Mi Luna es una Rebelde: La Luna Alfa sellada

EPILOGO

MILENA

Siempre creí que la luna era algo que debía alcanzar.

Algo que debía cargar.

Algo que exigía.

Ahora sé que la luna no pesa.

Acompaña.

El bosque respira diferente desde aquella noche.

No porque me tema.

Porque me reconoce.

Y yo lo reconozco a él.

Camino descalza sobre la hierba húmeda mientras el amanecer comienza a teñir el horizonte. La casa queda detrás de mí, aún tibia por el calor compartido.

La marca en mi cuello no arde.

Late.

No como posesión.

Como recuerdo constante de elección.

Toco la piel donde Dean me marcó y sonrío.

No me pertenece.

No le pertenezco.

Nos pertenecemos en decisión.

En el centro de mi pecho, la nueva runa descansa entre las antiguas.

Ya no están dispersas.

Ya no giran en conflicto.

Se reorganizaron después de la unión.

Curvas lunares enlazadas por una línea central.

Guardián y compañera.

Equilibrio.

Cuando apoyo la palma sobre la runa, siento la respuesta en él.

Aun sin verlo.

Aun sin tocarlo.

Estamos conectados.

Pero libres.

Asher no ha vuelto a hablar desde aquella noche.

Nahara tampoco.

Y no porque se hayan ido.

Sino porque ya no están divididos.

Ahora son memoria integrada.

Raíz.

No eco.

Levanto la mirada al cielo.

La luna ya se desvanece ante la llegada del sol, pero sé que volverá.

No necesito verla para sentirla.

Ser Luna Alfa no significa dominar.

Significa sostener.

No significa mandar.

Significa equilibrar.

Las manadas regresaron a sus territorios.

Los humanos no volvieron.

No hubo guerra.

No hubo represalia.

Solo silencio respetuoso.

Y en ese silencio entendí algo:

No siempre se nace para cambiar el mundo.

A veces se nace para restaurarlo.

Escucho pasos detrás de mí.

No necesito girarme para saber que es él.

Dean se coloca a mi lado, su hombro rozando el mío.

Su pecho —donde la runa ahora brilla con vetas plateadas— late al mismo ritmo que el mío.

—Te escapaste —murmura.

—Solo vine a escuchar.

—¿Qué dice?

Cierro los ojos un segundo.

El bosque.

El viento.

La tierra.

Nada está alterado.

Nada está roto.

—Dice que está en paz.

Dean entrelaza sus dedos con los míos.

Y por primera vez desde que todo comenzó…

No siento que esté sosteniendo un destino.

Estoy sosteniendo una mano.

El sol termina de alzarse.

La luna se oculta sin dramatismo.

Y entiendo que el equilibrio no es un momento épico.

Es esto.

Elegir cada día permanecer.

No como líder.

No como símbolo.

Como mujer.

Como compañera.

Como Luna.

Y esta vez…

No hay fragmentos que recoger.

Solo un futuro que caminar.

Juntos.

El invierno ya no se siente como amenaza.

Seis meses.

Seis lunas llenas desde el doble anillo en el cielo.

El bosque no volvió a fracturarse.

La manada tampoco.

La marca en mi cuello se ha suavizado en tono, pero no en significado. Brilla dorada cuando la luna está alta. En el pecho de Dean, la misma runa late con vetas plateadas que parecen respirar con la mía.

Mi padre aún no se acostumbra.

No a que sea Luna Alfa.

A que esté marcada.

Eros no dijo nada el día que lo supo.

Pero durante semanas evitó mirar el lugar exacto donde la marca vive.

No fue rechazo.

Fue duelo.

Un padre necesita tiempo para aceptar que su hija ya no le pertenece solo a él.

Ayer, mientras entrenábamos a los más jóvenes, se detuvo a mi lado y dijo sin mirarme:

—Lo elegiste bien.

Eso, viniendo de él, fue bendición suficiente.

Hace un mes vinieron Lukas y Aiden.

La casa volvió a llenarse de ruido, risas y competencia innecesaria.

Lukas encontró a su destinada en una manada del norte. Lo supe por la forma en que su energía cambió. Más centrada. Más firme.

Aiden… la está conociendo.

Nunca pensé verlo nervioso.

Pero lo está.

Y me alegra.

No todo en nuestro mundo tiene que comenzar con guerra.

Algunos vínculos pueden empezar con conversación.

Mi madre llegó hace unos días.

Su presencia siempre es distinta. Más suave que la de mi padre, pero igual de intensa.

Se sentó conmigo en el porche al atardecer.

Observó el bosque.

Observó mi marca.

Observó la runa en mi pecho.

—Estoy orgullosa de la mujer en la que te convertiste —dijo.

No en la Luna.

En la mujer.

Y eso tocó más profundo que cualquier proclamación.

No puedo negar que hubo noches en las que quise correr.

No huir de Dean.

Huir del peso.

Del título.

Del equilibrio constante.

Fui rebelde.

Pero no por rebeldía.

Nunca acepté ser encerrada.

Ni como Milenaria.

Ni como Milena.

Ni como Nahara.

Ni como Aelyra.

Siempre quise elegir quién era.

Incluso ahora.

A veces me pregunto cómo sería desaparecer unos días. Caminar sin que nadie me busque. Ser solo cuerpo y viento.

Pero hay algo que me detiene.

No obligación.

Conexión.

La marca no es una cadena.

Es un puente.

Cuando me alejo demasiado del territorio, siento el pulso de Dean como eco suave bajo la piel.

No me llama.

Me encuentra.

Y no estoy segura de que podría escapar aunque quisiera.

No porque me retenga.

Sino porque parte de mí ya vive en él.

Y parte de él en mí.

Dean sale de la casa ahora.

Se coloca detrás de mí y rodea mi cintura con los brazos.

Apoya la barbilla en mi hombro.

—Estás pensando demasiado —murmura.

Sonrío.

—Siempre lo hago.

Su mano se posa sobre la runa en mi pecho.




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