Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 16

MILENA

El mundo dejó de moverse por un segundo.

No por el amanecer dorando el claro.

No por la presencia de Rowan como un muro de juicio.

Ni siquiera por mi padre, cuya tensión era tan fuerte que podía sentirla como un aura de acero a mi alrededor.

Fue por él.

Por Dean.

Por sus palabras.

Por la maldita verdad que dejó caer como si fuera una espada en medio del círculo.

“Tú eres mi Luna.”

Mi Luna.

Mi destinada.

Sentí el impacto en el pecho como si algo dentro de mí hubiera estado esperando ese golpe desde hacía mucho… pero se negaba a admitirlo.

Retrocedí un paso sin pensarlo.

El suelo estaba firme. Yo no.

Mi padre dio un medio paso hacia adelante, instintivo, protector.

Rowan levantó apenas la mano y Eros se quedó quieto… pero yo podía sentirlo hervir detrás de mí.

Pero nadie habló.

Todos esperaban lo que yo diría.

Y eso me enfureció más que todo lo demás.

Mi voz salió más fría de lo que pretendía:

—Pero… ¿por qué no lo dijiste antes? —mi propia pregunta sonó rota, y odié eso— ¿Por qué dejaste que lo escuchara así… sin explicación? ¿Por qué te callaste después?

Dean me miró como si yo fuera la única cosa viva en el mundo.

Demasiado intenso. Demasiado sincero.

Demasiado… peligroso.

—Porque no sabía si estabas lista —respondió él.

Quise reír. O gritar.

Lista, era obvio que no iba ni voy a estar lista.

—No quiero que lo aceptes por obligación. —esa frase sonó tan sincera.

Mi padre respiró hondo, como si esas palabras hubieran perforado algo dentro de él.

Yo… no sabía qué sentir.

Miré a Dean, incapaz de sostener más la intensidad en sus ojos.

Pero al apartar la vista, mi lobo —o lo que fuera que aún dormía dentro de mí— hizo un leve tirón en el pecho.

¿Molestia? ¿Reacción? ¿Instinto?

No lo sabía.

No quería saberlo.

Respiré hondo, tratando de ordenar la tormenta en mi cabeza.

Desde el primer día, algo en él me había inquietado.

Ese día en el claro, cuando su lobo habló cuando gruño esa palabra.

La noche de la fiesta, cuando dijo “mi Luna” y yo fingí que esas palabras no habían removido algo dentro de mi, cuando fingí qué el lazo no empezó forjarse entre nosotros, porque no tenía idea de qué hacer con eso.

Si me preguntaran si lo reconozco como mi mate diría que no, porque no tengo a mi loba que lo reconozca como tal, pero en el fondo se que si es mi destinado.

Porque cada vez que su mirada chocaba con la mía… mi pecho hacía cosas raras que yo ignoraba a propósito.

Pero esto.

Esto ya no podía ignorarlo.

—Dean… yo… —murmuré, odiando lo vulnerable que soñaba—. Necesito entender. Necesito… tiempo.

Dean asintió al instante, como si aceptar mis límites fuera tan natural como respirar.

—Lo sé. Y lo tendrás —dijo.

Mi padre soltó un gruñido suave.

Rowan entrecerró los ojos.

Yo levanté la cabeza, obligándome a recuperar algo de control.

—No estoy diciendo que sí —aclaré, firme como una hoja de acero templado—. Pero tampoco voy a salir corriendo. Esto… —tragué— necesito entenderlo.

Dean bajó la mirada un segundo, como si esas palabras fueran más de lo que esperaba recibir.

Yo inspiré de nuevo, buscando el aire que de pronto parecía escaso.

Sentía todas las miradas encima.

A mi padre vigilando cada gesto.

A Rowan, analizando como si estuviera evaluando un riesgo diplomático.

Y a Dean… sintiéndome, leyéndome, con esa condenada paciencia que me hacía querer gritar y acercarme al mismo tiempo.

—Quiero hablar contigo —dije finalmente—. Pero sola.

Mi padre tensó la mandíbula.

Rowan lo tocó en el brazo, apenas, un gesto de calma entre líderes.

Dean dio un paso atrás, respetuoso, dejando espacio.

—Cuando tú digas —respondió.

Pero yo no hablaba de ahora.

No podía.

No con las emociones revueltas, no con la mirada de mi padre pesando sobre mí, no con mi pecho latiendo como si algo dentro intentara despertar.

—Será más tarde —dije.

Eros asintió una sola vez.

Rowan también.

Yo di media vuelta.

Sabía que todos me estaban mirando.

Pero por primera vez… no sabía quién me daba más miedo.

Mi destino.

O yo misma.

Me alejé sin mirar atrás. Necesitaba espacio, una bocanada de calma que me permitiera entender qué demonios me pasaba por dentro. Cada paso que daba sobre las hojas húmedas hacía más ruido del que debería, como si el bosque estuviera empeñado en recordarme que no podía escapar de lo que sentía.

Porque sí, algo se había movido en mí. Algo grande. Algo que no sabía si quería aceptar.

El aire estaba distinto. Más denso. Más… vivo.

Me detuve cuando sentí ese cosquilleo en la nuca. Creí que era solo mi respiración agitada, mi corazón queriendo salirse del pecho. Pero entonces lo escuché.

Un susurro.

Muy suave.

Muy claro.

—Milena…

Mi cuerpo entero se tensó.

—¿Quién? —pregunté, aunque la pregunta sonó inútil incluso para mí. Porque lo sabía. Lo sabía desde el primer segundo.

—Soy yo.

La voz se deslizó por mi mente como una caricia cálida.

Profunda. Tranquila.

Familiar de una forma imposible.

—Tu loba.

El aire se me escapó de los pulmones. Sentí las rodillas aflojarse.

—No… nunca te había escuchado —murmuré, con el corazón desbocado.

—Porque nunca habías estado lista.

Un leve dejo de sonrisa vibró dentro de mí.

—Pero ahora lo estás. Él te despertó. Él nos despertó.

Me llevé una mano al pecho, tratando de ordenar ese torbellino que me golpeaba desde dentro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.