Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 20

DEAN

Eros me observó unos segundos más, como si midiera cada línea de mi postura, cada sombra detrás de mis palabras.

Luego, con un leve movimiento de cabeza —del tipo que no se ofrece, se ordena— habló:

—Ven a la casa. —No era invitación. Era mandato—. Debes presentarte ante mi familia… y comunicarles lo que viene.

Mi lobo dejó de moverse.

Asher comprendió la magnitud del momento.

“Vamos a entrar en su territorio íntimo… en su hogar.”

Y yo asentí.

—Cuando quieras —respondí, formal.

—Ahora —sentenció Eros.

No hubo más palabras.

Rowan hizo un pequeño gesto a su esposa —quien había llegado sin que yo la escuchara— para que acompañara a Milena.

Aiden se mantenía cerca de ella también, con esa mezcla absurda entre lealtad y tensión que aún no sabía si era molestia, dolor… o miedo por perderla.

Caminamos hacia la casa del Beta como un cortejo contenido.

Milena iba entre la Luna y Rowan, y aun así, cada pocos pasos mis sentidos se enfocaban en ella.

Como si el mundo cambiara de color dependiendo de dónde estaba.

El hogar de Eros era amplio, sólido, construido como una fortaleza útil para proteger una familia marcada por el honor y la responsabilidad.

Cuando entramos, el olor a leña y hierbas llenó mis pulmones.

Viejo, cálido, profundamente de manada.

Pero lo que más me llamó la atención no fueron las paredes ni el espacio.

Fue ella.

La madre de Milena estaba junto a la mesa, girando ligeramente la cabeza como si hubiera escuchado pasos—pero lo que realmente la congeló no fuimos nosotros.

Fue quiénes entraban detrás de mí.

Primero Rowan.

Imponente, silencioso, con la energía de un Alfa que no necesita exhibirse para dominar un lugar.

Luego su Luna… con esa presencia suave y a la vez tan firme que hacía que todo en la habitación pareciera inclinarse hacia ella.

Y, por último, yo.

La madre de Milena parpadeó una vez.

Dos.

Sus manos, que estaban ocupadas ordenando unas vasijas de barro, se quedaron suspendidas en el aire.

—Rowan… luna Marienne… —su voz tembló apenas— no esperaba… esto.

Era la forma más educada posible de decir ¿qué demonios hace el Alfa, la Luna y otro Alfa entrando todos juntos a mi casa?.

Rowan inclinó la cabeza con un respeto que pocos recibían de él.

—No estamos aquí por formalidad —dijo con suavidad.

La Luna Marienne dio un paso adelante, su sonrisa cálida, serena, casi maternal.

—Estamos aquí por tu hija —añadió.

La tensión atravesó a la mujer como un rayo.

Sus ojos volaron hacia Milena, que avanzaba detrás de ellos.

Y entonces me miró a mí.

Y entendió.

No necesitó que nadie le explicara.

Sus labios se entreabrieron en un gesto que no supe si era sorpresa, orgullo… o miedo de madre que sabe que acaba de perder algo y ganar otra cosa a la vez.

—Alfa Dean… en mi casa —susurró casi sin aire, como si la imagen no encajara con su mundo habitual—. Esto… esto es importante, ¿verdad?

—Sí —respondí sin apartar la mirada—. Mucho más de lo que imaginas.

Ella apretó los dedos contra su falda, respirando hondo.

Su hija estaba cruzando un umbral invisible, y lo sabía.

Eros avanzó entonces, colocándose a mi lado como un guardián que estaba a punto de entregar un tesoro invaluable… pero no sin asegurarse de que el receptor fuera digno.

—Amara —dijo él, su voz grave—. Habrá una reunión familiar. Siéntate.

La mujer obedeció, aunque sus ojos no dejaban de saltar entre su hija, Rowan, su Luna… y yo.

La sala comenzó a llenarse.

Lukas descendió de las escaleras con el ceño fruncido, con expresión tensa: el futuro beta, el hermano protector, el que estaba a punto de perder y ganar a la vez.

Aiden entró último, tensando la mandíbula al verme ocupar el centro de la habitación.

Y en ese instante, antes de que cualquier palabra formal se dijera…

Yo sentí la magnitud de lo que estaba a punto de declararse.

Un Alfa de otra manada.

La heredera del Beta.

Una decisión que cambiaría destinos, linajes, alianzas.

La madre de Milena tragó saliva y murmuró, apenas audible:

—¿Qué… qué hizo Milena? —Su mirada iba directo a su hija, casi suplicante—. ¿Fue algo grave esta vez?

El silencio cayó como una manta pesada.

Milena parpadeó, sorprendida… dolida.

Rowan abrió la boca para intervenir, pero Eros levantó una mano para que nadie hablara todavía.

Yo inhalé suavemente, midiendo la reacción.

Era evidente que esa mujer estaba acostumbrada a preocuparse por su hija. A temer por lo que pudiera haber hecho… o lo que otros pudieran hacerle cargar.

Eros habló entonces, firme:

—No ha hecho nada malo, Amara.

La mujer dejó escapar el aire, pero siguió mirándome como si yo fuera el portador de una noticia que podía quebrar su mundo.

—Entonces… —su voz tembló un poco—. ¿Por qué está aquí el Alfa Rowan? ¿La Luna? ¿Y… él? —Sus ojos se clavaron en mí, inquietos—. ¿Por qué un Alfa de otra manada está en mi casa? ¿Qué pasó con mi hija?

Sentí la tensión de Milena elevarse detrás de Rowan y la Luna.

Mi lobo alzó la cabeza, atento, protector.

Era el momento de hablar.

De enfrentar a la familia que había criado a la mujer que sería mi pareja.

Di un paso adelante.

Lukas gruñó bajo.

Aiden también.

Pero no me detuve.

—Amara —comencé, con voz grave pero controlada—. Nada de lo que ocurre hoy es culpa de Milena. Al contrario… ella ha tomado una decisión importante. Una que afecta a ambos, a mi manada… y a la suya.

La madre frunció el ceño, confundida, temerosa.

—¿Qué decisión?

Miré a Milena.

Ella me sostuvo la mirada sin parpadear, con ese valor suave que solo ella posee.

Sentí que Asher empujaba desde dentro.




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