Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 37

MILENA

Entre a la casa y me senté en una de las butacas qué estaba frente al ventanal que daba hacia el bosque, cerré mis ojos, extraño Eclipse de luna, allá sabía qué hacer, dónde moverme, aquí es distinto.

Abrí los ojos.

No lo sentí acercarse como antes.

Lo vi.

Zion estaba cerca del límite natural entre la casa y los árboles, de pie, inmóvil, como si no vigilara… sino escuchara. Desde la ventana del pasillo lateral pude verlo con claridad: brazos relajados, postura alerta, la mirada fija en el bosque.

Nahara se movió dentro de mí, atenta.

—Es el mismo pulso —dijo—. El que avisa. No el que llama.

No había urgencia en su presencia. Tampoco casualidad.

Me levante y camine con calma, abrí la puerta. El aire fresco me envolvió de inmediato. Zion no se sobresaltó al escucharme. Giró apenas la cabeza, como si ya supiera que estaba allí.

—Te vi desde la ventana —dije, sin rodeos—. ¿Interrumpo algo?

Su mirada bajó hacia mí, directa pero sin peso.

—No —respondió—. Estoy comprobando que todo esté en orden.

Miré hacia los árboles.

—¿Eso incluye cuando alguien entra… y luego decide volver?

Una comisura de su boca se elevó apenas.

—Incluye cuando alguien sabe cuándo detenerse.

Eso me relajó más de lo que esperaba.

Di un paso más cerca.

—En la mañana —recordé—, dijiste que cuando estuviera lista me mostrarías el territorio.

Asintió despacio.

—Lo dije.

—No quiero cruzar nada que no deba —aclaré—. Solo… conocer. Un poco más.

Zion me observó durante unos segundos que no fueron incómodos. No estaba midiendo fuerza. Estaba midiendo intención.

—Entonces caminaremos poco —decidió—. No iremos profundo.

—Está bien —acepté sin dudar.

Se giró y comenzó a avanzar por un sendero claro, cercano a la casa. No el bosque cerrado. No los claros antiguos. Solo el borde vivo donde la manada respiraba sin tensión.

Caminamos en silencio al principio. El suelo aquí era firme, marcado por pasos constantes. El aire olía a madera húmeda y a presencia estable.

—Esta zona —dijo finalmente— es tránsito. Los centinelas pasan, los jóvenes entrenan, los visitantes se mueven sin sentirse observados.

—¿Y yo? —pregunté.

Zion no se detuvo.

—Tú no eres visitante común.

No lo dijo como halago. Lo dijo como hecho.

Avanzamos unos metros más. Sentí el bosque inclinarse apenas hacia nosotros, como si escuchara sin acercarse. Nahara levantó el hocico dentro de mí, interesada, pero no tensa.

—El territorio sabe que estuviste aquí antes —continuó Zion—. No te siguió cuando te fuiste. Eso importa.

—Decidí volver —dije—. No quería cruzar sin saber.

Zion se detuvo entonces y me miró de frente.

—Por eso estamos caminando ahora.

Señaló un punto donde el sendero comenzaba a estrecharse.

—Hasta aquí.

No sentí decepción. Sentí claridad.

—Más allá —añadió— no se entra por curiosidad. Se entra cuando el territorio lo permite… y cuando uno está listo para responder.

Asentí.

—Lo entiendo.

Nos dimos la vuelta sin prisa, regresando hacia la casa. El bosque no se cerró detrás de nosotros. Tampoco avanzó. Se mantuvo presente, atento.

Cuando la estructura de la casa volvió a aparecer entre los árboles, Zion habló una última vez:

—Mañana —dijo—, si sigues queriendo conocer… vendré preparado para mostrarte más.

Lo miré.

—Mañana entonces.

Inclinó la cabeza con respeto.

—Buen primer paso, Milena.

Cuando se alejó, su presencia se retiró igual que había llegado: sin ruido, sin presión.

Nahara se acomodó dentro de mí.

—Correcto —murmuró—. No nos ofrecimos. No nos escondimos.

Miré el bosque una vez más antes de entrar. No había promesas. No había marcas.

Solo una certeza suave y firme.

La noche se había acomodado sobre Luz Plateada sin ruido.

No era una oscuridad cerrada, sino viva. El bosque respiraba allá afuera, lento, constante, como si supiera que yo lo estaba mirando. Me senté frente a la ventana, con las rodillas recogidas, dejando que el vidrio frío sostuviera parte de mi peso.

No estaba inquieta.

Estaba… pensando.

Escuché sus pasos antes de verlo. No porque fueran pesados, sino porque ya había aprendido su ritmo. Dean no anunció su presencia. No preguntó si podía acercarse.

Simplemente se sentó a unos pasos de mí, lo suficientemente cerca para compartir el espacio, lo suficientemente lejos para no invadirlo.

Ese gesto dijo más de lo que cualquier palabra habría hecho.

—El bosque está despierto —comentó en voz baja.

—Siempre lo está —respondí—. Solo que a veces… uno aprende a escucharlo.

Asintió, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—Zion me dijo que hoy caminaste profundo.

No hubo reproche. Tampoco orgullo explícito. Solo información compartida.

—Me detuve donde debía —dije.

—Lo sé.

Guardamos silencio unos segundos. No incómodo. Era de esos silencios que no exigen ser llenados.

—Dean —dije al fin—, ¿cómo era Luz Plateada antes de ti?

No giró de inmediato. Pensó la respuesta como quien mide el peso de lo que va a entregar.

—Más rígida —dijo—. Más segura… pero menos viva.

Lo miré.

—¿Eso es bueno o malo?

Una leve curva apareció en su boca.

—Depende de a quién se le pregunte.

El bosque reflejó una ráfaga de viento contra la ventana.

—¿Siempre quisiste ser Alfa? —pregunté.

Negó despacio.

—Quise proteger. El cargo vino después.

Esa respuesta me llegó más hondo de lo esperado.

—¿Y ahora? —añadí—. ¿Qué quieres ahora?

Esta vez sí me miró.

No de frente. No del todo. Como si aún respetara un límite invisible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.