Dean
El amanecer llega demasiado pronto.
Ni la oscuridad me concede tregua.
Asher lleva horas inquieto, gruñendo en lo más hondo de mi mente.
No puedo culparlo.
Yo también siento que algo está a punto de romperse.
Desde que llegué a Eclipse de Luna… desde que la encontré en el claro… el sueño se volvió un lujo que ya no me pertenece.
Antes de que el sol asome entre los árboles, ya estoy de pie, vestido, con la mente en guerra.
Asher no ha callado en toda la madrugada.
—Deberíamos ir al bosque —insiste, su voz grave y llena de ansiedad.
—No —respondo por enésima vez.
Mi tono es firme, pero mi convicción se agrieta.
No sé cuánto más podré resistir.
El aire matinal se cuela por la ventana, cargado del olor a tierra húmeda y resina.
Y, por un instante, creo sentirlo otra vez: ese perfume suave, mezcla de flores silvestres y rocío, tan distinto a todo lo que conozco.
Pero se desvanece antes de que pueda aferrarme a él.
Asher ruge, frustrado.
Yo lo ignoro y salgo de la habitación.
El Alfa anfitrión me encuentra en el corredor.
Su sonrisa es cordial, pero sus ojos observan con atención.
—Alfa Dean, justo te buscaba. Quiero presentarte a alguien.
Me conduce hasta el salón principal, donde dos jóvenes conversan junto a la chimenea.
Al notar nuestra llegada, se enderezan de inmediato.
—Este es Aiden, mi hijo —dice el Alfa Rowen con un orgullo evidente—. El futuro líder de Eclipse de Luna.
El muchacho tiene la mirada firme y un aire de autoridad que, aunque juvenil, no pasa desapercibido.
Su presencia impone, aunque aún le falta la calma que solo el tiempo otorga.
Junto a él hay otro muchacho, más serio, de semblante reservado y ojos claros.
—Y este es Lukas, —añade Rowen— su futuro Beta. Han entrenado juntos desde que tienen memoria.
Inclino la cabeza, marcando respeto.
—Un honor conocerlos.
Aiden sonríe con franqueza.
—El placer es nuestro, Alfa Dean. Mi padre siempre habla de Luz Plateada como una de las manadas más disciplinadas del norte.
—Y Eclipse de Luna como una de las más leales —respondo, sincero.
Rowen asiente, complacido.
—Espero que disfrutes del festejo esta noche. Es el primer gran evento en el que Aiden y Lukas estarán al frente.
—Entonces será una noche importante —digo, aunque mi mente ya no está allí.
Porque mientras hablo, el lazo vuelve a tensarse.
Sutil, invisible… pero imposible de ignorar.
Asher gruñe bajo, casi divertido.
—Podrán heredar muchas cosas… pero no lo que es nuestro.
Contengo el impulso de responderle.
Debo mantener la compostura.
Después de todo, soy un Alfa entre Alfas.
Aunque esta vez, el verdadero desafío no sea político… sino personal.
En la planta baja, el movimiento es constante.
Los preparativos del festejo ya han comenzado: decoraciones, mesas, cintas y luces que cubren los pasillos.
La casa principal vibra con una energía cálida, casi festiva.
Y sin embargo, para mí… todo suena distante.
No pertenezco aquí.
Ni a esta paz aparente, ni a esta celebración.
Mi lugar está más allá de los límites, donde el bosque respira… donde ella respira.
Durante el día me obligó a participar.
A mantener la compostura.
A aceptar los saludos, las sonrisas y las bromas de los guerreros locales.
Pero cada palabra que pronuncio suena vacía.
Cada paso que doy se siente forzado.
Asher no coopera.
—Hoy es el día.
—No arruinaré la paz de esta manada.
—Ella no es paz. Ella es fuego.
Sus palabras me golpean con una verdad incómoda.
Porque tiene razón.
Cada vez que pienso en ella, siento el mismo ardor recorriéndome las venas.
Un impulso que no entiendo y que no quiero nombrar.
Antes del mediodía, acompaño al Beta a revisar el perímetro.
Excusa perfecta para alejarme del gentío.
Pero apenas cruzamos la línea de árboles, el aire cambia.
La brisa trae su olor: flores silvestres y tierra húmeda, tan sutil que podría haberlo imaginado… si no fuera porque mi cuerpo reacciona de inmediato.
El pulso se acelera.
Los sentidos se abren.
Y Asher se agita con violencia.
—¡Está despierta! —ruge—. ¡La loba se mueve!
Me detengo en seco, cerrando los puños.
—No. Aún no completamente.
—Entonces corre antes de que vuelva a esconderse.
Lo ignoro.
Intento respirar, concentrarme, pensar.
Pero es inútil.
El vínculo vibra, como una cuerda tensa a punto de romperse.
Y sé que ella también lo siente.
Regreso a la mansión antes del anochecer.
Los invitados comienzan a llegar, los músicos afinan, los aromas de la comida llenan el aire.
Todo parece perfecto.
Todo, excepto yo.
Desde la distancia, observo cómo las luces doradas se encienden en el jardín, una tras otra.
Y aunque nadie más lo nota, el bosque más allá se siente vivo.
Expectante.
Como si también aguardara el momento del encuentro.
Asher respira profundo, casi con reverencia.
—Esta noche —murmura—, la luna nos pondrá frente a ella.
Y por primera vez en días, no intento contradecirlo.
Porque en el fondo, lo deseo más de lo que estoy dispuesto a admitir.
El sonido del reloj de pared marca el paso de las horas con precisión insoportable.
Cada tic parece retumbar en mi cabeza, recordándome que la noche se acerca… y con ella, aquello de lo que he intentado huir.
Me encierro en la habitación asignada para “descansar antes del evento”.
Descansar.
Un concepto que hace tiempo perdió sentido para mí.
Doblo las mangas de la camisa blanca, alineando los puños con un gesto mecánico.
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Editado: 01.03.2026