Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 24

DEAN

El interior de la casa del consejo olía a madera vieja, tinta y autoridad.

Las velas altas apenas temblaban, proyectando sombras que parecían evaluar cada paso que dábamos.

Cinco miembros del consejo ya nos esperaban, sentados alrededor de una mesa circular.

Sus miradas se levantaron al unísono cuando entramos.

No se sorprendieron por Rowan.

No se tensaron por Eros.

Se tensaron… por mí.

Un alfa ajeno.

Un alfa que había tocado —aunque fuera con la mirada— a una loba que no pertenecía a mi territorio.

Un alfa que, para ellos, representaba un posible conflicto.

No me incliné.

No bajé los ojos.

Pero sí mostré respeto.

—Consejo —saludé con voz firme.

La consejera más anciana, una mujer de cabellos plateados y ojos que parecían ver más allá del presente, me observó como si estuviera midiendo cada latido de mi pecho.

—Alfa Dean —respondió ella, sin un atisbo de sonrisas—. Te esperábamos… aunque no en este contexto.

Rowan se adelantó sin esperar invitación formal.

—Consejo —saludó con fuerza—. Estamos aquí para oficializar la decisión de Milena Erosdóttir: ella se unirá a la manada del Alfa Dean.

Hubo un murmullo inmediato.

No de rechazo, sino de impacto.

Eros no se movió.

Pero la tensión en su mandíbula era un recordatorio de lo que estaba entregando: no a una guerrera, no a una hija de Beta…

A su hija.

La consejera de ojos plateados me observó un largo segundo.

—Alfa Dean —me dijo, sin rodeos—. La decisión de Milena ya nos fue comunicada. Sin embargo, protocolarmente debes estar presente para confirmar tu posición… y para escuchar las implicaciones políticas de su elección.

Asher empujó desde mi interior, orgulloso.

Yo mantuve la calma.

—Respaldaré su decisión con todo lo que soy —respondí.

El anciano a su lado, de voz rasposa, apoyó los codos sobre la mesa.

—Una loba nacida en este territorio, hija del Beta, centinela entrenada… no es un movimiento menor.

Su partida cambiará protocolos, alianzas y protecciones espirituales.

Rowan intervino:

—La decisión es de Milena. Y no será cuestionada.

Lo que estamos aquí para acordar es cómo se hará la transición… y cómo quedarán protegidas ambas manadas ante este cambio.

Las miradas se dirigieron de nuevo a mí.

No había odio.

No había desconfianza abierta.

Había… evaluación.

Cálculo.

Y un respeto que estaban decidiendo si otorgarme o no.

Eros cruzó los brazos y habló por primera vez:

—Mi hija no es un objeto ni un territorio que pueda pertenecer. Ella no será moneda política ni un puente obligado. No toleraré que la traten como una pieza a mover. Si se va con Dean, será por vínculo… no por obligación ni exigencia territorial.

Su voz fue una amenaza contenida.

—Y así será —respondí sin titubear—. Milena no será mi sombra. Será mi igual.

Uno de los consejeros, un hombre de mirada dura y postura demasiado erguida, me observó con recelo.

—Los vínculos entre manadas no son simples. Tu manada es fuerte, Dean… pero uniones así generan obligaciones, rutas políticas, posibles enfrentamientos. Si aceptamos esto, aceptamos que Milena podría abandonar este territorio.

Asher gruñó por dentro, pero lo dominé.

—Como ya lo dije ante la familia de mi luna, no deseo arrancarla de su hogar —dije, claro—. Ella decidió venir conmigo… por lo tanto la protegeré. Con mi vida. Mi manada la recibirá. La honrar. Le dará un lugar, no una prisión.

Silencio.

Luego el anciano del lado derecho golpeó suavemente la mesa.

—Necesitamos deliberar.

Eso generó un silencio diferente.

No de tensión.

De reconocimiento.

La consejera de los ojos plateados me miró directo a los míos.

—Dean —dijo, firme—. Espera afuera.

Te llamaré cuando el decreto esté preparado para ser firmado.

No era un rechazo.

Era protocolo.

Eros sostuvo mi mirada, severo, pero con algo nuevo al fondo.

Aceptación.

Dolor.

Orgullo.

Y una advertencia silenciosa:

“Haz esto bien.”

Incliné la cabeza en un gesto respetuoso hacia ambos alfas y salí sin romper el contacto visual.

La puerta se cerró detrás de mí, dejando adentro el destino político de lo que Milena y yo habíamos iniciado.

Asher se movió inquieto bajo mi piel.

—Tranquilo —murmuré internamente—. Ella nos eligió.

—Entonces no falles —respondió él.

Pasaron horas, hasta que finalmente escuché pasos firmes acercarse.

Rowan salió del edificio del consejo cuando ya era casi medianoche.

La luna estaba alta, fría, y el silencio del bosque pesaba como si también estuviera esperando una sentencia.

Yo seguía sentado en los escalones de piedra, con el aire helado ardiendo en mis pulmones y Asher moviéndose inquieto bajo mi piel.

Rowan no habló de inmediato.

Cerró la puerta con un gesto lento, respiró hondo…

y solo entonces me miró.

—Dean —dijo finalmente—. El consejo ya entregó su veredicto.

Me puse de pie.

Asher tensó todo mi cuerpo desde dentro.

Rowan avanzó hasta quedar frente a mí, tan cerca que podía sentir la energía alfa que aún vibraba en él.

La deliberación había sido larga, dura… y no trivial.

—La unión es permitida —informó—. Pero no sin condiciones.

No me sorprendió.

Nada que involucrara mover a una mujer clave de una manada era simple, y Milena no era cualquiera.

—¿Cuáles son? —pregunté.

Rowan entrecerró los ojos, midiendo mi reacción antes de hablar.

—Primero: tu manada deberá enviar un documento firmado por tu Consejo de Ancianos confirmando que Milena será reconocida oficialmente como futura Luna. No como invitada. No como aliada temporal. Como tu igual.




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