Milena
El bullicio del salón me resulta insoportable.
Las risas, la música, los brindis… todo me llega como si viniera de muy lejos.
No dejo de sentir su mirada.
Fuerte, constante, imposible de ignorar.
Aiden habla con Rowen, y Lukas se une al grupo, pero apenas registro las palabras.
Me limito a sonreír en los momentos adecuados, a fingir que sigo el ritmo de la celebración, mientras mi mente sigue atrapada en el jardín.
En él.
El Alfa Dean.
Cada vez que lo miro, está igual: firme, imperturbable, con esa serenidad que solo los que saben dominar a su bestia pueden mantener.
Y sin embargo, cuando sus ojos me encuentran, todo ese control parece romperse.
No sé qué es peor: si el fuego que enciende en mi interior o la calma que finge mientras me quema.
Aiden me ofrece una copa, y la tomo solo para tener algo entre las manos.
El vino es dulce, pero no logra borrar el sabor metálico de la tensión.
—¿Estás bien? —pregunta Lukas, con una sonrisa amable.
—Sí —respondo demasiado rápido—. Solo cansada.
Aiden me mira de reojo. Sé que no me cree.
Trato de concentrarme en otra cosa, pero entonces Dean se mueve.
Cruza el salón con pasos tranquilos, saludando a algunos líderes, hasta situarse a pocos metros de nosotros.
El aire parece detenerse.
Su aroma llega primero: madera, tierra húmeda, ámbar… y algo más.
Algo que me llama, que me atrae, que me asusta.
No debería sentirme así.
No debería querer acercarme.
Pero el vínculo late con vida propia, y por un instante olvido todo: las reglas, mi apellido, el peso de mi manada.
Él se inclina para hablar con Rowen, su voz grave apenas un murmullo.
Y entonces —por puro instinto— sus ojos vuelven a mí.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
El corazón me da un vuelco.
Aiden lo nota.
—¿Te sientes bien? —pregunta de nuevo, bajando la voz.
—Sí —miento otra vez, apartando la mirada.
No puedo seguir aquí.
No con él tan cerca.
No con el aire tan cargado.
—Voy por un poco de agua —digo, antes de que alguien me detenga.
Camino entre la gente, fingiendo calma.
Pero cada paso me duele, porque siento su mirada siguiéndome, acompañándome incluso cuando no lo veo.
Cuando por fin salgo al pasillo lateral, el ruido del salón se apaga.
La brisa nocturna entra por las ventanas y me permite respirar.
Apoyo una mano en la pared, cerrando los ojos.
¿Por qué me siento así?
¿Por qué cada parte de mí lo reconoce como si lo hubiera esperado toda la vida?
Mi loba sigue dormida… pero hay un temblor.
Un murmullo en el fondo de mi mente.
Una voz lejana que empieza a despertar.
“Él…”
Abro los ojos, asustada.
No es un pensamiento, es una sensación.
Una llamada.
Trago saliva y miro por la ventana.
Desde aquí, puedo verlo a lo lejos, aún dentro del salón.
Dean levanta la vista justo en ese momento, como si sintiera mi mirada.
Nuestros ojos se encuentran otra vez, separados por el cristal y por todo lo que no debería ser.
El aire se tensa.
Por un segundo, todo se apaga.
Y sé que esto —lo que sea que nos une— apenas comienza.
La brisa es fría, pero no lo suficiente para calmarme.
Siento el pulso en la garganta, rápido, errático, como si aún estuviera frente a él.
La luna está alta, reflejándose en los ventanales del salón. Todo sigue igual, y sin embargo… nada lo está.
Cierro los ojos.
Su olor sigue ahí, aferrado a mi piel, como si se hubiera grabado en ella.
Y por primera vez, no sé si quiero borrarlo.
—Sabía que te encontraría aquí.
La voz de Aiden me sobresalta.
Me giro lentamente, y ahí está, de pie junto a la barandilla de piedra, con las manos en los bolsillos.
Su expresión no es de enojo… es algo peor.
Preocupación.
—No quise preocupar a nadie —digo, antes de que hable.
—Eso no es lo que me preocupa, Milena. —Su tono es bajo, casi un susurro—. Te vi… cuando él estaba contigo.
Mi pecho se contrae.
—No pasó nada —miento, otra vez.
Aiden se acerca un paso más.
—Te conozco. No tienes que mentirme. Algo sí pasó. Lo vi en tu cara.
Aparto la mirada.
No quiero decirlo.
No quiero ponerlo en palabras, porque si lo hago, será real.
—Aiden… —mi voz tiembla apenas—, ¿alguna vez has sentido que… alguien te pertenece sin que tú lo elijas?
Él frunce el ceño, pero no responde de inmediato.
Solo me observa, intentando entender lo que acabo de decir.
—¿De quién hablas? —pregunta finalmente.
Tardo en responder.
El viento mueve mis rizos, y por un momento, creo escuchar aquella voz interior susurrar otra vez: “Mía.”
Trago saliva.
—Del Alfa Dean —susurro, casi sin aire.
Aiden se queda quieto.
El silencio entre nosotros se vuelve espeso.
—¿Qué estás diciendo, Milena? —rompe por fin el silencio, su voz más tensa, más grave que antes.
—Creo que… lo encontré —respondo apenas con un hilo de voz—. Mi alma gemela. Mi… compañero destinado.
Puedo sentir cómo su respiración cambia, cómo su energía se vuelve más densa.
Cuando levanta la vista, sus ojos brillan con algo que no alcanzo a descifrar: dolor, incredulidad, miedo.
—Eso no puede ser —murmura, casi para sí mismo—. Él es un Alfa de otra manada, Milena.
—Lo sé —lo interrumpo, con un temblor en los labios—. Lo sé, Aiden. Pero no puedo negar lo que sentí.
Su mandíbula se tensa.
Se pasa una mano por el cabello, frustrado.
—Esto no es algo que puedas sentir y ya. Sabes lo que implica. Si lo aceptas, tendrás que irte. Tu padre, Rowen, todos ellos… no podrán impedirlo.
—No necesito que me lo recuerdes —mi voz sale más firme de lo que esperaba—. No estoy diciendo que lo aceptaré. Solo… no puedo negar que está ahí.
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Editado: 01.03.2026