Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 14

Dean

La noche cayó pesada, como si el bosque entero presintiera lo que estaba a punto de ocurrir.

La cabaña del Alfa estaba iluminada solo por un par de lámparas de aceite. No había guardias. No había ruido. Solo Rowan, Eros y yo… y una tensión tan densa que se podía cortar con un filo ciego.

Rowan estaba sentado al extremo de la mesa redonda.

Eros, a su derecha, con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.

Yo tomé asiento frente a ellos.

Nadie habló al principio.

El silencio fue la primera prueba.

Una forma de medir si yo iba a titubear.

No lo hice.

Rowan fue el primero en romperlo.

—Bien, Dean —dijo, con calma controlada—. Dijiste que había algo serio de lo que querías hablar. Estamos aquí. Dilo.

Eros no parpadeó.

Respiré hondo.

No podía empezar con Milena directamente.

No sin dejar claro que esto no era capricho, ni impulso, ni deseo momentáneo.

—Antes de... decir lo principal —comencé—, quiero que entiendan algo. No he venido aquí buscando conflicto, ni ventaja, ni presionar acuerdos entre nuestras manadas. He venido porque lo que voy a decirles no puede ocultarse más tiempo sin causar más daño.

Rowan inclinó ligeramente la cabeza, atento.

Eros no se movió ni un milímetro.

—Continúa —ordenó Rowan.

Mis manos se cerraron sobre mis rodillas.

—Desde que llegué a su territorio, algo… algo despertó en mí —dije—. Algo que creí haber perdido. Algo que pensé que no encontraría.

Eros entrecerró los ojos.

Rowan mantuvo la postura neutral, pero su pecho se elevó más profundamente.

—Sé que lo han notado —añadí, y mi mirada se cruzó con la de Eros—. La tensión. Mis silencios. Mis reacciones. Lo que no he dicho.

Eros soltó una exhalación irónica, corta.

—Notarlo es poco —respondió, con voz baja—. Te he visto mirarla.

Rowan lo fulminó con la mirada, pero no lo detuvo.

No me sobresaltó.

Ya lo sabía.

—Sí —admití—. La he mirado. Y no de la forma que un Alfa visitante debería mirar a nadie de esta manada.

El aire cambió.

Rowan apoyó los antebrazos sobre la mesa.

Eros apretó la mandíbula.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que podía oírlo en mis oídos.

—Dean —dijo Rowan con voz grave—. ¿De quién estamos hablando exactamente?

No había marcha atrás.

—De Milena —respondí.

Eros se puso rígido como una estatua de piedra.

No habló.

No respiró.

No parpadeó.

Solo se preparó para atacar.

Rowan, en cambio, cerró los ojos un segundo, como si necesitara procesarlo sin mirar a nadie.

Cuando los abrió, su voz sonó más fría.

—Explica —ordenó—. Ya.

Tragué aire.

—No es solo atracción, ni curiosidad, ni interés. Es el vínculo. Lo reconocí en cuanto la vi por primera vez…

Mi lobo también la reconoció.

Eros finalmente habló.

—¿Qué estás diciendo exactamente? —su tono era de acero—. Dilo claro, porque no tolero medias palabras cuando se trata de mi hija.

Lo miré directo, sin desviar la vista.

—Estoy diciendo que Milena es mi Luna.

El silencio golpeó como un trueno.

Eros se incorporó lentamente, las manos apoyadas sobre la mesa, los músculos tensos como si fuera a transformarse allí mismo.

—¿Estás afirmando que mi hija —escupió— es tu destinada?

—Sí.

Rowan levantó una mano, frenando a Eros sin mirarlo.

—¿Y estás seguro? —preguntó Rowan, sin agresividad… pero con una gravedad que helaba la sangre—. Porque si estás equivocándote, Dean… no estamos hablando solo de sentimientos. Estamos hablando de acuerdos, territorios, jerarquías, responsabilidades. Y de la vida de mi Beta.

—Lo sé —respondí sin vacilar—. No me equivocaría en algo así.

La reconocí en cuanto respiré su aroma.

Mi lobo también.

Y… ella reaccionó. Aunque no del todo.

Rowan analizó cada palabra.

Eros… Eros era otra historia.

La furia paterna lo había tomado por completo.

—Mi hija no es moneda de cambio, ni trofeo, ni un premio para ningún Alfa —dijo entre dientes—. Si crees que voy a dejar que te la lleves así como así…

—No quiero llevármela a la fuerza —lo interrumpí—. Pero tampoco voy a renunciar a ella.

El hilo que mantenía a Eros controlado se tensó peligrosamente.

—¿Y ella qué dice? —preguntó Rowan.

Ahí estaba la pregunta inevitable.

—Aún no lo sabe —respondí—. No se lo he dicho.

Eros golpeó la mesa con el puño.

Las lámparas temblaron.

—¿¡Entonces qué demonios estás reclamando, Dean!? —rugió—. ¿Cómo te atreves a venir aquí a decirnos que te quieres llevar a mi hija cuando ella ni siquiera lo sabe?

—Porque si espero más —respondí, firme—, mi lobo va a perder el control. Y no quiero que eso pase cerca de ella. Ni cerca de ustedes. Quiero hacerlo bien. Con respeto. Con ustedes presentes.

Rowan respiró hondo.

—Dices que no es impulsivo —murmuró—. Pero esto… esto cambia todo.

—Lo sé —admití.

Eros bajó la mirada por un instante. No era rendición.

Era cálculo.

Protección.

Miedo.

—Y si ella no te acepta —dijo con voz más baja, más humana—. ¿Qué harás?

—Lo que ella decida será ley para mí —respondí sin dudar—. No pienso forzarla. Pero tampoco voy a negar el vínculo.

Rowan intercambió una mirada rápida con Eros.

Algo pasó entre ellos.

Algo silencioso.

Algo de manada.

Finalmente, Rowan habló.

—Bien.

—Bien —eco Eros, aunque sonaba más a amenaza que a aceptación.

Rowan continuó:

—Entonces mañana… se lo dirás. Frente a nosotros. Sin juegos. Sin presión. Sin exigir nada.

Asentí.

—Y si mi hija dice que no —agregó Eros, acercándose lentamente, como un lobo midiendo a otro—… vas a salir de este territorio sin mirar atrás.

Me puse de pie.

—Si ella lo dice… así será.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.