Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 21

MILENA

Todavía sentía el eco de sus palabras en mi pecho.

Dean había hablado con una seguridad… con una promesa… que casi me dejó sin aire.

“Honraré este pacto con la vida si es necesario.”

Esa frase no se me iba de la cabeza.

Mientras todos en la sala murmuraban, asentían, discutían con miradas o intentaban recomponer su expresión…

yo solo lo miraba a él.

Y lo que sentía era… demasiado.

Demasiado grande.

Demasiado profundo.

Demasiado rápido.

Mi corazón latía alto, insistente, como si quisiera asegurarse de que yo siguiera escuchándolo.

Mi loba y digo mi loba porque se que es ella hablo.

—Él habla como quien ama —murmuró, suave, orgullosa—. Como quien elige.

Yo tragué.

Era verdad.

Dean había hablado como un Alfa… sí.

Pero también como algo más.

Como alguien que veía más allá de lo que yo era hoy.

Veía lo que podía ser a su lado.

Y eso me aterraba y me atraía en la misma medida.

Me senté en el sillón junto a mi madre. Ella me tomó las manos como si pudiera perderme entre parpadeos.

—¿Estás bien? —susurró, temblorosa.

No supe qué responder.

Porque sí… y no.

Sentía una mezcla absurda entre miedo, alivio, vértigo… y una calma profunda que venía de Asher —del lobo de Dean— que seguía observándome con esa devoción silenciosa, ese hambre contenida que no buscaba lastimar, sino proteger.

Mi loba ronroneó en lo más profundo.

—Nos quiere completas… no rotas.

Y esa frase me perforó.

Lukas me veía con esos ojos de hermano mayor que evaluaban si yo me estaba destrozando a mí misma.

Aiden no podía ni levantar la mirada.

Mi padre estaba rígido, como si cada fibra de su cuerpo contuviera un rugido.

Y aun así…

A pesar de todo eso…

Cuando Dean habló de mí… de nosotros… de lo que él pensaba que sería mi lugar en su vida, en su manada… yo sentí algo dentro de mí alinearse.

Como si hubiera pasado toda mi vida caminando con un peso invisible y ahora, por primera vez, alguien lo hubiera quitado de mis hombros sin pedirme permiso, pero sin dañarme.

“Yo no quiero tu cuerpo.

Quiero tu alma.

Quiero todo de ti.

Pero solo si tú lo eliges.”

La elección.

Era eso.

No me estaba arrebatando nada.

Me estaba ofreciendo algo.

Grande.

Irreversible.

Real.

Mi loba me habló, más segura que nunca:

—Elegirlo es elegirnos.

No es perder tu vida, Milena.

Es empezar otra.

Respiré hondo.

Miré a Dean.

Él no me presionaba.

No intentaba acercarse más.

No intentaba marcar territorio en una sala llena de potenciales rivales.

Solo estaba ahí.

Esperándome.

Con esa paciencia que me encendía y me desarmaba.

Y entonces lo supe.

Tal vez no estaba lista para ser marcada.

Tal vez mi loba todavía necesitaba despertar por completo.

Pero sí estaba lista para caminar hacia él.

Para cruzar ese umbral que tanto había temido.

Para irme con él.

Para empezar algo que podía cambiarlo todo.

Y eso… eso me hacía temblar.

Pero no de miedo.

De destino.

Mamá fue la primera en romper el silencio cuando nos invitó a todos a pasar a la mesa.

Pero el silencio reinó nuevamente, la mesa estaba demasiado silenciosa.

Demasiado.

Las cucharas tocaban los platos, el fuego crepitaba en la chimenea, y aun así… era como si todos contuvieran el aliento.

Mi madre servía más pan, más carne, más de todo, porque cuando no entiende algo… cocina.

Rowan hablaba en voz baja con su Luna, pero sus ojos nos vigilaban a todos.

Mi padre se había sentado al lado de Dean como si así pudiera medirlo mejor.

Y Dean…

Dean estaba recto, presente, atento, pero sin invadir.

Era un Alfa sentado en un hogar que no era suyo, con la calma de alguien que sabe que no necesita demostrar nada más.

Mi loba loba hablo una vez más.

Él nos da seguridad —murmuró, casi adormecida.

Yo hubiera querido decir lo mismo.

Porque la tensión no estaba en Dean.

Ni en Rowan.

Ni en mi padre.

Estaba en todos los demás.

En Aiden, que no había probado bocado.

En mi madre, que seguía lanzándome miradas que pedían explicaciones imposibles.

Y sobre todo… en Lukas.

Mi hermano mayor.

Lukas me conocía demasiado.

Y tenía ese aire de beta en formación que no iba a callar algo simplemente porque incomodara a los presentes.

Lo vi mover el tenedor, trazar una línea en el plato y luego soltarlo con un suspiro.

Cuando levantó la mirada, su voz fue firme, directa, inevitable:

—Bueno… —dijo, observándonos a Dean y a mí— supongo que todos estamos pensando la misma pregunta pero nadie se atreve a decirla.

Mi corazón dio un salto, como si ya supiera lo que venía.

Dean lo miró con respeto.

No intimidado.

No molesto.

Solo… dispuesto.

Lukas entrecerró los ojos y finalmente la soltó:

—¿Cuándo se van?

El silencio se volvió casi físico, como una ola que chocó contra todos nosotros.

Yo me quedé helada.

No porque no supiera que venía…

sino porque escucharlo en voz alta lo hizo real.

Mi padre tensó la mandíbula.

Mi madre apretó mis dedos bajo la mesa.

Aiden cerró los ojos un instante, como si eso le doliera más de lo que admitiría jamás.

Rowan se cruzó de brazos, evaluando la diplomacia del momento.

Y entonces miré a Dean.

Sus ojos buscaron los míos antes de responder.

Como si necesitara asegurarse de que yo estaba con él… aunque fuera solo con la mirada.




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