Milena
Desde el momento en que esa voz susurró mi nombre, las noches se han vuelto interminables.
Cerraba los ojos y la escuchaba otra vez… tan suave, tan real, que el miedo y la calma se mezclan en una sola sensación.
El amanecer me encontró sentada junto a la ventana, mirando cómo la niebla cubría los árboles.
El bosque parecía tan quieto como siempre, pero yo sabía que algo había cambiado.
Dentro de mí, algo respiraba.
Cuando mamá golpeó la puerta, fingí estar vistiéndome.
No podía contarle nada.
¿Cómo explicarle que escuchaba una voz dentro de mi cabeza?
Que sentía una presencia cálida, antigua… viva.
—Baja a desayunar, Milena. Hoy será un día largo —dijo, con esa dulzura cansada que siempre usa cuando hay visitas importantes.
El festejo de Evan, será esta noche, y toda la manada esta en movimiento.
Risas, órdenes, aromas.
El sonido constante de las preparaciones llenaba el aire.
Yo intenté perderme entre ellos, distraerme con las tareas.
Fallé.
Todo me resultaba demasiado intenso: los olores, los sonidos, incluso las voces.
Cada emoción ajena parecía amplificada, como si mis sentidos se hubieran abierto de golpe.
Cuando fui a dejar unas flores en el salón principal, el aire cambió.
Una corriente fría me rozó la piel, pero lo que me hizo detener fue otra cosa:
ese aroma.
El mismo olor que sentí aquella noche en el claro.
Mi corazón empezó a golpearme el pecho con fuerza.
—No —susurré, negando con la cabeza—. No puede ser él.
Pero la voz interior, la que había creído imaginaria, volvió a vibrar en lo profundo de mi mente.
—Sí puede.
El jarrón que sostenía se tambaleó entre mis dedos.
Tuve que apoyarme en la mesa para no dejarlo caer.
Nadie pareció notarlo, por suerte.
O tal vez lo disimularon. No lo sé.
El resto del día fue una lucha constante entre mantenerme cuerda y no huir.
Cada vez que el viento se colaba por las ventanas, creía sentirlo cerca.
Cada vez que cerraba los ojos, veía su silueta en el claro.
Y por alguna razón que no entiendo, mi pecho dolía… como si algo en mí lo llamara.
Al caer la tarde, me refugié en mi habitación.
El vestido que mamá dejó sobre la cama me pareció demasiado, pero no tenía energía para discutir.
Esta noche debía asistir.
El Alfa Rowen había insistido en que todos los jóvenes de la manada estuvieran presentes. Además debía estar sí o sí, era la hija de uno de los líderes de la manada así que no me quedaba de otra.
Mientras me miraba al espejo, mi reflejo parecía ajeno.
Mis ojos brillaban con un tono más intenso, casi dorado bajo la luz del atardecer.
Parpadeé, y el brillo desapareció.
Pero el escalofrío permaneció.
—¿Qué me está pasando? —susurro.
La respuesta llegó en forma de un murmullo suave, casi una caricia.
—Despiertas.
Tragué saliva, sin atreverme a respirar.
No había vuelta atrás.
Algo dentro de mí —mi loba, mi alma, o ambas— había abierto los ojos.
El festejo ya había comenzado cuando Lukas y yo llegamos a la casa del Alfa.
Las luces colgaban entre los árboles, los aromas dulces se mezclaban con el humo de la leña, y el aire vibraba con la energía de toda la manada reunida.
Podía escuchar las risas, los murmullos, los pasos apresurados.
Todo parecía normal.
Pero dentro de mí… nada lo estaba.
Aiden nos recibió en la entrada, sonriendo con esa calma que tanto lo caracteriza.
—Por fin llegan —dijo, aliviado—. Pensé que tu madre te había secuestrado para ayudar con las flores.
—Lo hizo —respondí, rodando los ojos—, pero logré escapar.
Los tres reímos, y por un momento me permití disfrutarlo.
Era fácil olvidar todo cuando estaba con ellos, cuando podía fingir que seguía siendo solo Milena, la hija del Beta, la que aún no encontraba su lugar.
Pero esa paz duró poco.
A medida que la noche caía, el aire se volvía distinto.
Más pesado.
Más vivo.
Cada sonido parecía más claro, cada perfume más nítido.
Y entonces lo sentí.
Ese olor más fuerte, más claro, más nitido.
Tierra húmeda, madera oscura… y ámbar.
El mismo que me había perseguido desde el claro, el que se había quedado atrapado en mis sueños.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
El corazón me golpeó las costillas, los dedos se crisparon, y el aire se volvió imposible de tragar.
Todo a mi alrededor se desvaneció: las risas, la música, incluso las voces de Aiden y Lukas.
Solo quedó ese aroma, envolviéndome, reclamando algo que no comprendía.
—Milena —me llamó Lukas, tocándome el hombro.
Pero no pude responder.
Algo dentro de mí se estremecía.
Un temblor sutil, una llamada interna que no sabía cómo detener.
Y entonces lo sentí.
Al principio solo fue una presencia.
El aire pareció apartarse a su paso.
Y cuando giré lentamente, mis ojos se encontraron con los suyos.
El tiempo se quebró.
Su mirada era profunda, dorada bajo la luz de las lámparas, y en ella sentí algo salvaje… algo que reconocí sin haber visto jamás.
Mi pecho se tensó.
Mis labios temblaron.
No sabía quién era, pero lo conocía.
De algún modo, lo conocía.
—Milena, ¿estás bien? —la voz de Aiden llegó distante, como si me hablara desde otro mundo.
No pude contestarle.
Solo seguí mirando.
Él también lo hacía, inmóvil, con el ceño levemente fruncido, como si intentara convencerse de que yo era real.
Y por un instante juraría que el aire entre nosotros respiró.
Algo se movió dentro de mí, un eco, un latido ajeno.
La voz de mi loba, aún débil, murmuró desde el fondo de mi mente:
—Él.
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Editado: 01.03.2026