Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 12

Milena

El pasillo está en silencio cuando entramos.

Solo el eco de nuestros pasos resuena entre las paredes de piedra.

Eros camina a mi lado, sereno, pero su energía no engaña a nadie.

Su lobo está alerta.

—Te ves distinta —dice al fin, sin mirarme.

Trago saliva.

—Ha sido una noche larga, nada más.

Él se detiene, y yo también.

Sus ojos, tan dorados como los míos, me observan con atención.

—No me mientas, Milena. La energía de un alfa puede engañar a muchos, pero no a su padre.

Siento que el aire me quema al entrar en los pulmones.

—Solo estoy cansada —repito, aunque ambos sabemos que no es cierto.

Eros no insiste.

Solo suspira, pasa una mano por su barba y dice en voz baja:

—El bosque cambia cuando uno de los nuestros está… desequilibrado. Esta noche se siente diferente. Tú te sientes diferente.

No sé qué responder.

La verdad me arde en la lengua, pero no puedo decirla.

No puedo contarle que cada vez que cierro los ojos siento que alguien me llama, que una voz me susurra desde lo más profundo de mi alma.

Él da un paso más cerca, su tono más suave.

—Si algo te inquieta, prefiero saberlo por ti que por el Consejo.

—No hay nada que contar —respondo, y forzo una sonrisa débil.

Me observa unos segundos más, con esa mezcla de ternura y autoridad que solo él sabe equilibrar.

Finalmente, asiente.

—Está bien. Pero recuerda algo, hija: los secretos crecen como las sombras. Y las sombras, bajo la luna, siempre terminan mostrándose.

Su voz tiene un peso antiguo, casi profético.

Me acaricia el rostro, luego me besa la frente antes de retirarse hacia su habitación.

Yo me quedo quieta, viendo cómo su figura se aleja por el pasillo.

Cuando desaparece tras la puerta, la casa queda en silencio.

Solo el murmullo del bosque se cuela por las ventanas.

Y ahí, en la quietud, lo siento otra vez.

Una corriente cálida bajo mi piel.

El pulso de algo que no entiendo.

El corazón me golpea el pecho.

Cierro los ojos, pero ya es inútil fingir.

Algo en mí ha comenzado a moverse.

Algo que ni siquiera mi padre podrá detener.

Subo a mi habitación, me siento al borde de la cama, cierro los ojos por un instante, su voz vuelve a mi memoria.

Niego, me acuesto debo descansar.

No puedo dormir.

La luna se cuela por la ventana, bañando todo con una luz fría que no me deja cerrar los ojos.

Cada vez que los cierro, lo veo.

Su mirada.

Ese “mía, mi Luna” que aún vibra dentro de mí, como si no fuera solo un eco, sino una llamada.

Respiro hondo.

El aire del bosque entra por la ventana, húmedo, limpio… y cargado de algo que me estremece.

No sé si es su olor o el recuerdo del roce de su voz, pero mi piel arde.

Finalmente el cansancio me vence.

Caigo en un sueño inquieto.

Al principio fue solo un murmullo, un eco antiguo que se coló entre la niebla de mi mente.

Luego, el bosque apareció.

No era el mismo que conozco.

Los árboles eran más altos, sus raíces se entrelazaban como serpientes vivas, y el aire estaba impregnado de luna.

El suelo bajo mis pies ardía con cada paso, pero no dolía. Era como si la tierra misma me reconociera.

Mis manos no eran mías.

Eran más fuertes, más firmes.

Y mi respiración… no era humana.

Era el ritmo de una loba completa, una que había corrido mil noches sin cansarse.

Y entonces, lo escucho.

Milena…

No.

Esa voz no me llama así.

—Milenaria…

El sonido es suave, pero profundo, como un rugido contenido entre las sombras.

Abro los ojos, pero no estoy en mi habitación.

Estoy en un claro.

La luna llena cuelga inmensa sobre el cielo, tan cerca que parece respirar.

El bosque es distinto: más antiguo, más vivo. Cada árbol parece observarme.

Escucho un crujido.

Me giro.

Y allí está él. Frente a mí, un hombre.

Al principio, solo una silueta entre la luz plateada.

Pero cuando avanza, el mundo se detiene.

Su presencia tiene el peso de lo inevitable.

Sus ojos… esos ojos dorados que ya he visto antes, me atraviesan con la misma intensidad que en el jardín.

Mi pecho se aprieta.

Mi alma lo reconoce antes que mi mente.

Su energía me envuelve, me sacude, me llena de una sensación que va más allá del tiempo.

Su pecho se eleva con respiraciones lentas, controladas, como si también estuviera conteniendo algo.

—Has vuelto —dice él.

Mi garganta se cierra.

—¿Quién eres?

Su sonrisa es un lamento, una herida abierta.

Da un paso hacia mí, y la luna se curva sobre él como si también lo recordara.

—¿No me recuerdas? —susurra—. Soy yo… Asheran.

El nombre cae entre nosotros como un trueno suave.

Da un paso hacia mí. Su voz es una mezcla de fuerza y dolor, y cuando la pronuncia, todo el bosque se inclina un poco hacia nosotros.

Todo mi cuerpo tiembla.

Ese nombre… no lo conozco.

Pero mi corazón sí.

Un destello.

Fuego.

Sangre sobre la nieve.

Y la misma mirada, la misma voz, llamándome entre el caos:

“Corre, Milenaria.”

—No entiendo… —murmuro—. Esto no puede ser real.

Él se acerca un poco más. La distancia entre nosotros se llena de calor.

Sus ojos son dorados, idénticos a los del Alfa que conocí esta noche.

—Nada de esto es un sueño —susurra—. Es un recuerdo.

Tu alma me ha encontrado de nuevo.

La luna detrás de él brilla con más fuerza.

Una energía antigua, salvaje, se agita dentro de mí.

Siento a mi loba moverse por primera vez, su respiración entrelazada con la mía.

—Despierta —dice él—. Antes de que sea demasiado tarde.




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