Milena
Cierro los ojos y me traslado a otra dimensión. El tiempo se desvanece.
El murmullo del agua se vuelve más suave, como si el arroyo también contuviera el aliento.
El viento se detiene, y el bosque entero parece sostenerme en un instante suspendido.
Mi respiración se hace más lenta, más profunda.
Siento que el peso de todo se desvanece, mi cuerpo se pone ligero, mis pensamientos se serenan, suelto el peso de no tener una loba, de ser incompleta, de ser la hija del beta, la que debe ser ejemplo, a la que su madre le impone. Lo hace por mi bien, lo sé, pero yo no quiero ser perfecta, siento que todo cae al suelo.
Dejo que todo caiga al suelo: las órdenes, los juicios, las promesas que no elegí.
Por un momento, soy solo eso… aire, silencio, y un corazón que intenta recordar cómo se siente ser libre.
La sensación bajo mi pecho crece, cálida, insistente… como si algo me llamara desde adentro.
No es miedo, pero tampoco calma.
Es algo nuevo.
Algo que no tiene nombre.
Un cosquilleo recorre mis brazos, mi nuca.
La tierra bajo mí parece latir.
Entonces, un olor delicioso invade el aire y me eriza la piel. Algo cae sobre mí; siento un peso encima, el aroma me inunda.
Abro los ojos y veo a un lobo enorme, con una pata sobre mi pecho.
—Mía, mía —ruge con ferocidad.
Pero no dura nada. Se va de golpe, como si huyera.
—Idiota… maldito cobarde —gruño con rabia.
¿Cómo se atreve a interrumpir mi meditación, a rugirme que soy suya y luego largarse como si nada? Mi pecho sube y baja por el enojo.
Cuando lo encuentre, le voy a sacar las pelotas por el trasero. Nadie irrumpe mi paz y se escapa sin pagar las consecuencias.
Me quedo un segundo paralizada, con el pecho todavía caliente de haber sentido su peso. Esa presión, breve, dejó una huella en algo recóndito dentro de mí que no puedo nombrar.
El olor que traía —era una mezcla de tierra húmeda, pino y algo que no sé cómo describir, como si fuera únicamente suyo— se aferra a mis sentidos. No es solo un aroma: es su olor corporal, una huella que se instala bajo la piel y hace vibrar los nervios.
El corazón me late a mil por hora; no es solo rabia, hay una mezcla rara entre furia y… reconocimiento. Como si una parte dormida hubiera rozado algo familiar y, por un instante, hubiera intentado asomar la cabeza. Pero se retractó. No despertó. Solo murmuró.
Me incorporo con brusquedad, las piernas me tiemblan un poco por la adrenalina. Compruebo que no tengo heridas, solo unas hojas pegadas a la ropa y la sensación de calor donde su pata rozó mi pecho. Me froto la camisa con la manga, como si pudiera borrar lo que pasó. No funciona.
Miro alrededor; el claro está vacío, los sonidos del bosque regresan como si nada. Y sin embargo, todo dentro de mí ha cambiado en un hilo diminuto que no sé cómo deshacer. Siento rabia por haber sido interrumpida y, al mismo tiempo, una rabia distinta —más peligrosa— porque me dejó esa huella sin permiso.
Quiero seguirlo, lanzarme entre las sombras y arrancarle respuesta a dentelladas, pero otra parte de mí —más práctica, más vengadora— decide que perseguir a un lobo que acaba de huir sería estúpido. Mejor encontrar pruebas, pistas, algún rastro. No lo dejaré así.
Me obligo a respirar, contar hasta diez. La calma no vuelve de inmediato, pero las palabras del Centinela guía resuenan en mi cabeza: controla la ira, usa la cabeza. Aprieto los puños y sonrío con amargura.
—No te libras —murmuro al claro—. Voy a encontrarte.
Recojo mis cosas, me limpio con la manga y, sin mirar atrás más que una vez, me encamino de regreso a la casa, con la sensación de que algo me acompaña todavía: una chispa tibia, latente, que promete no dejarme en paz.
Cuando llego a la casa, todo parece igual, pero yo no lo estoy. Cada paso que doy vibra con esa sensación extraña, como si todavía pudiera olerlo en el aire, escondido entre el aroma de los pinos.
Trato de fingir normalidad. Entro por la puerta trasera, cruzo el pasillo y me lavo las manos, el rostro, el cuello. El agua fría no sirve para borrar nada. Solo me deja más despierta.
—¿Otra vez escapando de los turnos, Milena? —La voz de mi hermano me sobresalta. Está apoyado en el marco de la puerta, brazos cruzados, expresión severa.
Respiro hondo. —No estaba escapando, solo… necesitaba un respiro.
Él me observa con esa mirada de Beta en entrenamiento, la misma que usará cuando tome el cargo.
—Tienes entrenamiento extra mañana. Elder dijo que pareces distraída últimamente.
—No estoy distraída —respondo, un poco más brusca de lo que quisiera.
Su ceja se arquea.
—¿Ah, no? Tienes el pulso acelerado, las mejillas coloradas y ese brillo raro en los ojos. ¿Qué pasó en el bosque?
—Nada —miento rápido.
—Milena…
—Nada, en serio. —Le paso por un lado y subo las escaleras antes de que insista.
Cuando cierro la puerta de mi habitación, el silencio me golpea otra vez. Apoyo la espalda contra la madera y dejo escapar un suspiro.
No puedo contarle a nadie lo que pasó. No sabría cómo explicarlo. Ni siquiera estoy segura de entenderlo yo.
Me asomo a la ventana. El bosque se extiende oscuro y sereno, como si no guardara secretos. Pero yo sé que sí. En algún punto de esa calma está él.
El lobo que me tumbó, me miró… y huyó.
Y, por más que quiera odiarlo, algo en mi interior sigue buscándolo.
—No te libras, maldito —susurro, apretando los puños.
Porque sé que tarde o temprano volveré a verlo.
Y cuando lo haga… esta vez no pienso dejarlo escapar.
El amanecer llega más rápido de lo que quisiera.
No dormí casi nada. Cada vez que cerraba los ojos, veía el destello plateado de su pelaje y sentía ese peso sobre mí, esa mirada intensa… esa huida cobarde.
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Editado: 01.03.2026