Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 40

MILENA

Han pasado varios días.

Zion y Dean me han dado recorridos por Luz Plateada.

Ya he conocido donde entrenan los centinelas. Me he sentido tentada a entrenar con ellos, pero no sé si pueda.

No por miedo.

Sino porque algo en mí siente que si empiezo… no sabré detenerme.

Dean ha salido hoy al mundo de los humanos por asuntos de su empresa. Cuando se fue, no dijo mucho. Solo apoyó su mano en mi cintura un segundo más de lo habitual.

—Regreso antes de la medianoche.

Asher estaba atento.

Nahara también.

Hoy fui con Zion a ver los entrenamientos. El sonido de los golpes, el cruce de cuerpos, la tierra levantándose bajo los pies… algo dentro de mí respondió con una intensidad que tuve que esconder.

Las ancianas me miraban desde la sombra del pórtico.

Atentas.

Evaluando.

Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, no vi juicio.

Vi reconocimiento.

Una de ellas incluso me sonrió. Cálida. Como si supiera algo que yo aún no.

Eso me inquietó más que cualquier desconfianza.

La noche cayó más rápido de lo normal.

O tal vez fui yo quien la sintió acercarse.

Regresé a la casa antes que el último grupo de centinelas terminara su ronda. Me duché. Me recosté. Intenté dormir.

No pude.

Había una vibración bajo mi piel.

No dolorosa.

Inquietud.

Nahara caminaba dentro de mí de un lado a otro.

—Está cerca —susurró.

—¿Qué está cerca?

No respondió.

Me incorporé. El aire de la habitación se sentía… cargado.

Y entonces lo supe.

No podía quedarme bajo techo.

Salí sin hacer ruido.

El bosque estaba plateado por la luna. El aire frío me golpeó la piel y algo en mi pecho se expandió como si hubiera estado conteniéndose demasiado tiempo.

Caminé.

Primero lento. Luego más rápido.

No sabía hacia dónde iba, pero mis pies sí.

El punto antiguo.

El lugar donde Zion se detuvo aquella vez y dijo: “Aquí no avanzamos más.”

Esta vez no me detuve.

El aire cambió al cruzarlo.

Y entonces ocurrió.

No fue un recuerdo claro.

Fue una emoción.

Rabia.

No la mía.

Una rabia antigua, profunda, injusta.

Vi fuego en mi mente.

Vi escudos con símbolos que no reconocía.

Escuché gritos que no pertenecían a esta vida.

Mi pecho ardió.

—Nos traicionaron —dijo Nahara, con una voz que no era susurro sino eco.

Mi respiración se volvió irregular.

—No terminamos —añadió.

Algo se quebró dentro de mí.

No en dolor.

En apertura.

Caí de rodillas.

El suelo vibró bajo mis manos.

Y entonces lo sentí recorriéndome.

Como si la luna hubiera trazado líneas invisibles sobre mi piel.

Ardieron.

Mis brazos.

Mi cuello.

Mi espalda.

Miré mis manos.

Símbolos.

Runas antiguas comenzaron a dibujarse sobre mi piel, emergiendo como si siempre hubieran estado allí esperando permiso.

No eran oscuras.

Brillaban.

Dorado intenso.

Como fuego líquido bajo la piel.

No dolía… pero era demasiado.

Demasiado poder.

Demasiada memoria.

—Despierta —dijo Nahara.

Mi columna se arqueó hacia atrás. Un grito salió de mí sin que pudiera detenerlo.

El bosque respondió.

Los árboles se inclinaron apenas.

El viento giró alrededor de mí.

No era una transformación completa.

Era algo previo.

Algo más antiguo.

Las runas se extendieron por mi pecho y mi vientre, formando un patrón que no entendía… pero que mi sangre sí.

Un nombre cruzó mi mente.

Milenaria.

No como recuerdo.

Como identidad.

—Esta es la Prueba —dijo Nahara—. No contra un enemigo. Contra la ruptura.

El enojo regresó.

Pero ya no era ciego.

Era consciente.

Era la memoria de una loba que murió incompleta.

Y que ahora se negaba a quedar a medias otra vez.

Sentí un tirón en el pecho.

No mío.

De él.

Dean.

La conexión vibró con fuerza brutal.

Las runas brillaron más intensamente.

El bosque guardó silencio absoluto.

Y yo supe, mientras la energía seguía expandiéndose dentro de mí…

Que esta vez la Luna no estaba anunciando un despertar.

Estaba reclamando una deuda.

Y yo estaba en el centro de ella.

El dorado en mi piel no se apagó.

Se intensificó.

El bosque desapareció.

No como en un sueño.

Como si el tiempo hubiera cedido.

Ya no estaba de rodillas en Luz Plateada.

Estaba de pie.

Con armadura.

Pesada. Fría. Manchada de sangre.

Mi cabello era más largo. Más oscuro. Trenzado con hilos de plata y símbolos que ahora reconocía en mi propia piel.

No era Milena.

Era Milenaria.

Y el aire olía a guerra.

Los gritos eran reales.

Los cuerpos caían a mi alrededor.

Nuestra manada no luchaba sola.

Había estandartes que no reconocía entre nosotros.

Aliados.

Eso creíamos.

—Resistan la línea este —ordené, y mi voz no tembló.

Era una Alfa sin corona.

Pero todos obedecían.

Entonces lo sentí.

Una ausencia.

Asheran.

No estaba.

Había partido horas antes para contener el flanco norte. Lo había enviado yo.

Un error.

El acero chocó contra el mío.

Giré. Derribé a uno. A otro.

Entonces lo vi.

El líder de la manada aliada.

Su olor no era el mismo.

Había cambiado.

Podrido.

Nuestros ojos se encontraron.

Y sonrió.

Demasiado tranquilo para alguien que estaba perdiendo.

Fue entonces cuando comprendí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.