Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 02

El sol entra por la ventana antes de que pueda fingir que sigo dormida.

Mi madre tiene esa extraña habilidad de saber exactamente cuándo abro los ojos, aunque esté en otra habitación.

Es casi sobrenatural.

—Milena, ¡arriba! —su voz resuena desde el pasillo, firme como una orden de guerra.

—Cinco minutos más —murmuro, girándome hacia el otro lado.

—Tres. Y si tengo que ir por ti, te vas sin desayuno —responde sin perder la compostura.

Sus pasos se alejan, pero todos sabemos que es una amenaza real.

Sus castigos nunca son violentos, pero tienen precisión.

Nada duele más que oler las tortitas que prepara y no poder tocarlas.

Me levanto con un gruñido y busco algo que no me haga parecer una desalineada.

Mamá detesta que ande despeinada o con el uniforme arrugado, aunque no esté de servicio.

Dice que una hija del Beta debe comportarse como una representante de la manada.

Yo digo que debería dejarme respirar un poco.

Bajo las escaleras con el cabello aún húmedo y las botas en la mano.

El aroma del desayuno me golpea: pan recién hecho, miel, café… y las tortitas.

La mesa está impecable, como siempre.

Mi madre —elegante incluso un domingo— sirve el café a mi padre con esa sonrisa que solo él consigue sacarle.

—Buenos días, dormilona —dice mi padre sin levantar la vista de unos documentos.

—Buenos días —respondo, intentando sonar más viva de lo que me siento.

—Eso no es “estar lista para entrenar” —dice mamá al verme, con ese tono que mezcla decepción y autoridad.

—Aún no empiezo a entrenar —contesto, encogiéndome de hombros.

—Deberías comportarte como si ya lo hicieras. La disciplina no se enciende y apaga a conveniencia —replica, dejando la taza sobre la mesa.

Mi padre la mira de reojo, con una media sonrisa.

—Déjala respirar, amor. Todavía no ha probado bocado.

—Respira demasiado —murmura mamá, pero igual deja el tema… por ahora.

Antes de que pueda responder, la puerta lateral se abre y entra mi hermano, perfectamente vestido con el uniforme de Centinela.

Su cabello corto, su porte recto, su mirada calculada.

Hasta su olor parece oler a obediencia.

—Buenos días —saluda, dándome una mirada evaluadora.

—¿Qué? —pregunto con el ceño fruncido.

—Nada. Solo me pregunto si alguna vez llegarás puntual sin que mamá te grite.

—¿Y perderme su dulce voz de mando? Jamás —digo, sentándome.

Papá suelta una carcajada disimulada. Mamá lo fulmina con la mirada.

—Eres imposible, Milena —dice mi hermano, tomando asiento a mi lado.

—Y tú aburrido. Empatamos.

Le doy un codazo. Él ni se inmuta.

El tipo es una muralla.

—Por cierto —dice mi madre—, el Alfa pidió que todos los Centinelas estén listos para la revisión antes de la ceremonia.

—Lo sé —responde mi hermano con orgullo—. Aiden me lo recordó ayer.

Mamá asiente satisfecha.

Yo tuerzo la boca.

Aiden, otra vez.

—¿Y tú, Milena? —pregunta mi madre—. No quiero problemas durante la fiesta.

—No los habrá —respondo rápido.

—Eso dijiste en la última reunión, antes de tirarle vino encima al hijo del consejero.

—Fue un accidente.

—¿Ah, sí? —interviene mi hermano—. Porque recuerdo que justo antes dijiste: “Mira cómo mejoro su estilo”.

Papá ríe tan fuerte que casi derrama el café.

—Fue gracioso —dice, encogiéndose de hombros.

—No ayudas —responde mamá, sin poder ocultar del todo una sonrisa.

La conversación se relaja, y por unos minutos, todo parece normal.

Casi familiar.

Mi padre me pregunta por el entrenamiento, mi hermano presume de sus avances, y mamá supervisa que nadie olvide sus responsabilidades.

Pero entre risas y comentarios, esa sensación vuelve.

Un tirón, leve pero profundo, en el pecho.

Como si algo invisible me llamara desde lejos.

Cierro los ojos por un segundo y respiro hondo.

Mi lobo interior sigue en silencio, dormido como siempre, pero algo más… algo que no puedo explicar… se mueve dentro de mí.

—¿Milena? —dice mi padre, notando mi distracción.

—¿Eh? No, nada… solo pensaba en el entrenamiento —respondo rápido.

Mi hermano me observa unos segundos más de lo necesario, como si sospechara que algo no encaja.

Pero no dice nada.

Todavía.

Cuando terminamos de desayunar, mamá da las instrucciones del día como si leyera un informe militar.

Mi padre me guiña un ojo al pasar junto a mí.

Y mientras me dirijo al campo de entrenamiento, con el eco de sus voces detrás. Pienso que en mi loba. Si tendré la oportunidad de conocerla o conectar con ella alguna vez.

Al llegar al campo de entrenamiento me preparo para empezar mi día. No sé pero ya estoy extrañando los estudios.

El sonido del silbato corta el aire como una daga.

Elder grita mi nombre antes de que pueda terminar la estocada.

—¡Más rápido, Milena! Si te detienes a pensar, ya estás muerta.

Resoplo, giro sobre mi eje y esquivo la lanza que me lanza uno de los centinelas.

Su peso casi me derriba, pero uso el impulso y lo lanzo al suelo.

El impacto resuena en todo el campo.

—Punto para Milena —anuncia Elder con una media sonrisa.

Los demás centinelas aplauden, algunos con admiración, otros con fastidio.

A estas alturas ya están acostumbrados a que la “oveja negra” sea la que más los hace sudar.

Pero eso no evita las miradas.

Las siento.

Siempre las siento.

No es que me moleste destacar… es que, a veces, siento que esperan demasiado.

Como si tener al Beta por padre me obligara a ser perfecta.

Y yo no soy perfecta.

Soy humana.

Bueno, medio humana.

—Otra ronda —ordena Elder.

Sus ojos se fijan en mí, como si esperara que me queje.

Pero no le daré ese gusto.

—Listo cuando quieras —respondo, empuñando mi vara.




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