Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 28

MILENA

Dean me preguntó si estaba bien.

La pregunta más simple.

Y la más imposible de responder.

La manada empezaba a dispersarse, pero yo seguía escuchando los murmullos como si todos siguieran aquí.

Como si el aire todavía estuviera lleno de manos que querían alcanzarme… o detenerme.

Respiré hondo.

Sentí mi pecho subir, temblar… soltarse.

Y lo miré.

Directo a los ojos.

A ese Alfa que acababa de firmar un decreto que me marcaba incluso antes que su mordida.

—No sé si estoy bien —dije al fin.

Mi voz salió baja. No rota. No temerosa.

Sólo verdadera.

—No sé si estoy lista… o si alguien alguna vez está lista para algo así.

Dean no se movió.

No me tocó.

No invadió el espacio.

Solo esperó.

Eso me obligó a seguir.

—Mi familia está aquí —susurré—. Mi vida entera también. Cada rincón de este bosque… tiene algo de mí.

Mis dedos rozaron un tronco cercano, como si necesitara tocarlo por última vez.

—Y aun así —tragué saliva—… cuando te vi ahí, frente a todos, diciendo mi nombre… diciendo que serías mi guardián…

Mis ojos ardieron.

Pero no lloré.

No frente a él.

—Sentí que… no estaba perdiendo algo —mi voz bajó todavía más—. Sentí que estaba yendo hacia algo. Algo que… que ya estaba tirando de mí desde antes de que yo lo entendiera.

Mi loba se movió dentro de mí, suave.

Un murmullo cálido:

—“No huyas.”

Dean inhaló como si sintiera también esa voz.

Yo continué:

—Tengo miedo —admití, porque ya no había por qué esconderlo—. Miedo de fallar. Miedo de no encajar. Miedo de que tu manada no me acepte.

Miedo de no saber quién soy… lejos de todo esto.

Mis dedos temblaron.

Él lo notó.

—Pero también tengo algo más —dije, levantando un poco el mentón—. Tengo… decisión.

Los ojos de Dean ardieron de una forma que me hizo sentir calor en la piel, como si me tocara sin hacerlo.

—Yo elegí esto —continué, más firme—. Te elegí a ti. No porque la Luna lo dijo. No porque tu lobo me llamó. No porque el destino nos empuja.

Di un paso hacia él.

Pequeño.

Pero suficiente para que dejara de respirar un segundo.

—Te elegí porque… cuando estoy contigo, siento que puedo ser más. Más de lo que esta manada cree. Más de lo que yo misma creía.

Mi voz se quebró apenas.

—Y porque… cuando Asher me dijo “mía”, mi loba… no tuvo miedo.

Dean apretó la mandíbula.

Sus ojos se oscurecieron.

Asher rugió en su pecho.

Yo levanté una mano, lo suficiente para rozar el borde de su camisa.

—Así que sí. Tengo miedo —susurré—. Pero estoy bien… porque tú estás aquí.

Su respiración se rompió un segundo.

Y entonces le dije lo más honesto de todo:

—Estoy lista para ir contigo.

El viento se detuvo.

Su lobo lo sintió.

Mi loba lo sintió.

Yo lo sentí.

Y Dean…

Dean dio un paso hacia mí como si hubiera estado aguantándoselo desde siempre.

Dean no reaccionó de inmediato.

Y eso… eso fue lo que más me estremeció.

No porque dudara.

Sino porque parecía contener algo tan grande, tan inmenso, que si lo dejaba salir sin cuidado podría… romper algo.

Sus ojos me recorrieron como si necesitara asegurarse de que yo era real.

De que realmente había dicho lo que dije.

Cuando por fin habló, su voz no sonó como la del Alfa…

Ni como la del guerrero.

Sonó como un hombre intentando no caer de rodillas.

—Milena…

Mi nombre saliendo de su boca fue un golpe suave en el estómago.

Me dejó sin aire.

—No tienes idea… —respiró hondo, como si buscara fuerza— de lo que significa que me digas eso.

No dio un paso hacia mí.

No me tocó.

El control era tan feroz que supe que su lobo estaba al borde, presionando, empujando.

Podía sentir a Asher tratando de alcanzarme, como si murmurara desde la piel de Dean:

“Acércate.”

Dean cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió… ardían.

—Te juro… —dijo, la voz baja, profunda, hecha de promesas— que nunca voy a pedirte que dejes de tener miedo.

Mi corazón dio un salto extraño.

No esperaba eso.

—Pero sí te prometo —agregó, su mirada fija en mí— que jamás tendrás que enfrentarlo sola.

Mi loba se movió.

Calma.

Firme.

Como si lo reconociera más allá de cualquier razonamiento.

Dean tragó saliva.

Sus manos se cerraron a los costados, marcando los tendones.

—Tú dices que me elegiste… —sus palabras salieron casi como un susurro quebrado— pero no sabes cuánto tiempo llevo… rogando que lo hicieras.

El pecho me ardió.

Literalmente.

Como si un lazo invisible hubiera empezado a tensarse entre nosotros.

—Milena —continuó él, dando un pequeño paso al frente, apenas uno—, si decides caminar a mi lado… no porque la Luna lo decretó, sino porque tú lo quieres…

Un temblor recorrió su voz.

—…entonces te juro que cada día de mi vida será para honrar esa decisión.

Sentí algo dentro de mí abrirse.

Un lugar que no sabía que estaba cerrado.

Dean inspiró hondo, como si el aire de pronto se hubiera vuelto denso entre nosotros.

—No voy a marcarte —dijo, firme, claro—. No voy a tocar ese vínculo hasta que tu loba esté completamente despierta… y tú lo pidas. No antes.

Mis labios se abrieron apenas.

No sabía que necesitaba escuchar eso nuevamente hasta que lo dijo.

Dean avanzó ese último paso.

No lo suficiente para tocarme.

Pero sí lo suficiente para sentir su calor rozando mi piel.

Mi respiración se enganchó en la suya.

Y entonces…

—Gracias, Milena… —sus ojos se suavizaron, como si yo hubiera derrumbado algo en él— por elegirme.

Asher gruñó en su interior, no agresivo…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.