MILENA
Cuando todos se levantaron de la mesa para ayudar a recoger o simplemente respirar después de tanta tensión, mi madre me tocó suavemente el brazo.
—Milena… ven un momento conmigo.
Su voz era dulce, pero había un tono detrás… ese tono de “no te estoy preguntando”.
El mismo que usaba cuando de niña me encontraba colgada del techo del granero intentando imitar a los guerreros de la manada.
La seguí hasta la cocina.
Ella cerró la puerta, apoyó las manos en la mesa y me miró con esos ojos que siempre han visto más de lo que digo.
—¿Estás bien, mi niña?
—Sí —respondí, aunque sonó más firme de lo esperado.
Ella bajó la mirada un instante, respirando hondo, como si buscara fuerza de algún lugar dentro de sí. Luego me sostuvo la cara entre las manos, como cuando tenía diez años y regresaba llena de barro.
—Lo dijiste con tanta seguridad… —susurró, acariciándome los pómulos—. Pero sigues siendo mi hija. Y nunca he visto a alguien tomar decisiones tan impulsivas como tú.
Me reí, suave.
Porque era verdad.
—Mamá… no fue impulsivo.
Ella arqueó una ceja. Esa ceja.
—¿Ah no? Tú, la niña que se escapó tres veces del colegio para montar a caballo, ¿no estás actuando impulsivamente?
—Esto es diferente.
Su expresión se suavizó, pero sus ojos se humedecieron.
—Mi amor… tú nunca sigues reglas. Eres fuego, eres viento. Y Dean… él es un Alfa. Su manada tendrá normas. Tendrá estructura. Tendrá jerarquías. ¿Podrás con eso?
Sentí a mi loba gruñir.
—No es cuestión de poder —dije—. Es cuestión de elegir. Y lo elegí a él.
Mi madre bajó la mirada, tragando fuerte.
No era dolor.
Era… aceptación. La cruda, lenta y difícil aceptación de una madre que sabe que su hija ya no es una niña.
—Solo… prométeme algo —susurró.
—Lo que sea.
—No pierdas tu esencia allá. No permitas que las reglas te apaguen.
Sonreí. No porque fuera fácil… sino porque era imposible que eso pasara.
—Mamá. Ni Dean podría apagarme. Ni su manada. Ni nadie.
Ella soltó una risa temblorosa, limpiándose una lágrima.
—Sí, lo sé… por eso me da tanto miedo.
En ese momento se abrió la puerta un poco, y la enorme silueta de mi padre apareció.
Sus ojos oscuros se posaron en mí primero, luego en mi madre.
—¿Interrumpo?
Mamá negó con la cabeza, aunque yo sabía que ella habría preferido más tiempo.
Mi padre entró, apoyó una mano en mi hombro. Era su manera de abrazarme sin… abrazarme realmente.
—Milena —dijo con su voz baja y firme—. Cada manada tiene sus reglas. Y cuando cruces ese territorio, serán las de ellos. No las nuestras.
Asentí, seria.
—Lo sé.
—Entonces síguelas —añadió. Y su mirada me atravesó porque… porque sabía exactamente con quién hablaba. —No hagas que Dean cargue con tus rebeliones. No allá. No al principio.
Mi madre soltó un resoplido suave, entre divertida y preocupada.
Él continuó:
—Mantenemos la paz respetando el territorio ajeno. Recuerda eso. No eres una invitada. Serás parte. Y para ser parte… hay que adaptarse.
—Lo haré —respondí.
Y por primera vez en días, mi padre sonrió.
Una sonrisa rara, pequeña, pero real.
—Eres fuerte, hija. Solo usa esa fuerza para integrarte… y no para hacer arder la casa de tu futuro alfa.
—Papá… —bufé—. Solo la quemaría si fuera absolutamente necesario.
—¡MILENA! —protestó mi madre.
Pero los tres terminamos riendo.
Por un momento… solo por un momento… todo se sintió más ligero.
Apenas salimos de la cocina, todavía con la voz de mis padres rondándome en la cabeza, sentí una presencia acercarse por detrás. Un paso firme. Otro más contenido.
Lukas.
Mi hermano alzó la mirada apenas me vio, como si hubiera estado esperando exactamente ese segundo en que yo apareciera sola.
—Milena —dijo, sin rodeos—. ¿Podemos hablar?
No era una pregunta.
Era… un ruego disfrazado de orden.
Y yo lo conocía demasiado bien para no notarlo.
Asentí y lo seguí hacia el pequeño pasillo que daba al patio. La puerta corrediza estaba entreabierta, dejando entrar un soplo de aire nocturno y el olor a pino húmedo.
Lukas cerró la puerta detrás de nosotros.
No me miró de inmediato.
Ese fue el primer indicio de que no venía a sermonearme.
Cuando finalmente lo hizo, sus ojos estaban tensos, oscuros, cargados de algo que no quería decir… pero que tampoco podía contener.
—¿Entonces… es real? —preguntó. Y su voz sonaba como si estuviera tragando piedras.
—Sí —respondí sin vacilar—. Me voy con él.
Lukas desvió la mirada hacia el suelo, apretando los puños. Su lobo estaba inquieto, lo sentía en la vibración sutil bajo su piel, en la fuerza que contenía para no golpearse la palma.
—Milena —dijo, esta vez más bajo—. Solo dime una cosa… ¿estás segura?
—Lo estoy.
Cerró los ojos un momento, como si esa afirmación lo atravesara.
Luego los abrió y dio un paso hacia mí.
—Hermana… —su voz se quebró apenas, como si fuera un secreto vergonzoso—. Yo no… no quiero perderte.
Mi pecho se apretó.
Lukas nunca mostraba fragilidad.
Era el prometido beta de la manada, el que siempre debía estar firme, estable, incuestionable.
Una parte de mí quiso abrazarlo.
La otra quería sacudirlo por ser tan terco.
—No vas a perderme —le aseguré, aunque sabía que él no hablaba solo de distancia.
—No es eso —insistió, con un gesto brusco—. Es Dean.
—¿Qué pasa con Dean?
—Que él no es de aquí. —Me clavó la mirada, dura, protectora, casi feroz—. No sé qué tipo de reglas tiene su manada, qué tipo de liderazgo ejerce, o qué espera de ti. Y no puedo… —respiró, intentando controlarse—. No puedo protegerte allá.
Su voz se quebró.
Mi hermano, el inquebrantable, se rompió un poco.
#607 en Fantasía
#349 en Personajes sobrenaturales
#3054 en Novela romántica
lobos milenarios, alfa luna mates, reencarnación pasado tragico
Editado: 01.03.2026