Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 34

DEAN

Cerré la puerta con cuidado.

No porque ella lo necesitara…

sino porque yo sí.

Me quedé unos segundos en el pasillo, con la mano aún apoyada en la madera, respirando como si acabara de cruzar una frontera invisible.

Asher estaba en silencio.

No dormido.

Vigilante.

—Está aquí —dijo finalmente—. En nuestro territorio.

Asentí sin moverme.

No había victoria en eso.

Había peso.

Bajé las escaleras despacio. La casa se sentía distinta con ella dentro, como si el aire hubiera cambiado de densidad. No era posesión. Era presencia.

Nunca había llevado a nadie a ese lugar.

No a dormir.

No a quedarse.

No a pertenecer.

Me serví agua, pero no bebí. Apoyé las manos en la mesa de madera y cerré los ojos un instante.

Todo lo que había contenido durante el viaje empezó a caer.

El consejo.

El decreto.

La despedida de Eclipse de Luna.

La forma en que los centinelas se inclinaron ante ella.

Y Milena… caminando entre ellos con la cabeza en alto, devolviendo cada reverencia sin perderse a sí misma.

—No es frágil —murmuró Asher—. Pero es profunda.

—Lo sé —respondí en voz baja—. Por eso tengo miedo.

Porque no se trataba solo de protegerla de enemigos.

Se trataba de no aplastarla con mi mundo.

Salí al exterior. El sol comenzaba a descender entre los árboles plateados, tiñendo el bosque de una luz suave, casi ritual. Algunos miembros de la manada se movían a lo lejos, discretos. Sabían. Todos sabían.

Pero nadie se acercó.

Ese silencio era respeto.

Rowan me había dicho algo antes de separarnos en el camino. Sus palabras regresaron ahora, claras como una advertencia grabada en piedra:

No la lleves para convertirla en lo que tú necesitas. Llevala para que descubra lo que ya es.”

Apoyé el antebrazo en la baranda del porche.

—No voy a fallar —le dije al bosque, a la Luna, a mí mismo.

Asher levantó la cabeza dentro de mí.

—Entonces recuerda esto, Alfa —dijo—. Ella no es el destino.

Es la elección.

Respiré hondo.

Sabía que antes de la puesta del sol tendría que presentarla formalmente ante la manada. Sabía que vendrían miradas, susurros, expectativas.

Pero en ese momento, lo único que importaba era esto:

Milena estaba arriba, en mi casa, en un territorio que aún no la conocía…

y aun así, la estaba escuchando.

No iría a buscarla todavía.

Le daría ese espacio que tanto necesitaba.

Ese respiro antes del peso del título.

Porque si iba a presentarla como mi Luna…

Primero tenía que honrarla como mujer.

Levanté la vista hacia el cielo, ya pálido, ya esperando la noche.

—Tómate tu tiempo —pensé, sabiendo que de algún modo ella lo sentiría—. Luz Plateada no corre.

Y por primera vez desde que soy Alfa…

Yo tampoco.

Escuché sus pasos antes de verlo.

Zion nunca anunciaba su presencia; no lo necesitaba. Era Beta incluso cuando no lo decía en voz alta. Se detuvo a mi lado en el porche, apoyándose en la baranda con naturalidad, mirando al bosque como si no estuviera a punto de hacer la pregunta que llevaba horas formándose en toda la manada.

—Así que… —dijo al fin— ya está aquí.

Asentí.

—Sí.

No hubo sonrisa. No hubo celebración. Zion era demasiado inteligente para eso.

Se quedó en silencio unos segundos más, respetando el momento, y luego giró apenas la cabeza hacia mí.

—¿Qué se siente haberla encontrado? —preguntó—. A tu destinada.

No respondió Asher.

Respondí yo.

Exhalé despacio.

—No es lo que esperaba —admití.

Zion arqueó una ceja, curioso pero sin presionar.

—¿Alivio?

Negué con la cabeza.

—Peso.

Eso sí lo hizo mirarme de frente.

—Explícate.

Me tomé un segundo antes de hablar. Con Zion no hacía falta fingir firmeza. Él conocía mis grietas tanto como mis decisiones.

—Cuando la vi en Eclipse de Luna… sentí que algo encajaba —dije—. Pero no como una pieza que se fuerza. Como si siempre hubiera estado hecha para estar ahí… y yo apenas la estuviera alcanzando.

Zion soltó una breve exhalación, casi una risa baja.

—Eso suena peligrosamente a Luna verdadera.

—Eso es lo que me preocupa.

Él cruzó los brazos.

—La manada lo sintió —dijo—. No necesitas anunciarlo para que lo sepan.

Miré hacia la casa, hacia el piso superior.

—No quiero que se pierda aquí —continué—. Luz Plateada es… intensa. Tradición, jerarquía, miradas constantes. Ella viene de una manada fuerte, sí, pero distinta. Más ritual. Más raíz.

—Más ella —añadió Zion.

Asentí.

—Exacto.

Zion guardó silencio un instante, luego habló con esa calma firme que siempre lo había convertido en mi ancla.

—Entonces haz lo que ningún Alfa antes que tú ha hecho del todo.

Lo miré.

—¿Y eso es?

—Protege a tu Luna… incluso de tu propia manada.

Asher se movió dentro de mí, aprobando.

—No están en contra —añadió Zion—. Están expectantes. Pero si tú marcas el ritmo, ellos seguirán.

—¿Y si me equivoco?

Zion sonrió apenas, ladeado.

—Te equivocarás —dijo sin rodeos—. Pero no en elegirla.

Eso me atravesó más de lo que esperaba.

—Ella aún no lo sabe todo —murmuré—. El peso del vínculo. Lo que implica ser Luna aquí.

—Lo sabrá cuando esté lista —respondió—. Y si no lo está… la esperarás.

Me enderecé.

—La esperare —dije—. Como corresponde.

—Como Alfa —corrigió Zion—. Pero también como hombre.

Nos quedamos mirando el bosque unos segundos más.

—Dean —añadió, ya dándose la vuelta—. Por lo que vale…




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