Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 25

MILENA

La puerta se cerró detrás de ellos y el silencio que quedó no fue silencio.

Fue un peso.

Un temblor en el aire.

Un “ya no hay vuelta atrás”.

Mi madre fue la primera en moverse.

—Ven, hija —dijo con esa voz que usaba cuando quería sonar firme, pero no podía ocultar que tenía las manos heladas.

Marienne, la Luna, permaneció a mi lado con una calma que casi me molestaba.

Esa calma que solo tienen las mujeres que ya sobrevivieron al destino.

Subimos a mi habitación, y cada escalón parecía marcar un antes y un después.

Cuando cerré la puerta, mi madre soltó el aire en un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Estás… bien? —preguntó. No «¿qué hiciste?». No «¿por qué?». Solo eso. ¿Estás bien?

Yo asentí.

Pero no era verdad.

No podía describir lo que sentía.

Era demasiado grande.

Demasiado… real.

Marienne se acercó sin pedir permiso, y sus ojos —tan serenos, tan llenos de Luna— me observaron con una profundidad que casi me obligó a mirar al suelo.

—Tu camino cambió esta noche —dijo suavemente—. Y tú lo sabes.

Tragué saliva.

—Yo… lo elegí —logré decir, aunque mi voz sonó más vulnerable de lo que quería mostrar.

Mi madre me tomó el rostro entre las manos, como cuando era niña y volvía con las rodillas raspadas.

—Milena, hija mía… esto no es un viaje. No es una visita. Es irte. Es dejar tu hogar.

Sus ojos brillaron, pero no dejó caer la lágrima. Mi madre nunca llora delante de nadie.

—Lo sé, mamá… —susurré.

Y por primera vez esa noche, lo sentí en el pecho.

Lo real.

Lo irreversible.

Lo enorme.

Marienne se acercó un paso más.

—La Luna te está llamando. No todas tienen ese honor… ni ese peso. Tienes que prepararte. Para mañana. Para lo que viene. Para él.

Un escalofrío me recorrió.

Mi loba susurro

—Vamos con él. Él es nuestro.

Mi madre se giró hacia el pequeño baúl a los pies de mi cama.

Lo abrió con manos lentas, cuidadosas.

Ahí guardaba las cosas importantes: ropa ceremonial, recuerdos, un par de joyas de la familia.

Sacó un vestido sencillo, blanco, casi ritual.

Me lo extendió.

—Mañana, al amanecer, debes presentarte así para el anuncio. —Su voz se quebró apenas—. Para que la manada vea que vas segura… aunque tengas miedo.

Me apreté el pecho.

—Tengo miedo —admití en un susurro que no controlé.

Marienne me levantó la barbilla.

—El miedo no te quita el destino, Milena. Solo te recuerda que eres humana antes de ser loba. Y eso… es lo que te hará fuerte.

Me senté en la cama, sintiéndome de repente más pequeña que nunca, con el vestido ceremonial sobre mis piernas.

Mi madre se sentó a mi lado.

Marienne quedó de pie, vigilante, como una guardiana de algo sagrado.

Y por primera vez desde que acepté seguir a Dean… sentí el temblor dulce y aterrador de un futuro que ya estaba andando sin esperar que yo lo alcanzara.

Cerré los ojos.

Mi loba habló, clara como nunca antes:

—Prepárate… Luna mía. Mañana empieza todo.

✿ ✿ ✿ ✿

La casa estaba en silencio.

Mi madre se había ido a su habitación.

Marienne también, después de dejarme una última mirada que decía descansa, aunque no puedas.

Cerré la puerta de mi cuarto y me quedé sola.

O eso era lo que debería sentir.

Pero no estaba sola.

Mi loba estaba allí, como un latido que no sabía todavía si pertenecía a mi cuerpo… o a algo más grande.

Me acosté en la cama, todavía con el vestido ceremonial doblado a un lado, y miré el techo como si pudiera encontrar respuestas entre las sombras.

Mi respiración era un vaivén inquieto.

Mi corazón, un tambor.

Mi mente… un torbellino.

Y ella.

Ella, la presencia tibia en el fondo de mi alma.

—¿Estás despierta? —susurré en la oscuridad.

El silencio me respondió primero.

Pensé que había imaginado todo, que tal vez estaba demasiado agotada, que la emoción del día me había hecho escuchar cosas que no existían.

Pero entonces…

Un eco suave, como un suspiro dentro de mi pecho:

—Sí…

Mi piel se erizó.

—¿Desde cuándo puedes… hablarme así?

La respuesta tardó.

No porque no quisiera hablar, sino porque no sabía cómo.

—Te… escucho. No… siempre. Pero… hoy sí.

Era torpe. Fragmentada.

Pero era mi loba.

Mi otra mitad.

Me giré de lado, abrazando la almohada.

No sabía si reír, llorar o agradecerle a la Luna.

—Si estás despierta —susurré—… aunque sea un poco… entonces dime. ¿Cómo te llamas?

El silencio se hizo largo.

Muy largo.

Quizá demasiado.

Pensé que no respondería.

Que pedirle eso sería adelantarnos a un vínculo que aún no habíamos consolidado.

Pero cuando estaba a punto de rendirme, sentí un estremecimiento cálido recorrerme desde el pecho hasta la columna.

Y una voz, más firme que antes, más presente:

—Nahara.

Mi respiración se detuvo.

—¿Nahara…? —repetí, probando el nombre con la lengua, como si fuera sagrado.

—Yo… Soy Nahara.

Sentí lágrimas acumularse sin querer.

Porque ese nombre no era solo un nombre.

Era un despertar.

Era un destino.

Era la otra mitad de la decisión que ya había tomado.

—Nahara —susurré, hundiendo los dedos en la sábana—. ¿Estoy haciendo lo correcto?

La respuesta no llegó como palabras.

Llegó como una oleada suave, envolvente, casi maternal.

Una certeza.

Un “sí” sin sonido.

Un “confía”.

Un “él es nuestro”.




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