Milena
El aire de la mañana aún estaba frío cuando volví al círculo de entrenamiento. El suelo húmedo crujía bajo mis botas y el murmullo de los guerreros calentando resonaba como un fondo lejano. Respiré hondo. Me enfoqué. Era la única forma de silenciar el caos que llevaba días acumulándose en mi pecho.
Concéntrate, Milena. Nada más importa.
Mi loba se agitó apenas, como un movimiento involuntario en un sueño profundo. No estaba despierta; solo reaccionaba a ráfagas… como si algo la rozara desde lejos. Como si algo la llamara.
Sacudí la cabeza y entré al círculo.
Mi adversario ya me esperaba: un guerrero alto, con cara de querer demostrarle al mundo que podía aplastar a la hija del Beta. Mala suerte para él.
La señal sonó.
Me lancé primero.
Golpe, bloqueo, giro. Sus pasos eran pesados, predecibles. En tres movimientos ya había perdido el equilibrio. Su cuerpo cayó de espaldas y un gruñido escapó de su pecho cuando tocó el suelo.
Me quedé un segundo observándolo. No por preocupación: por respeto. Le tendí la mano.
—Buen intento —dije.
Él tomó aire, aceptó mi mano y se levantó con un gesto avergonzado. Me dio espacio para salir del círculo y mientras lo hacía, mi cuerpo se tensó… sin razón aparente.
A mi espalda sentía una mirada que taladraba mi ser. Forcé a mi cuerpo a seguir caminando. A hacer como si nada. Pero sabía que era él, lo vi de reojo, estaba apoyado a un lado, observando en silencio.
No estaba cerca. No estaba haciendo nada. Solo… mirándome. Y aun así, sentí como si algo o alguien diera un tirón dentro, como un zarpazo adormecido.
Me enderecé, levantando la barbilla.
Si él quería mirar, que mirara. Yo no iba a mostrar debilidad.
Pero no fue Dean el único que estaba observando.
Mi padre, Eros, se había detenido a unos metros. Su mirada no estaba en el entrenamiento. Estaba en nosotros.
Primero en mí. Luego en Dean. Luego otra vez en mí.
Su ceño se frunció apenas.
Ese gesto pequeño que solo hacía cuando algo no le cuadraba. Cuando algo lo inquietaba. Cuando estaba armando un rompecabezas que nadie más había notado.
—Milena —llamó en voz firme.
Me giré de inmediato.
—¿Sí?
Sus ojos pasaron fugazmente por encima de mi hombro, hacia Dean, antes de volver a mí. No dijo nada… pero no hacía falta. Mi padre había percibido algo.
Y Dean también lo sintió.
Lo vi enderezarse, como si la presencia de Eros le pusiera la piel en alerta.
El aire entre los tres se volvió extraño. Invisible. Tenso.
Yo hice lo único que sé hacer: mantenerme firme.
—Continúa —ordenó papá, como si nada.
Asentí, aunque sabía perfectamente que ese “continúa” no era por el entrenamiento. Era su manera de observarme sin intervenir. De analizar lo que ocurría sin que yo me diera cuenta. Pero yo sí me daba cuenta.
La sensación de ser observada no me abandonó ni un segundo ese día.
No importaba cuántas veces mi padre intentara disimularlo, yo lo sentía. Su presencia detrás de cada movimiento mío, su energía rodeándome en los entrenamientos, su silencio demasiado atento. Como si cada gesto que hacía necesitara ser evaluado, como si esperara que yo… fallara.
O que alguien más se acercara demasiado.
La tensión en el aire era tan densa que podía saborearla.
Dean evitó mirarme durante casi toda la tarde, pero su esencia, su olor, su energía… seguían en mi piel. Como si algo invisible me uniera a él y tirara de mí incluso cuando intentaba ignorarlo.
Al caer la noche, no pude quedarme dentro de la cabaña.
Necesitaba aire. Espacio. Algo que no me apretara el pecho.
Trepe al techo —como había hecho desde niña— y me recosté mirando la luna. Redonda, blanca, gigantesca, observándome como si esperara una respuesta que yo aún no sabía dar.
Respiré hondo.
¿Qué quieres de mí?
Era la pregunta que llevaba noches repitiendo.
El viento sopló, frío, moviendo mi cabello hacia atrás. Cerré los ojos.
Y entonces la escuché.
Esa voz.
La misma que me había llamado aquella vez en el bosque.
La misma que me había perseguido en sueños desde entonces.
La misma que hacía que mi corazón latiera distinto.
—Aún sigues huyendo, Milena…
Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta los pies. No era un susurro humano. No venía de afuera. Venía… de dentro.
—No huyas —continuó la voz, más suave—. Acepta tu destino.
Negué lentamente, con el corazón golpeándome contra las costillas.
—¿Qué destino? —murmuré, sintiendo mi garganta cerrarse—. ¿Por qué no puedes decirme quién eres?
La luna pareció temblar en mis ojos, y de pronto el mundo a mi alrededor se volvió más liviano… más borroso… hasta que dejé de sentir el techo bajo mi espalda.
Caí.
O tal vez fui arrastrada.
Estaba en un bosque diferente. Más antiguo. Más vivo. Árboles enormes rodeaban un claro iluminado por millones de luciérnagas. Y yo… yo estaba de pie en medio de él, pero no era yo.
Mis movimientos eran seguros, como si conocieran ese lugar desde siempre.
Y frente a mí había un hombre.
Alto. Imponente. Con ojos dorados que ardían como fuego.
Sentí —con una fuerza que casi me derriba— amor.
Dolor.
Pérdida.
Un vínculo.
Él me tomó las manos, y su voz retumbó en mi pecho:
—Milena… siempre volveré a ti. No importa cuántas vidas pasen. Mi alma encontrará la tuya.
Mi respiración se cortó.
Quise hablar, pero las palabras no salieron. La visión comenzó a quebrarse en luces y sombras, como si algo o alguien intentara arrancarme de allí.
El hombre dio un paso hacia mí.
—Recuerda —susurró—. Lo que fue… será. No temas. Él te encontrará otra vez.
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Editado: 01.03.2026