Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 08

Dean

El hilo invisible que nos une sigue vibrando, incluso cuando ella aparta la mirada.

Veo cómo sus labios se mueven en una breve despedida hacia los jóvenes que la acompañan.

Luego se gira y se aleja, deslizándose entre la multitud con un andar silencioso y firme.

Doy un paso hacia atrás, buscando control. No puedo seguirla. No debo.

Pero Asher ruge, exigiendo movimiento.

El aire está impregnado de su olor. Asher empuja desde dentro, cada latido golpeando contra el control que intento mantener.

—Solo una mirada más —susurra mi lobo.

No hay razonamiento que valga.

No cuando su esencia se enreda en la mía con esa fuerza que trasciende la voluntad.

Me muevo entre la gente con la misma naturalidad de siempre, fingiendo cortesía.

Cruzo el pasillo principal y salgo al jardín.

El frío nocturno me golpea al cruzar la puerta, pero no basta para calmar el fuego bajo mi piel.

La encuentro ahí… caminando de un lado a otro, envuelta en esa calma tensa que anuncia tormenta.

La luna cae sobre su cabello, tiñéndolo de cobre ardiente.

Sus rizos se mueven con el viento, como si la noche misma respirara junto a ella.

Se detiene.

Quizás me siente.

O tal vez el lazo la llama igual que a mí.

Doy un paso.

El suelo cruje bajo mis zapatos.

Ella no se mueve.

Otro paso.

El corazón me retumba en los oídos.

Asher ruge dentro de mí, desbordando toda contención.

No puedo más.

Me inclino hacia su cuello.

Cuando estoy lo bastante cerca, el aroma de su piel me envuelve y algo más: el llamado.

El reconocimiento.

La marca invisible del destino.

Inclino la cabeza, apenas un instante, y dejo que el instinto hable por mí.

—Mía… —susurro, la voz ronca, quebrada— mi Luna.

No son un pensamiento. Son un rugido del alma.

El mundo se detiene.

El vínculo arde.

Y por primera vez en siglos… Asher y yo respiramos como uno solo.

Ella se tensa, su respiración se corta.

La escucho.

Cada inhalación, cada mínimo temblor.

El lazo pulsa entre nosotros con una fuerza que casi me dobla.

Entonces lo veo en sus ojos: fuego, fuerza, negación.

No miedo.

Furia.

Orgullo.

Antes de que pueda reaccionar, me empuja.

Su fuerza me toma por sorpresa.

Mi espalda golpea contra la pared de piedra del jardín, y una rama cruje bajo mis zapatos.

El impacto no duele —mi cuerpo arde con otra cosa—, pero verla así, con la mandíbula tensa y los ojos encendidos, me deja sin aire.

—¿Luna? —repite, su voz firme, cortante—. Así que tú eres el idiota del claro. El que apareció de la nada, me derribó… y luego huyó como cobarde.

Su tono es un látigo, y aun así, Asher ruge dentro de mí, extasiado.

Ella es fuego.

Ella no se somete.

Quiero reír, pero no lo hago.

Solo la observo.

La luz de las antorchas se refleja en su cabello rojizo, y cada rizo parece arder con vida propia.

La rabia le da una belleza brutal, imposible de apartar la vista.

El vínculo nos rodea, invisible pero tangible, un lazo de energía que pulsa entre nosotros con vida propia.

Puedo sentir su respiración, el temblor de su piel, la lucha en su interior.

Mi instinto me grita que la tome, que la reclame… pero mi razón se impone.

No puedo.

No aún.

La deseo.

La respeto.Y eso me destruye un poco más que el rechazo.

—No volveré a huir —susurro, mirándola sin parpadear—. Esta vez no.

Ella sostiene mi mirada, y por un segundo, el mundo entero se reduce a ese espacio entre nosotros.

El olor de su piel me envuelve.

Su esencia —pura, salvaje, antigua— se funde con la mía.

Mi control se deshace.

Asher avanza.

No con violencia, sino con hambre… con una reverencia instintiva que me deja sin aliento.

Sé que no puedo acercarme más.

Sé que si lo hago, no habrá regreso posible.

Pero mientras la veo, con la luna reflejándose en sus ojos dorados, lo entiendo:

no importa cuántas reglas rompa o cuántos límites cruce,

mi destino ya tiene nombre.

Y está frente a mí.

Ella es real.

La misma energía que sentí en el claro… el alma que mi lobo reconoció y que yo rechacé por miedo.

Ahora la tengo frente a mí.

Y no puedo retroceder.

—No sabes cuánto te busqué —murmuro apenas rozándola—. Cuánto dolió no encontrarte.

Siento cómo su cuerpo tiembla, pero no sé si es miedo o… algo más.

Intento tocarla, pero en cuanto mi mano se desliza hacia su cintura, algo cambia.

Su energía se alza.

Fuerte.

Imponente.

Su mirada aún me quema.

Puedo sentir el pulso del vínculo entre nosotros, latiendo como una fuerza viva que no se detiene.

Ella me sostiene la mirada, desafiante, con una rama aún rozando mi cuello, como si de verdad creyera que puede mantenerme a raya.

Y, por la luna, me encanta.

Asher ruge dentro de mí, deseando empujar el control, tomar el mando.

Reclámala.”

Su voz es un trueno.

Pero no.

No aquí.

No así.

El aire alrededor vibra, denso, casi eléctrico.

Si alguien nos viera, sabría.

Sabría que algo sagrado e inquebrantable acaba de formarse.

Entonces escucho pasos apresurados.

Voces.

Una de ellas me resulta familiar.

—Milena… ¿estás aquí? —reconozco el tono de Aiden, el hijo del Alfa Rowen.

La expresión de ella cambia al instante.

Suelta la rama, da un paso atrás, como si el contacto con el mundo real la arrancara de un sueño peligroso.

Pero yo sigo ahí, observándola.

Cada fibra de mi cuerpo grita que no la deje ir.

—Aiden —murmura, apenas audible, con un hilo de voz que intenta sonar tranquila.




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