Él es un Alfa cuya vida se rige por normas, códigos y reglas.
Durante trescientos años ha buscado a su luna… y aún no la ha encontrado. No se rinde, convencido de que cuando llegue, será tan recta como lo es él.
Un día recibe la invitación del Alfa de la manada Eclipse para la celebración del cumpleaños de su hijo menor.
Fiel a su carácter, decide llegar con días de anticipación. Pero en el camino encontrará lo que ha esperado durante siglos.
Lo que no imaginaba era que su luna sería todo lo contrario a lo que soñaba.
Ella es una mujer lobo incompleta. Nunca ha logrado transformarse ni escuchar la voz de su loba. Rebelde por naturaleza, su lema es: “Las reglas están hechas para romperse”. Para ella, los problemas son pan de cada día. No piensa dejarse dominar por nadie, mucho menos por un mate que pretenda ordenarle la vida.
Pero cuando sus caminos se cruzan, ambos descubrirán que no basta con la atracción. Tendrán que enfrentarse a su destino, a sus diferencias, y al oscuro secreto que ella guarda: el espíritu indomable de la loba milenaria que duerme en su interior.
Él quiere control.
Ella quiere libertad.
Entre reglas, rebeldía y una profecía temida por todos… el amor podría ser lo más peligroso de todo.
Dean
Al cumplir doscientos años decidí buscar a mi destinada. Elegí esa edad porque me siento lo bastante maduro para hacerme cargo de alguien más que no sea yo. No me importa quién sea ni cómo sea… aunque, claro con una excepción: no soporto a quienes no siguen las reglas; no congenio con ellos.
Mi luna y luna de mi manada tiene que ser recta y ejemplar como yo. Aún no la he encontrado, pero presiento que pronto lo haré.
Llego a la manada Eclipse. Después de saludar a todos, doy un paseo para calmarme; siempre lo hago cuando visito un lugar que no es el mio. Todas las manadas son distintas, aunque esta se parece bastante, a la mía, salvo por el paisaje.
De pronto, la brisa sopla y un olor golpea mis fosas nasales. Asher, mi lobo, se inquieta tanto que me transformo sin pensarlo. No lo creo: es ella. Corro a todo galope hasta detenerme.
—Es una loba —dice Asher, con emoción.
—Lo sé, Asher. Al fin la encontramos —respondo, y avanzamos hacia ella.
Está sentada en el suelo, con los ojos cerrados y los pies recogidos en postura de meditación. Parece dormida. Nos abalanzamos sobre ella y la tumbamos.
—Mía, mía —rugimos al unísono. Entierro la nariz en su cuello y gruño al sentir ese aroma delicioso.
Abre los ojos de golpe. Son verdes, pero en ellos estalla algo que me paraliza: primero una luz intensa, luego oscuridad, después un vacío y, al final, un fuego antiguo. Una energía salvaje me golpea el pecho y me obliga a retroceder. Antes de pensarlo, huyo.
—Asher, ¿qué pasó? —pregunto, jadeando.
—No lo sé… pero fue como caer en un abismo. Algo me gritaba que nos alejáramos.
Es raro. Muy raro. Pero no pienso descansar hasta entender qué ocurre con mi luna. Voy a llevarla a mi manada. Es mía… y no pienso dejarla en manos de nadie.
Milena
Mi vida es complicada. Jamás me han gustado las reglas y eso siempre me mete en problemas. Al final, esos problemas caen sobre mi padre, que es el Beta de la manada Eclipse. Mi madre y mi hermano insisten en que debo ser una loba ejemplar, pero yo no acato consejos. Así soy, y así seguiré.
A pesar de todo, me convertí en Centinela. No fue un regalo, lo gané a pulso. Trabajé más duro que cualquiera y demostré que, aunque me llamen “casi humana”, puedo superar a esos estúpidos lobos machos. Ese es mi primer peldaño; el segundo será convertirme en guerrera líder. Y lo lograré.
Después de entrenar con el Centinela guía, voy a mi lugar zen. Es el único sitio donde me aliviano de la carga de no haber tenido mi transformación. Mi loba sigue dormida. No la escucho, no la siento. Mis padres dicen que es mejor así, pero yo no entiendo por qué.
Cierro los ojos y me traslado a otra dimensión. El tiempo se desvanece. Entonces, un olor delicioso invade el aire y me eriza la piel. Algo se abalanza sobre mí; siento un peso encima, el aroma me inunda.
Abro los ojos y veo a un lobo, enorme, con una pata sobre mi pecho.
—Mía, mía —ruge con ferocidad.
Pero no dura nada. Se va de golpe, como si huyera.
—Idiota… maldito cobarde —gruño con rabia.
¿Cómo se atreve a interrumpir mi meditación, a rugirme que soy suya y luego largarse como si nada? Mi pecho sube y baja del enojo.
Cuando lo encuentre, le voy a sacar las pelotas por el trasero. Nadie irrumpe mi paz y se escapa sin pagar las consecuencias.
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Editado: 01.03.2026