Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 15

Milena

No dormí.

No porque no tuviera sueño, sino porque mi cuerpo simplemente no quiso.

Cada vez que cerraba los ojos sentía el eco de la mirada de mi padre, ese silencio extraño que había dejado colgando en mi habitación como si todo fuera a derrumbarse con un solo gesto.

Cuando la primera luz del amanecer se filtró por la ventana, ya estaba sentada en el borde de la cama, las botas puestas, las manos temblándome apenas.

No por miedo.

No por nervios.

Por intuición.

Algo estaba por pasar.

Y no era algo pequeño.

Me até el cabello con movimientos automáticos y bajé las escaleras intentando ignorar la presión en mi pecho. La casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa para una mañana normal.

Nada.

Me encontré a mi padre en la mesa, con los codos apoyados y las manos entrelazadas frente a la boca.

Una postura que usaba solo cuando estaba en guerra… o cuando algo lo superaba por dentro.

—Buenos días —murmuré.

Eros levantó la mirada.

No era la de siempre.

Había una sombra detrás de sus ojos, un peso que no lograba ocultar.

—Buenos días, hija —respondió, pero su voz no tenía la fuerza habitual.

Intentó sonreírme. No le salió.

Me acerqué a la mesa y me serví un poco de agua para hacer algo con las manos, para no sentir que me temblaban por dentro.

—¿Pasa algo? —pregunté con naturalidad fingida.

—No —dijo… demasiado pronto, demasiado simple.

Lo miré de frente.

Él sostuvo mi mirada un segundo… y luego desvió los ojos.

Eso nunca era buena señal.

—Papá… —murmuré—. ¿Qué está pasando?

Su pecho subió en una inhalación larga, lenta, como si buscara paciencia o fuerza o ambas.

—Hoy tendremos una reunión —respondió al fin—. Con Rowan. Y con el Alfa Dean.

Mi estómago se contrajo sin permiso.

Dean.

No lo había visto desde el entrenamiento.

Ni desde la clase de mirada inquisidora que mi padre le había lanzado todo el día.

Tragué saliva.

—¿Conmigo? —pregunté.

—Sí —dijo Eros, mirándome otra vez con esa mezcla de preocupación y algo más… ¿culpa? ¿temor?

—¿Por qué? —susurré—. ¿Hice algo? ¿Ofendí a Dean? ¿O a Rowan?

—No —respondió firme, por primera vez desde que amaneció—. No has hecho nada malo.

Pero sus ojos decían algo distinto.

Decían que había algo que él sabía y yo no.

Decían que no quería que llegara la mañana y, sin embargo, no podía evitarla.

Tomó aire, como si quisiera decirme algo más, pero luego negó con la cabeza y se puso de pie.

—Milena… —dijo con voz baja—. Hoy solo quiero que escuches. Todo lo demás… lo hablaremos después.

Después.

La palabra cayó en mi pecho como una piedra.

Eros pasó junto a mí y, por un instante, apoyó una mano en mi hombro. Un gesto extraño en él, demasiado suave, demasiado… triste.

—Estaré contigo —murmuró antes de salir.

Yo me quedé sola en la cocina.

Con un nudo en la garganta.

Con el corazón acelerado.

Con una certeza que no sabía explicar:

Algo va a cambiar hoy.

Algo grande.

Algo que no voy a poder detener.

Me quedé mirando la puerta por la que mi padre acababa de salir, sin atreverme aún a respirar hondo.

Porque, por primera vez desde que nací bajo esta manada…

sentí miedo no de lo que vendría, sino de lo que ya estaba ocurriendo.

Dean

No dormí.

Ni un segundo.

La noche pasó arrastrándose como un animal herido, respirándome en la nuca con cada pensamiento que intenté callar.

Milena.

El amanecer.

La verdad.

Su padre.

Rowan.

Y yo, preparándome para decirle al destino: “Aquí estoy”.

Me levanté antes de que el cielo comenzara a aclarar. El aire estaba helado, cargado de humedad, como si el bosque entero estuviera conteniendo la respiración. Me lavé la cara con agua fría, más por necesidad que por costumbre; necesitaba estar despierto, lúcido, firme.

No podía fallar.

No podía temblar.

No podía permitir que la duda entrara.

Mi lobo estaba inquieto, dando vueltas dentro de mí como si también sintiera que estaba a punto de perderlo todo… o ganarlo todo.

“Es ella.”

Su voz retumbaba en mi cabeza desde la noche en que llegué.

“Si la pierdes, morimos.”

No era literal.

Pero lo sentía así.

Me até el cabello hacia atrás, dejándolo en una coleta baja. Me puse la camisa negra, la que no usaba para reuniones diplomáticas, sino para entrar en territorio desconocido con la cabeza en alto y la postura de un Alfa.

Hoy no venía a intimidar.

Pero tampoco a esconderme.

Cuando salí de la cabaña, el cielo apenas empezaba a aclararse. Las primeras luces del amanecer teñían el bosque de un gris azulado. Caminé hacia el claro donde Rowan había indicado que nos veríamos.

Cada paso hacía latir mi corazón más fuerte.

La tierra estaba húmeda.

Los pájaros aún no cantaban.

El viento olía a tensión, a espera… a ella.

Y entonces los vi.

Rowan de pie, con las manos a la espalda y el rostro impasible.

Eros, un poco más atrás, con la postura de un lobo que no piensa permitir un solo movimiento errado.

Sus ojos me examinaban como si estuvieran midiendo cómo iba a reaccionar ante mi propia muerte.

Cuando me acerqué, Rowan fue el primero en hablar.

—Llegaste temprano.

—No podía quedarme quieto —respondí.

Eros soltó un resoplido apenas audible. Algo entre burla y advertencia.

Rowan asintió una sola vez.

—Bien. Milena está despertando. Vendrá en cualquier momento.

Mi pulso cambió.

Mi respiración también.

Mi lobo empujó con fuerza, queriendo salir, queriendo verla, queriendo marcarla ahí mismo como si todo esto fuera un ritual instintivo de nuestra especie.




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