Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 17

DEAN

Cuando ella giró y comenzó a alejarse, algo en mi pecho se tensó tanto que pensé que iba a desmoronarse.

No era dolor.

No exactamente.

Era… una presión.

Una especie de vacío que solo podía sentir alguien cuyo destino había decidido adelantarse sin pedir permiso.

Su aroma se alejaba.

Se hacía más suave.

Más distante.

Y mi lobo… gruñó.

No para perseguirla.

No para marcarla.

Sino porque no entendía por qué la dejaba ir cuando cada fibra de mi cuerpo me pedía lo contrario.

—“Calma.”

Le ordené mentalmente.

Pero hasta yo escuché el temblor en esa palabra.

Rowan respiró hondo a mi lado, como si llevara horas esperando ese instante.

Eros… Eros era otra historia.

Lo miré apenas cuando Milena desapareció entre los arboles.

La expresión de su padre era una amenaza contenida, una tormenta silenciosa que me decía algo muy claro:

No te atrevas a mover un pie tras mi hija.

No ahora.

No delante de mí.

No lo culpaba.

En su lugar, yo habría reaccionado igual… o peor.

Pero aun así, mi lobo se enderezó, imponente, preparado, como si quisiera recordarle al Beta que yo no era un cachorro al que podía intimidar.

Rowan dio un paso hacia mí.

—Dean —murmuró, apenas audible para quienes no fueran Alfa—. Respira. Contén el impulso. No estás en tu territorio… y ella tampoco está lista.

No era un reproche.

Era una advertencia de alfa a alfa.

Una que, como marcaba la tradición, tenía que respetar.

Lo hice, aunque no sirvió de mucho.

Mi corazón seguía golpeando fuerte, rebelde, como si acabara de perder algo que nunca tuve y que, aun así… me pertenecía.

Eros fue el primero en hablar.

Su voz no fue un rugido, pero podría haberlo sido.

Era baja, grave, peligrosa.

—Si la lastimas, tendrás un problema conmigo. Y no hablo solo como su padre.

Lo observé.

No bajé la mirada.

Nunca lo haría.

—No planeo lastimarla.

—El destino no siempre planea —respondió él con un filo helado—. A veces arrasa.

Su lobo estaba tan cerca de la superficie que pude sentirlo.

No miedo.

Nunca eso.

Pero sí un instinto protector que rivalizaba con el mío.

En otro contexto, nos habríamos lanzado al cuello del otro solo por existir en el mismo espacio con las emociones así de tensas.

Rowan intervino antes de que la tensión escalara.

—Eros, ya está —dijo en tono conciliador—. Milena pidió espacio. Y Dean se lo dio.

Eros desvió la vista hacia el bosque donde desapareció su hija, luego volvió a mí como si evaluara si era suficiente.

—Más te vale seguir haciéndolo —gruñó.

Mi mandíbula se apretó, pero asentí.

No podía discutir eso.

No después de ver cómo temblaba la respiración de Milena.

Cómo se le incendiaban los ojos.

Cómo su lobo trataba de nacer en cada mirada.

Ella necesitaba espacio, sí.

Pero yo también necesitaba entender qué demonios estaba despertando en mí.

Rowan esperó a que Eros se alejara unos pasos.

Entonces me habló más directo, más sincero que como lo haría cualquier Alfa con otro.

—¿Estás seguro de que puedes con esto?

No evité la verdad.

—No —respondí.

Rowan no pareció sorprendido.

—Pero tampoco puedo apartarme —continué, con el mismo temple que uso en batalla—. No después de sentirla. No después de verlo en sus ojos.

Rowan cruzó los brazos.

—¿Reconoces el vínculo?

Mi lobo levantó la cabeza desde dentro, respondiendo antes que yo.

“Ella.”

—Sí —admití finalmente—. No completamente aún… pero sí.

Rowan soltó un suspiro largo, como quien entiende que está frente a un problema mayor de lo que imaginaba.

—Entonces será mejor que tengas cuidado. Con ella… —hizo una pausa— y con su padre.

Observé la dirección en la que Milena había desaparecido.

Mi pecho dolía.

Era estúpido admitirlo, pero dolía.

Como si la distancia física entre nosotros tensara un hilo invisible que no sabía que tenía unido al centro de mi alma.

—La dejaré ir por ahora —murmuré.

—Por ahora —Rowan repitió, como si la frase llevara más peso del que parecía.

No negué lo evidente.

Mis dedos se cerraron en puño.

Mi respiración volvió a agitarse.

Mi lobo empujó contra mi control, queriendo buscarla aunque fuera solo para asegurarse de que estaba bien.

Pero no lo hice.

Porque ella había dicho “más tarde”.

Porque respetarla… era la única forma de no perderla antes de tiempo.

Finalmente, Rowan me dio una palmada en el hombro.

—Entonces vete a tu cabaña. Enciérrate. Y piensa en lo que vas a decirle cuando sea ese momento.

Tragué, sintiendo el peso de todo lo que había callado.

—Ya lo estoy pensando —admití.

Rowan arqueó una ceja.

—¿Y?

Lo miré, la mirada ardiente.

—Que cuando llegue ese momento, no voy a mentirle.

Ni a ella.

Ni a su destino.

Ni al mío.

Rowan no dijo nada.

Solo asintió una vez, solemne.

Y yo…

yo me fui con el olor de Milena aún clavado en mis sentidos.

Con su voz repitiéndose en mi cabeza.

Con un vínculo naciendo aunque ella aún no pudiera verlo.

Y con una certeza brutal:

Cuando volviera a verla —más tarde, tal y como pidió—

no sería un Alfa.

No sería un rival para su padre.

No sería un diplomático para Rowan.

Sería un hombre frente a su destino.

Frente a su Luna.

Frente a ella.

Caminé directo a la cabaña cada paso marcaba lo que había pasado y marcaba el deseo contenido de ir tras ella.

Entre a la cabaña. La puerta se cerró detrás de mí con un golpe que fue más fuerte de lo que pretendía.

La cabaña olía a madera, a polvo, a soledad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.