Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 36

MILENA

No pasó mucho tiempo antes de que el territorio volviera a recordarme que no estaba sola con Dean.

Sentí la presencia antes de escucharla. Un pulso firme, estable, que no imponía… pero tampoco pedía permiso.

Nahara levantó la cabeza dentro de mí.

—Beta —dijo—. El ancla del Alfa.

Dean dejó la taza en el fregadero y me miró.

—Zion está aquí.

No fue una pregunta.

Asentí, aunque el pecho se me tensó apenas.

—¿Quiere verte?

—Quiere conocerte —corrigió—. Y yo también quiero que lo hagas.

Salimos al porche delantero. La mañana era clara, el aire frío pero limpio. Allí estaba él.

Zion era alto, de complexión sólida, con el tipo de postura que no necesita demostrar fuerza porque ya la tiene. Su mirada fue directa al principio… y luego bajó levemente la cabeza.

No fue una reverencia profunda. Fue respeto.

—Milena —dijo—. Bienvenida a Luz Plateada.

Su voz era grave, tranquila.

—Gracias —respondí—. Por recibirme.

Me observó un segundo más de lo necesario, no con juicio… sino con evaluación.

—No hueles a paso ligero —comentó—. Eso es bueno. Significa que no vienes huyendo.

Dean no dijo nada. Me dejó responder.

—No huyo —dije—. Camino.

Zion sonrió apenas, ladeando la cabeza.

—Eso también es bueno.

Nahara aprobó con un murmullo bajo.

—Es cuidadoso —dijo—. No desafía. Prueba terreno.

—La manada sabe que estás aquí —continuó Zion—. Y saben lo que representas. Pero aún están… ajustándose.

—Yo también —admití.

Eso pareció gustarle.

—Entonces empezamos parejo.

Se giró hacia Dean.

—El territorio está estable. Los ancianos pedirán verte al mediodía, pero no es urgente.

Dean asintió.

—Ella decide cuándo.

Zion me miró otra vez, esta vez con algo distinto en los ojos.

—Eso habla bien de ti, Alfa.

Luego volvió a mí.

—Cuando estés lista, Milena, me gustaría mostrarte los límites internos. No como Luna —aclaró—, sino como invitada que será parte.

Sentí el peso de esa oferta. No era formal. Era personal.

—Acepto —respondí—. Gracias.

Zion inclinó la cabeza una última vez y se retiró sin dramatismo, como si su presencia ya hubiera dicho todo lo necesario.

Cuando se fue, solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Es… distinto a lo que imaginaba —dije.

Dean me observó con atención.

—Zion no busca imponerse. Busca equilibrio. Si no te hubiera aceptado, lo habrías sentido.

—Lo sé —respondí—. Y por eso importa que lo haya hecho.

Nahara se acomodó dentro de mí.

—Buen segundo —dijo—. Mantendrá unido lo que venga después.

Miré el territorio frente a mí: los árboles, los senderos, el movimiento distante de la manada.

—Siento que cada encuentro aquí es una prueba silenciosa.

Dean dio un paso a mi lado.

—Luz Plateada no pone a prueba para romper —dijo—. Lo hace para saber cómo sostener.

Dean cerró una carpeta y apoyó la mano sobre el respaldo de una silla antes de mirarme.

—Voy a estar en el estudio gran parte de la mañana —dijo—. Hay documentos que no pueden esperar.

Asentí.

—¿De la manada?

—Y de fuera —respondió—. Empresas, contratos, informes. Luz Plateada no se sostiene solo con territorio y colmillos.

Eso me arrancó una sonrisa leve.

—Supongo que no todo se resuelve con aullidos.

Él soltó una exhalación que casi fue una risa.

—Ojalá.

Caminó hacia el pasillo y abrió una puerta que aún no había cruzado. Desde donde estaba pude ver estanterías altas, una mesa amplia, ventanales que daban al bosque desde un ángulo más estratégico que poético.

Un lugar de control. De vigilancia. De decisiones.

—Si necesitas algo —añadió—, estoy cerca. No quiero que sientas que… —se detuvo, buscando la palabra— que quedas sola en una casa que aún no conoces.

Lo miré con atención.

—No me siento sola —respondí con honestidad—. Me siento… en pausa.

Nahara se movió suavemente dentro de mí, de acuerdo.

—Es bueno —dijo—. Observa antes de avanzar.

Dean sostuvo mi mirada unos segundos más, como si evaluara si esa respuesta era suficiente.

—Bien —dijo al fin—. Tómate el tiempo que necesites. Estaré aquí —repitió—. Cuando quieras.

Luego hizo algo pequeño, pero significativo: no cerró la puerta del estudio del todo. La dejó apenas entornada.

No como descuido. Como elección.

Lo vi alejarse y escuché el sonido bajo de papeles moviéndose, de un cajón abriéndose, del ritmo controlado de alguien que carga más de lo que muestra.

Me quedé quieta unos segundos.

Respirando.

Sintiendo el territorio. La casa. La presencia de Dean… sin estar frente a mí.

—Es interesante —murmuré—. Su mundo no se detiene porque yo haya llegado.

—Ni el tuyo debería —respondió Nahara—. Observa cómo gobierna. No solo como Alfa… sino como pilar.

Caminé despacio por la sala, tocando el respaldo de los muebles, mirando los detalles: nada ostentoso, todo sólido. Como él.

—Tiene dos manadas —susurré—. La de los lobos… y la de los humanos.

—Y tú caminarás entre ambas —dijo Nahara—. No hoy. Pero pronto.

Me acerqué a la ventana. Afuera, Luz Plateada respiraba con calma.

Ahora entiendo que no había llegado a un refugio.

Había llegado a un centro.

Donde las decisiones nacen. Donde el equilibrio se sostiene. Donde Dean es más que un Alfa…

y donde yo tendría que aprender quién soy cuando no me están mirando.

Mire por la ventana hacia el bosque, la casa podía esperar.




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