Milena
Soy Milena y según todos en la manada, soy la oveja negra… bueno, el lobo negro, para ser más exactos. Ya saben, el que no encaja, el que no sigue las reglas, el que mete la pata cada tres días.
Caperucita Roja nos pintó como los malos, y quizá tenía razón, pero si supiera lo que cuesta vivir en una manada llena de normas, códigos y jerarquías, tal vez entendería por qué algunos preferimos romperlas.
Mi padre, que es el Beta de la manada Eclipse de Luna, dice que tengo un “problema con la autoridad”. Yo digo que la autoridad tiene un problema conmigo.
Como castigo por mis rebeldías, mi madre prácticamente lo obligó a meterme a que entrenara con los Centinelas. Supuestamente iba a ser por tres meses… pero han pasado ocho, y sigo aquí. Lo que empezó como un castigo terminó gustándome. Golpear ayuda.
Además, ahora soy la líder de los Centinelas de clase media. No es el puesto más alto, pero lo voy a lograr. Voy a ser una de las mejores guerreras, con loba o sin ella.
Mi pasatiempo favorito es patearle el trasero a mi líder, al futuro Alfa y, de vez en cuando, a mi querido hermano, el futuro Beta.
Sí, soy más fuerte que ellos. No sé cómo, pero lo soy, y eso que ni siquiera tengo comunicación con mi loba.
—Y no la tendrás —susurra mi mente con su voz maliciosa.
La ignoro. Como siempre.
Retomo el entrenamiento y lanzo una patada giratoria. Elder, mi líder, esquiva, pero apenas. Sonríe, satisfecho.
—Cada día mejoras más, Milena.
—Tu halago no será porque quieres que te suelte, ¿verdad? —le digo con una ceja alzada mientras lo inmovilizo en el suelo.
—Pienso que lo haces muy bien… el alumno superó al maestro —dice una voz grave detrás de mí.
El Alfa.
Suelto a Elder de inmediato y me levanto de un salto.
—No debieron detenerse por mí —dice con una media sonrisa.
Elder se limpia el sudor de la frente.
—Creo que Milena está más que lista para asumir un puesto en la manada, Alfa.
El Alfa asiente con serenidad.
—Lo discutiremos después de la fiesta. Por ahora, quiero a los mejores vigías y centinelas para la guardia. Tú no, Milena.
Abro la boca de inmediato.
—¿Qué? ¿Por qué no? Puedo ser muy útil.
—Lo siento, pero eres parte de la familia del Beta. Y no puedes participar en esta ocasión, solo disfrutas la fiesta.
—No es justo.
—¿No quieres asistir al cumpleaños de Karin? —pregunta con calma.
—Claro que quiero… pero también me gustaría ser parte de la seguridad.
—No esta vez —responde antes de marcharse.
Resoplo. Elder me lanza una sonrisa divertida.
—Tranquila, líder rebelde. Habrá más fiestas que cuidar.
Lo miro con fastidio y agarro una toalla.
—Más te vale que sí, o te haré correr hasta que te salgan alas.
La noche cae rápido, y la luna se asoma entre las nubes.
No tengo permitido patrullar, pero eso no significa que no pueda escaparme un rato.
Salgo por la ventana de mi habitación, como siempre. Mis botas apenas hacen ruido cuando tocan el suelo.
Camino por el bosque, siguiendo el sendero que solo Aiden y yo conocemos.
Aiden… el futuro Alfa.
No somos pareja, pero hay algo entre nosotros, algo que ninguno se atreve a nombrar.
Nos prometimos que cuando encontremos a nuestros destinados, aceptaremos nuestro lugar y seguiremos adelante.
Hasta entonces, somos… algo.
Nos encontramos junto al arroyo, donde la luna se refleja plateada sobre el agua.
—Llegas tarde, rebelde —dice Aiden con una sonrisa torcida.
—No soy tu soldado para llegar a la hora —le respondo con burla.
—Eres peor que uno —dice acercándose.
Nos quedamos en silencio unos segundos, solo mirándonos. Su presencia siempre me altera un poco, aunque lo disimule.
—¿Sabes que si nos descubren, mi padre me mata? —digo alzando una ceja.
—Y el mío me destierra —responde con una sonrisa. —Y tu hermano no quiero ni pensar que me haría.
—Perfecto, morimos juntos.
Él ríe, y por un instante todo se siente más ligero.
El silencio se extiende entre nosotros, apenas roto por el murmullo del agua. La luna brilla sobre el agua y su reflejo parece parpadear como un corazón. Siempre me ha gustado este lugar porque me calma… pero hoy no se siente igual.
Una corriente extraña recorre mi pecho, como si algo se moviera bajo mi piel.
No es dolor, tampoco miedo. Es… inquietud.
Como si una parte de mí intentara ponerse de pie después de mucho tiempo.
Frunzo el ceño y me abrazo los brazos, intentando disimularlo.
—¿Estás bien? —pregunta Aiden, inclinando un poco la cabeza.
—Sí… —respondo demasiado rápido—. Es solo… no sé. Siento algo raro.
—¿Raro? —Aiden da un paso más cerca—. ¿Cómo raro?
—Como si una energía recorriera mi cuerpo… —murmuro, sin darme cuenta.
Aiden me mira con esa mezcla de curiosidad y cuidado que siempre tiene conmigo, pero no insiste.
Yo misma no sabría explicar qué me pasa.
Es como si mi interior estuviera lleno de electricidad, como si algo quisiera despertar… pero no pudiera.
—Será que estás cansada del entrenamiento —dice él, restándole importancia.
—Puede ser… —contesto, aunque en el fondo sé que no es eso.
El viento mueve las ramas y la luz de la luna baila sobre su rostro. Por un segundo, su mirada me atrapa. Siempre quise pensar que éramos solo amigos… pero no. Hay algo más, algo que ninguno de los dos quiere nombrar.
Nos quedamos así, demasiado cerca, respirando el mismo aire.
Ese algo en mi pecho vuelve a agitarse, fuerte y silencioso, como un tambor en la distancia.
Nos separan solo unos centímetros, y en la luz plateada de la luna, sus ojos parecen brillar.
Siempre odié que me mirara así. Siempre amé que lo hiciera.
—Milena —susurra, su voz se quiebra un poco—, ¿qué somos?
#607 en Fantasía
#349 en Personajes sobrenaturales
#3054 en Novela romántica
lobos milenarios, alfa luna mates, reencarnación pasado tragico
Editado: 01.03.2026