Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 05

Dean

Desde que llegué aquí, desde que la encontré, no he vuelto a cerrar los ojos.

El amanecer me encuentra despierto, en silencio, observando por la ventana.

El bosque parece tranquilo, pero sé que miente.

Nada está en calma desde que la vi en ese claro.

Su olor —flores silvestres, rocío y madera dulce— aún se aferra a mi piel, como si el aire se negara a olvidarla.

Asher no deja de insistir en que la busque, pero no puedo arriesgarme.

Esta no es mi manada, y aún no sé quién es ella. Si lo que Asher cree es cierto… si de verdad es mi luna, debo acercarme con cuidado.

Intento distraerme, concentrarme en la disciplina, en el deber.

Pero todo lo que hago, cada palabra que escucho, cada rostro que veo, se disuelve detrás de esa presencia que me acecha en silencio.

El lazo late, apenas perceptible, pero constante.

A veces es un tirón suave, otras una punzada en el pecho. Como si ella respirara al mismo ritmo que yo… sin saberlo.

Asher ruge bajo.

El bosque me observa. Lo siento.

A veces el viento me trae su aroma, leve, burlón.

Otras, creo escuchar una respiración que no es la mía.

Pero cuando giro, solo hay árboles, hojas y sombras.

—Nos está probando —dice Asher, tenso.

—No. Solo sigue su vida —respondo, aunque no estoy tan seguro.

Por la tarde, mientras el sol cae, me detengo frente al campo de entrenamiento.

Los jóvenes ríen, compiten, viven sin carga.

Yo los observo con una distancia que no sé si es respeto o envidia.

Hace mucho tiempo que olvidé cómo se siente estar en paz.

Asher guarda silencio por primera vez en horas.

Pero no es calma, es espera.

La misma que se estira dentro de mí, tensa, al borde de romperse.

Cuando el cielo empieza a teñirse de rojo, me quedo solo.

El aire cambia otra vez, trayendo consigo ese perfume.

Flores silvestres.

Mi pecho se tensa.

Cierro los ojos, y por un segundo, casi puedo oír su voz.

No entiendo las palabras.

Solo un susurro, suave.

Abro los ojos, con el corazón golpeando fuerte.

—Nos llamó.

Yo niego despacio.

Respiro hondo, intentando sofocar la necesidad de salir corriendo hacia el bosque.

Pero sé que si lo hago, nada me detendrá.

Al caer la noche, la manada entera se prepara para los días festivos.

La música, los adornos, la expectación… todo gira en torno al pequeño heredero del Alfa.

Yo, en cambio, solo quiero silencio.

Asher se mantiene quieto, aunque su respiración me arde en el pecho.

Sabe que estoy al límite.

Que si doy un paso en falso, saldré corriendo hacia ella sin pensar.

Cuando finalmente estoy solo en mi habitación, dejo que la fachada se desmorone.

El aire está cargado.

El vínculo late, profundo, como un pulso invisible que responde a cada movimiento de mi corazón.

Cierro los ojos, me obligo a mantener el control.

Porque sé que si la busco esta noche, si la encuentro… ya no habrá regreso posible.

Y aunque mi instinto grite por ella, aunque el lazo me queme,

debo esperar.

Durante la noche me mantengo en vela, por más que Asher rasgue mi pecho para salir me mantengo en control. Esta noche no cederé al llamado.

No dormí.

Ni un segundo.

Desde que llegué a esta manada, cada amanecer me encuentra más agotado… y más alerta.

Pero esta madrugada, algo es distinto.

El aire huele a cambio.

El lazo se siente más fuerte.

Falta solo un día para la fiesta, y sé que no podré contener a Asher mucho tiempo más.

La rutina es lo único que me mantiene cuerdo.

Orden, disciplina, control.

Sin eso, ya habría ido al bosque a buscarla.

Asher no ha dejado de presionarme.

—Está cerca —gruñe con esa voz que vibra dentro de mí—. ¿Por qué la evitas?

—Porque no es el momento.

—El momento nos está buscando.

—Calla —le corto, aunque lo entiendo demasiado bien.

El día transcurre lento, insoportablemente lento.

El Alfa anfitrión y su Beta supervisan los últimos preparativos del cumpleaños de su hijo menor.

Yo los acompaño por pura cortesía, fingiendo interés mientras revisan adornos, listas de invitados, guardias.

Pero mi mente está en otra parte.

Cada ráfaga de viento me distrae.

Cada aroma del bosque me obliga a contener el aliento, esperando ese perfume inconfundible.

Flores silvestres. Rocío. Madera dulce.

El olor que ahora reconozco como una herida abierta.

Asher se agita, impaciente.

—Está nerviosa. La siento.

—No puedes sentirla.

—Tú también lo haces, Dean. Solo que te niegas.

Sus palabras me atraviesan como un eco.

Sí, la siento.

El lazo vibra, tenso, como si algo en ella me llamara y al mismo tiempo intentara alejarme.

Durante el entrenamiento de los guerreros, mi concentración falla.

Uno de los jóvenes me reta a un duelo amistoso. Acepto, más por necesidad que por orgullo.

Necesito liberar presión.

El choque de puños, el olor del sudor, el impacto de los cuerpos me devuelven algo de calma.

Pero dura poco.

Al final del combate, mientras el joven se retira, una brisa me golpea el rostro.

Y ahí está otra vez.

Su aroma.

Tan claro, tan puro, que me corta la respiración.

Asher ruge dentro de mí.

—¡Corre hacia ella!

—No —gruño entre dientes, obligándome a mantener la postura—. Falta un día.

Solo un día.

Una noche más.

Puedo resistir. Debo hacerlo.

Al caer la tarde, el Alfa anfitrión brinda por la víspera del festejo.

Todos ríen, brindan, celebran.

Yo bebo en silencio.




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