Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

CAPÍTULO 45

MILENA

Han pasado cuatro días desde aquella noche en el estudio.

Cuatro días desde que el destino dejó de ser abstracto.

Dean sigue trabajando hasta tarde.

Sigue vigilando.

Sigue creyendo que no lo noto cuando se levanta de madrugada y sale al balcón para oler el viento.

Pero lo noto.

Y lo que más me inquieta no es el peligro invisible.

Es el silencio entre decisiones.

Esta mañana decidí salir sola.

No por desafío.

Por costumbre.

Caminar despeja la mente. Y necesito pensar.

Desde que las runas se integraron, algo dentro de mí está… más claro.

La transformación aún no ocurre, pero Nahara está más cerca. Como si ambas estuviéramos aprendiendo a habitar el mismo espacio sin fricción.

Salgo por la puerta principal sin anunciarlo.

Y a los treinta pasos…

Los siento.

No es energía hostil.

Es vigilancia.

Dos guardias, a distancia prudente.

Demasiado prudente.

Me detengo.

Ellos también.

No se acercan.

No se esconden.

Cumplen órdenes.

Me giro lentamente.

—¿Desde cuándo necesito escolta?

Silencio.

Uno baja la mirada.

El otro responde con respeto.

—Órdenes del Alfa.

Ahí está.

No hay discusión en su tono.

Solo cumplimiento.

Nahara se mueve dentro de mí.

No rabia.

Reconocimiento.

Sigo caminando.

Ellos siguen detrás.

No interfieren.

Pero tampoco me dejan sola.

La sensación no es protección.

Es perímetro.

Cuando regreso a la casa Alfa, encuentro a Zion saliendo del despacho.

Se detiene al verme.

—Luna.

—Zion.

Lo observo unos segundos.

—¿Hubo reunión esta mañana? —preguntó.

Su pausa es breve.

Suficiente.

—Sí.

—¿Sobre qué?

—Refuerzos estratégicos.

—¿Y por qué no estuve?

Zion no es hombre que titubee.

Pero hoy mide sus palabras.

—El Alfa decidió manejarlo directamente.

No dice “sin ti”.

Pero no hace falta.

Asiento.

—Entiendo.

Y lo hago.

Entiendo el movimiento.

Lo que no acepto… es la forma.

Entro al despacho sin tocar.

Dean está de pie junto a la mesa, revisando un informe.

Levanta la vista al verme.

Y por un segundo…

Solo somos nosotros otra vez.

Pero ese segundo pasa.

—Saliste —dice.

No es acusación.

Es constatación.

—Sí.

Camino hasta el escritorio.

—Con escolta.

Su mandíbula se tensa apenas.

—Es protocolo temporal.

—¿Temporal definido por quién?

Silencio.

Asher se mueve bajo su piel.

—No es un castigo, Milena.

—Lo sé.

Lo miro directo.

—Es una decisión que no tomé.

Él deja el informe sobre la mesa.

—Estoy reduciendo variables.

Exhalo.

—Yo no soy una variable.

Eso cae pesado.

No grito.

No lo desafío físicamente.

Pero mi postura cambia.

Más firme.

—Si algo viene por mí, vendrá igual aunque haya diez guardias detrás.

—No si puedo anticiparlo.

—Entonces anticípalo conmigo.

Ahí está el punto.

No quiero exclusión.

Quiero participación.

Dean camina hacia mí.

No invade.

Pero tampoco cede espacio.

—No puedo arriesgarte.

—No puedes aislarme, te recuerdo que he arriesgado más de dos veces.

Silencio.

No es discusión acalorada.

Es choque de estructuras.

—Hay cosas que aún no sabes —dice finalmente.

Mi pecho se enfría apenas.

—Entonces dime.

Él duda.

Y ese segundo es el verdadero problema.

Porque no es desconfianza.

Es protección unilateral.

Nahara susurra:

—Aquí empieza.

Sostengo su mirada.

—Si vas a decidir por mí… dímelo de frente.

No es amenaza.

Pero la línea está más marcada que antes.

Dean no responde de inmediato.

Y en ese espacio…

Entiendo algo importante.

El peligro no es solo la sombra que despertó.

Es lo que él está dispuesto a hacer para evitar perderme.

Y eso…

Puede convertirse en una jaula si no lo detenemos a tiempo.

NARRADOR OMNISCIENTE

El aire alrededor de aquel hombre era contenido y frío.

No por ausencia de fuego.

Sino por exceso de control.

Las antorchas de piedra no titilaban aunque el viento rozaba los arcos abiertos del salón. La energía allí no fluía. Se comprimía.

Una mujer apareció delante de él.

Caminó con la naturalidad de quien conoce los límites entre territorios invisibles.

Se inclinó.

—Mi señor.

Él no respondió de inmediato.

Observaba algo en su mano.

Un fragmento de pergamino antiguo, marcado con tinta oscura.

No era un mensaje.

Era un símbolo.

—Necesito que lleves esto a esa manada.

La mujer alzó la vista apenas.

—¿Directamente?

—No.

Su voz era suave.

Demasiado suave.

—Quiero que lo encuentren.

Silencio.

Ella entendió.

No era advertencia.

Era provocación calculada.

—Ellos reforzarán el perímetro.

—Sí.

—Y ella lo sentirá.

Una leve curva se formó en la comisura de sus labios.

No sonrisa.

Satisfacción.

—Que recuerde lo que fue interrumpido.

La mujer extendió la mano y tomó el pergamino.

Sus dedos rozaron las runas apenas visibles.

—La Luna ya despertó.

Sus ojos se oscurecieron.

—Nunca dejó de serlo.

Se acercó al arco abierto.

Desde allí, la noche no parecía luna.

Parecía sombra.

—Conocemos Luz Plateada mejor que ellos mismos —dijo la mujer.

—Precisamente por eso no cruzarás el límite.

Ella inclinó la cabeza.

—Solo dejaré la pieza en el lugar correcto.




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