le incomoda, puede quejarse con su padre. Pero sepa que él me contrató específicamente porque soy el único que no se deja manipular por niñas malcriadas.

El silencio fue absoluto. Hasta los criados que pasaban por el pasillo se detuvieron.

Valentina sintió que algo se rompía dentro de ella. Y no era su paciencia.

Era su orgullo.

—¿Niña malcriada? —repitió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Mira, guardaespaldas, yo sé que tu trabajo es importante y todo eso. Pero déjame decirte una cosa: yo no soy una niña. Y no voy a dejar que un extraño con traje de domingo me diga cómo vivir mi vida.

—No voy a decirle cómo vivirla. —Diego dio un paso al frente, y Valentina sintió su altura como una sombra imponente—. Solo voy a asegurarme de que siga viviéndola. Ahora, ¿me permite acompañarla a la universidad? Su clase empieza en cuarenta minutos.

Valentina abrió la boca para soltar una réplica afilada, pero en ese momento escuchó pasos pequeños y rápidos bajando las escaleras.

—¡Vale! ¡Vale!

Ella, su hermana pequeña de cinco años, apareció corriendo con su mochila de princesas y sus coletas despeinadas. Se lanzó contra las piernas de Valentina con un abrazo tan fuerte que casi le derrama el café.




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