Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 09

Dean

El silencio del jardín me aplasta.

Su aroma sigue suspendido en el aire, mezclado con el del rocío y la madera húmeda.

No puedo moverme.

Solo escucho el eco de su voz, el crujido de la rama al soltarla, y el latido desbocado de Asher en mi pecho.

—Cálmate —murmuro, aunque sé que es inútil.

Asher no responde.

Está demasiado agitado.

Puedo sentirlo empujar desde dentro, desesperado por seguirla, por marcar lo que ya reconoció como suyo.

—No debimos dejarla ir.

Su voz es un gruñido bajo, lleno de frustración.

—No aquí —le respondo entre dientes—. No en medio de su manada.

Inhalo hondo, tratando de contener la rabia que me quema las venas.

El aire me sabe a ella.

A luna y fuego.

A algo que no quiero —pero ya no puedo negar.

Me paso una mano por el rostro.

El Alfa no puede perder el control.

No esta noche.

No frente a Rowen.

Necesito volver, fingir que nada ha pasado.

Doy un paso hacia el sendero que lleva al salón.

El murmullo de la fiesta vuelve a hacerse audible: risas, música, copas alzadas.

Todo parece tan normal… tan ajeno.

Pero dentro de mí, nada lo está.

Cada músculo sigue tenso, cada pensamiento gira en torno a una sola imagen: ella empujándome, desafiándome con esos ojos que parecían conocer cada rincón de mi alma.

—Idiota del claro —repito en voz baja, y una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios.

Si supiera cuánto me costó alejarme aquella noche.

Cruzo la entrada.

Algunos me saludan con respeto; respondo con un gesto breve, automático.

No escucho lo que dicen.

Solo veo a Rowen al otro extremo del salón, rodeado de Alfas aliados.

Y, entre la multitud, un destello rojizo.

Su cabello.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente.

El corazón me golpea con fuerza.

Pero esta vez me obligo a mirar hacia otro lado.

No puedo dejar que noten nada.

Me acerco a la mesa central.

Sirvo una copa.

El vino no hace nada por calmar el fuego, pero el acto de sostener algo me ayuda a mantener las manos ocupadas.

Asher gruñe, impaciente.

—No la ignores.

—Tenemos que hacerlo —susurro.

—Es nuestra Luna.

—Y si la reclamo aquí, ¿qué crees que pasará? —respondo entre dientes, apretando la copa con tanta fuerza que el cristal cruje—. No es el momento. Ni el lugar.

Asher calla, pero su silencio no es paz.

Es una promesa.

Un recordatorio de que el vínculo ya está sellado, aunque ella aún no lo acepte.

La veo de nuevo al otro lado del salón, hablando con Aiden y Lukas.

Finge tranquilidad, pero alcanzo a notar el temblor en sus manos, el leve rubor en su cuello.

Sabe que la estoy mirando.

Y aún así no huye.

Mi pulso se acelera.

El Alfa Rowen se me acerca, rompiendo el hilo invisible entre nosotros.

—Dean, ¿qué te parece todo? —pregunta con una sonrisa política—. ¿La estás pasando bien?

—No te preocupes por mí, Rowan —respondo.

Por un instante, sus ojos me estudian con demasiada atención.

Como si percibiera algo… una alteración en mi control.

Pero no dice nada. Solo asiente y continúa su ronda entre los invitados.

Él sabe que estos ambientes no son totalmente de mi agrado, pero por estrategia asisto.

Solo digo lo justo, lo que un Alfa debe decir… pero mi mente sigue dividida.

Una parte está aquí, hablando como si nada.

La otra sigue allá afuera, en el jardín, junto a la mujer que acaba de ponerme de rodillas sin siquiera intentarlo.

Cuando la noche avanza y las risas se apagan poco a poco, sé que debo marcharme.

No puedo seguir respirando el mismo aire que ella sin perder el control.

De camino a la salida, la vuelvo a ver.

De espaldas, bajo la luz tenue, con la luna pintando su piel.

Asher ruge una última vez.

—No será la última vez que la veamos.

Y tiene razón.

Porque puedo fingir distancia, puedo esconder el temblor en mi voz,

pero ya es tarde.

Su olor está grabado en mi sangre.

Su nombre —aunque aún no lo diga en voz alta— ya me pertenece.

—La próxima vez —susurra Asher—, no la dejarás ir.

Milena

El aire aún me quema los pulmones.

Intento respirar con calma, pero su aroma —ese que ahora reconozco sin querer— sigue pegado a mi piel.

Su mirada.

Su voz.

Ese mía, mi Luna que aún resuena como un eco que no puedo borrar.

—Milena.

La voz de Aiden me saca del trance.

Cuando me giro, hacia él, me observa con el ceño fruncido.

Sus pasos son firmes, pero su tono está cargado de algo que no alcanzo a definir: ¿molestia, curiosidad… o algo más?

—¿Qué ocurrió? ¿Por qué saliste de repente?

—Solo necesitaba aire —respondo sin pensarlo demasiado, intentando sonar natural.

El corazón me late con tanta fuerza que temo que lo escuche.

Aiden se acerca un poco más.

—¿Aire? —repite, alzando una ceja—. Porque desde aquí parecía otra cosa.

Me quedo en silencio.

Sé a lo que se refiere, pero no pienso darle la satisfacción de una explicación.

—No sé qué viste —digo al fin, mirando hacia otro lado—, pero no fue nada.

Él suelta una risa breve, sin humor.

—¿Nada? Vi al Alfa Dean demasiado cerca de ti. Y tú… —su mirada se detiene en mi cuello, donde su respiración todavía dejó un rastro invisible— parecías a punto de…

—Aiden —lo interrumpo, con la voz más firme de lo que esperaba—. No es lo que piensas.

—¿Ah, no? —pregunta, cruzándose de brazos—. Entonces dime, ¿qué hacía el Alfa de otra manada solo contigo en medio del jardín?




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