Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 43

MILENA

La luz de los papiros no disminuyó cuando los toqué.

Aumentó.

No como fuego.

Como reconocimiento.

La anciana no retrocedió. No se asustó.

Se arrodilló.

No ante mí.

Ante lo que se estaba cumpliendo.

—Mi familia ha custodiado esto por generaciones —dijo con voz firme, aunque temblorosa por la edad—. No por fe ciega. Por promesa.

Mis dedos aún estaban sobre el pergamino cuando levanté la mirada hacia ella.

—¿Promesa?

—Milenaria vino aquí la noche antes de su última batalla.

El aire se volvió más denso.

—Sabía que algo estaba mal —continuó—. Sabía que la alianza no era limpia. Pero no tenía pruebas suficientes para romperla sin dividir la manada.

Mi pecho se tensó.

Eso no lo había recordado.

La anciana bajó la cabeza un instante.

—Le entregó estos textos a mi ancestro directo. Le dijo que si ella caía… no debía permitir que la verdad muriera con ella.

Un estremecimiento recorrió mi piel.

—“Habrá otra vez” —susurró la mujer—. Eso dijo. “Y cuando vuelva, necesitará recordar sin que el dolor la destruya.”

Mis ojos ardieron.

No de tristeza.

De algo más profundo.

Certeza.

Las runas del papiro comenzaron a desplazarse.

No físicamente.

Pero la luz empezó a deslizarse por las líneas doradas como si fueran ríos despertando.

Sentí el cosquilleo en mi clavícula.

Luego en mis brazos.

Luego en mi garganta.

Las runas bajo mi piel respondieron.

No aparecieron como antes.

Pero la luz emergió tenue, trazando exactamente los mismos símbolos que estaban en el pergamino.

La anciana contuvo el aliento.

Las líneas doradas del papiro se elevaron.

Y tocaron mi piel.

Se fusionaron.

Mi espalda se arqueó apenas.

Nahara emergió completamente.

—Esto no es recuerdo —dijo dentro de mí—. Es sello.

Las runas del pergamino comenzaron a desprenderse una por una, integrándose en las mías.

No borrándolas.

Fortaleciéndolas.

Un pulso sacudió la cabaña.

Las estanterías vibraron.

El aire se comprimió como antes en el bosque.

Pero esta vez no era descontrol.

Era expansión contenida.

La anciana habló, sin miedo:

—Tu tercera vida no es para repetir el sacrificio. Es para completar el ciclo y romperlo.

El último símbolo se fusionó sobre mi pecho.

El punto donde antes se había hundido la luz dorada ardió de nuevo.

Más fuerte.

Más profundo.

Y entonces…

Algo más respondió.

No dentro de la cabaña.

No en la manada.

Más allá.

Un eco oscuro vibró en la distancia.

Nahara gruñó bajo.

—Nos sintió.

Abrí los ojos.

La luz en la habitación disminuyó lentamente.

Los papiros quedaron en blanco.

Las runas habían desaparecido del pergamino.

Ahora estaban en mí.

Más definidas.

Más completas.

La anciana exhaló.

—Ya no necesitan ser custodiadas —dijo.

Miré mis manos.

Sentía el poder estable.

Más profundo que antes.

No explosivo.

Anclado.

—Lo hemos despertado antes de lo previsto —susurró Nahara.

Y lo entendí.

Si aquello había sido un sello antiguo…

También había sido una señal.

Narrador omnisciente.

En el instante exacto en que las letras doradas se elevaron del pergamino…

En el momento en que se deshicieron en polvo luminoso y se adhirieron a la piel de Milena…

En otro territorio, bajo una luna que no lo reclamaba…

Un hombre despertó.

No fue un sobresalto.

Fue un tirón interno.

Abrió los ojos.

Rojo carmesí.

No era brillo animal.

No era reflejo lunar.

Era un color denso. Profundo. Humano en su intensidad.

Llevó la mano al pecho.

La marca que él mismo trazó siglos atrás ardía.

No visible para otros.

Pero viva.

El sello que impuso con sangre.

El sello que la dejó incompleta.

Se estaba rompiendo.

Y lo supo sin que nadie se lo dijera.

Porque el vínculo que creó para controlarla…

Ahora lo delataba.

Su respiración se volvió lenta.

Controlada.

—Despertaste… —susurró.

No había ternura en el tono.

Había posesión.

Se incorporó lentamente. El cuarto era oscuro, austero. Sin símbolos de manada. Sin rastro de lobo.

Porque él ya no tenía uno.

Lo perdió el día que eligió su orgullo sobre su naturaleza.

Lo perdió cuando la entregó al ritual que debía detener su transformación.

No lo hizo por estrategia política.

No lo hizo por salvar a la manada.

Lo hizo porque ella eligió al guardián.

Eligió a Asheran.

No a él.

Y un Alfa que no es elegido…

Puede aceptar.

O puede destruir.

Él eligió destruir.

No podía soportar quedar en segundo lugar.

No podía soportar que su poder no la impresionara.

No podía soportar que su mirada se suavizara por otro.

Así que si no era su Luna…

No sería la Luna de nadie.

La entregó antes de que completara su ascenso.

Selló su transformación.

La dejó a medio despertar.

Y cuando cayó…

Se convenció de que había sido por amor.

Porque el ego siempre encuentra una forma elegante de nombrar la obsesión.

La presión en su pecho aumentó.

Cerró los ojos.

La sintió.

No físicamente.

Energéticamente.

Más estable.

Más completa.

Más peligrosa.

Una leve sonrisa se formó en su boca.

—Has despertado… mi luna.

La palabra no era romántica.

Era territorial.

Pero algo en el fondo de su mirada cambió.

No había rabia, ni odio.

Había obsesión intacta.




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